– ¿Tienes guardaespaldas?

– No todo el tiempo. En Nueva York no, pero a veces, en Europa sí. Los admiradores pueden llegar a ser agresivos.

– ¡Nicole!

El grito provenía del tipo. Claire lo miró, y después miró a su hermana.

– ¿Te conoce?

– Parece que sí. Puedes soltarlo. Es Drew, mi marido.

Su…

– ¿Qué? -Claire le soltó la muñeca al tipo y le quitó el pie de la nuca-. ¿Drew? ¿El desgraciado que se acostó con la hermana de su esposa?

El hombre en cuestión se levantó lentamente y la fulminó con la mirada.

– ¿Y quién demonios eres tú?

Era bastante guapo, pensó Claire distraídamente, si no se tomaba en cuenta el corte profundo y sangrante que tenía en la mejilla. Recogió su zapato del suelo.

– Me voy a mi habitación. Si me necesitas, avísame.

– Gracias -dijo Nicole.

– De nada.

Claire dejó abierta la puerta del dormitorio de su hermana y se retiró a la habitación de invitados. Mientras se acostaba, oyó la pregunta de Drew otra vez.

– ¿Quién demonios es?

Sin embargo, no pudo oír la respuesta de su hermana.

Se sentía orgullosa de sí misma, poderosa. Sonrió. Lo había hecho bien. Quizá debiera comenzar a hacer pesas, y fortalecerse. Quizá debiera comenzar a tomar clases de artes marciales otra vez. Podía convertirse en una peligrosa máquina de matar. Se miró las uñas, largas y astilladas, pertenecientes a las manos de monstruo que debía proteger a toda costa. Quizá no.

Volvió a fijarse en la televisión, cuando lo que de verdad quería era escuchar a través de la puerta. Sin embargo, sería una grosería. Hizo lo posible por interesarse en un programa, pero a los pocos minutos, Drew comenzó a gritar.

– ¡Te equivocas!

– ¿Cómo que me equivoco? -preguntó Nicole, en voz tan alta como Drew-. ¿Me estás diciendo que os caísteis en la alfombra y terminasteis haciéndolo? Es mi hermana, desgraciado. Mi hermana pequeña. Si tenías que hacer algo así, podías haber elegido otra que no fuera de la familia.

– Mira, sé que tiene mal aspecto, pero no es lo que tú piensas.

– No te va a servir decirme que no significa nada.

– No voy a decir eso. Es sólo que quiero que sepas lo mucho que siento que esto te esté haciendo tanto daño.

Claire le quitó el volumen a la televisión y se acercó de puntillas a la puerta. Como no oía nada, la abrió un poco.

– No quería hacerte daño -dijo Drew.

Claire frunció el ceño. No sabía mucho de hombres y mujeres, y de las complicaciones de una relación, pero le parecía que Drew se estaba disculpando por algo equivocado. El problema no era que le hubiera hecho daño a Nicole, el problema era que se había acostado con su hermana pequeña.

Parecía que Nicole pensaba lo mismo que ella. Se oyó un ruido fuerte, y después gritó:

– ¡Vete de aquí, desgraciado! ¡Lárgate!

Claire abrió la puerta. Si era necesario, estaba dispuesta a escoltar a Drew a la calle. Se preguntó cómo habría entrado, si todavía tenía una llave. Tendría que hablar con Nicole para cambiar la cerradura. Antes de que pudiera decidir si intervenía, oyó más pasos en la escalera. ¿Quién era?

Wyatt no podía creer que Drew hubiera sido tan tonto como para presentarse allí. Había algunas relaciones que no podían arreglarse, y su matrimonio con Nicole era una de ellas. No había arreglo posible para el hecho de haberse acostado con Jesse. No sabía si Drew era demasiado optimista o demasiado tonto como para darse cuenta por sí mismo.

Subió la escalera. Una vez arriba, se detuvo en seco al ver a Claire. Estaba hablando. Al menos, eso le pareció a él. Movía los labios, y seguramente emitía sonidos, pero Wyatt no podía oírlos. Todas las células de su cuerpo estaban concentradas en mirarla, vestida tan sólo con una camiseta y, Wyatt juró y rezó al mismo tiempo, nada más.

No llevaba maquillaje y tenía el pelo suelto por la espalda, largo y liso. La camiseta apenas le llegaba a la parte superior de los muslos, y él estaba dispuesto a apostar todo el dinero que tenía a que no llevaba sujetador.

– Apareció de repente. Yo no sabía quién era, así que salté sobre él. No creo que el corte sea muy profundo. No me importa mucho él, pero alguien debería mirarlo, por si acaso. Las heridas pueden infectarse.

Wyatt no tenía ni idea de a qué se refería.

Ella dio un paso hacia él. Efectivamente, no llevaba sujetador. Y peor todavía, Wyatt veía perfectamente el contorno de sus pezones bajo el suave algodón.

Braguitas, pensó, tenía que llevar braguitas. Eso ya era algo, ¿no?

No lo suficiente, porque se la imaginó vestida con tan sólo seda y encaje, y nada más. Se frotó el hueso de la nariz. ¿Por qué ella?, era todo lo que quería saber. Ya había aceptado que tenía un gusto lamentable en cuanto a mujeres se refería, pero ¿por qué ella, por qué no alguien razonablemente inteligente y considerado? O una persona normal, no la princesa de hielo.

La rodeó y entró en la habitación de Nicole. Sin mirar siquiera a su hermanastro, preguntó:

– ¿Estás bien?

Nicole negó con la cabeza.

– Sácalo de aquí.

– Claro -dijo Wyatt, y miró a Drew-. No deberías haber venido. Tú… -entonces se dio cuenta de que su hermanastro tenía una herida en la mejilla-. ¿Qué ha pasado?

– Claire lo ha atacado -dijo Nicole, y entre un sollozo y una carcajada, continuó-: Ha sido impresionante, la verdad. Se abalanzó sobre él por la espalda y comenzó a golpearlo con un zapato. Los dos cayeron al suelo, y entonces ella le hizo una especie de llave y lo inmovilizó poniéndole el pie en la nuca. Me parece que dan unas clases muy interesantes en el conservatorio.

¿Claire había atacado a Drew para proteger a su hermana? Quién lo hubiera pensado.

– Me pilló por sorpresa -dijo Drew para defenderse-. He tomado unas copas, no tengo los reflejos muy rápidos en este momento.

Wyatt no pudo reprimir la sonrisa.

– ¿Te has dejado tumbar por una chica?

– Cállate.

– No. Dudo que Claire pese más de sesenta kilos. Vaya, Drew, eso sí que es vergonzoso -dijo Wyatt, y tomó a su hermano del brazo-. Vamos, te llevo a casa. Así dormirás la mona.

Drew se zafó.

– No me voy a marchar, ésta es mi casa, con Nicole. La quiero.

– Pues tienes una manera muy rara de demostrarlo -murmuró Wyatt-. Vamos, no me obligues a pedirle a Claire que te pegue otra vez.

– Déjame en paz. Por lo menos, yo estaba dispuesto a luchar por mi mujer.

Wyatt hizo caso omiso del ataque. No merecía la pena haber luchado por Shanna.

– Si no hubieras sido infiel, para empezar, no habrías tenido que luchar.

Drew lo fulminó con la mirada y después salió al pasillo. Wyatt lo observó para asegurarse de que no iba hacia la habitación de Claire, y después se volvió hacia Nicole.

– ¿Estás bien? Uno de sus amigos me contó que ha bebido mucho hoy, y que le estuvo diciendo que te echa mucho de menos. Pensé que sólo era parloteo de borracho, pero cuando fui a casa de Drew para comprobar si había llegado sano y salvo, no estaba allí. Pasé por aquí y vi su camioneta aparcada delante de la casa.

Nicole se hundió contra la almohada.

– Estoy bien. Es idiota, y ni siquiera se ha disculpado por lo que hizo. Lamenta que lo pillara con las manos en la masa, pero no creo que le importe haberse acostado con Jesse -dijo con los ojos llenos de lágrimas-. No puedo creerme que haya sucedido.

Wyatt se sentó a su lado.

– Lo sé. Drew es un idiota de verdad.

Ella asintió.

– Ya no lo quiero, no puedo… Pero me hace daño de todos modos -dijo, y se secó la cara con un pañuelo de papel-. Gracias por acercarte.

– Parece que la situación estaba bajo control.

Nicole sonrió.

– Claire me ha dejado impresionada.

– Drew va a sentirse humillado durante varios días. Eso merece la pena.

– Sí.

Wyatt le dio un golpecito en el brazo, y después se levantó.

– Voy a llevarlo a casa.

– De acuerdo.

– Nos vemos mañana.

Se preparó para ver de nuevo a Claire. Estaba en el pasillo, vacilante, completamente sexy y prácticamente desnuda. Seguramente, era una de esas mujeres que decían que no sabían lo que podían hacerle a un hombre paseándose medio desnudas.

Wyatt odiaba sentir tanto deseo por ella. No era la mujer adecuada, aunque él tampoco fuera el hombre perfecto.

Claire miró a Wyatt y después a su hermana, desde el pasillo. Ojalá Nicole y ella se hablaran, para poder consolarla y quizá mejorar un poco aquella situación.

– Necesito hablar contigo -dijo él. Parecía como si estuviera enfadado.

Claire irguió los hombros.

– No lamento haber herido a Drew.

– Yo tampoco lo lamento.

– Ah, de acuerdo. Creía que estabas enfadado conmigo o algo así.

– No.

Wyatt tenía la mirada fija en un punto por encima de su cabeza. Claire giró la cabeza hacia atrás, pero no vio lo que había captado su atención.

– Se trata de Amy -dijo él-, mi hija.

Ella se cruzó de brazos.

– Sé quién es Amy.

– Nicole la cuida un par de veces a la semana, después del colegio, hasta que yo salgo de trabajar. Pero ahora Nicole está convaleciente y no puede. Trabajo en la construcción, así que Amy no siempre puede estar conmigo. Las obras no son lugares seguros.

Claire no sabía de qué le estaba hablando. Quizá quería que ella llevara a Amy con su nueva niñera en coche.

– Tú le caes bien -dijo, bastante molesto por aquello-. ¿Estarías dispuesta a cuidarla? No será mucho tiempo. Una semana, nada más. Te pagaré.

Claire pestañeó. ¿Ella le caía bien a Amy? Sintió una calidez muy agradable.

– ¿De veras? ¿Amy ha dicho que quiere que yo sea su niñera?

– Imagínate -gruñó él.

¡Le caía bien a Amy! Claire tuvo ganas de ponerse a bailar. Por fin a alguien le gustaba su compañía.

– Ella también me cae muy bien a mí -dijo a Wyatt-. Por supuesto que la cuidaré. Encantada. Dime cuándo y dónde, y allí estaré. Y no tienes que pagarme. Me alegro de poder ayudar.

– No le des más importancia de la que tiene.

– No.

– Estás sonriendo. Es raro.

– Es porque estoy contenta. Así podré aprender el lenguaje de los signos.

– No hay nada por lo que estar contenta. Es una niña, tú la cuidas. Fin de la historia.

Quizá, pero para ella era la primera cosa positiva que le ocurría desde que había llegado a Seattle.

– ¿Empiezo mañana? -preguntó.

Él suspiró.

– Voy a lamentarlo, ¿verdad?

– Claro que no. Gracias, Wyatt.

Él gruñó algo y se marchó. Claire volvió a su dormitorio y se tendió en la cama.

Aquello era una buena señal. Las cosas iban a cambiar, todo iba a salir bien.


Seis

Claire entró a la panadería a las cuatro y media de la mañana del día siguiente. Sid la vio y comenzó a cabecear.

– No.

Ella no hizo caso.

– He venido a trabajar.

– No podemos permitírnoslo.

– Ayer lo hice bien.

– Te dio un ataque de nervios.

Claire no quería recordarlo.

– Tuve un ataque de pánico y lo controlé. Ayudé cuando teníais mucho trabajo. Me lo debes.

– Eso es una tontería.

Ella se puso en jarras.

– Es cierto, y lo sabes. Además, soy la hermana de Nicole. Esto es una panadería familiar. Ponme a trabajar.

– ¿Por qué quieres estar aquí?

– Es importante para mí. Te estoy ofreciendo mano de obra gratis. ¿Por qué te resulta un problema?

– Porque, hace dos días, echaste a perder un tanque entero de pan francés. Eres un estorbo.

Ella se encogió.

– Lo de la sal no fue enteramente culpa mía.

Sid le clavó una mirada asesina.

Claire alzó las manos.

– No es que no acepte mi responsabilidad en lo ocurrido. Mira, sólo estoy pidiendo que me dejes ayudar. Tiene que haber algo que pueda hacer.

Pese al ruido de los mezcladores y el zumbido de los hornos, ella oyó su juramento y un resoplido de impaciencia. Sin embargo, él no la echó. En vez de hacerlo, gritó:

– Phil, la princesa ha vuelto.

Phil, un hombre alto y delgado, sacó la cabeza por un hueco entre dos estanterías.

– Dile que no se acerque a mí.

– Estaba pensando que podía ponerse a espolvorear.

– ¿Qué?

Sid la señaló con un dedo.

– No lo fastidies.

– No lo haré, lo prometo.

Sid, con cara de poco convencimiento, se alejó.

Claire se volvió hacia Phil y le dedicó la mejor de sus sonrisas. Él puso cara de mal humor.

– Vamos.

Claire lo siguió por unos pasillos estrechos, evitando el contacto con las máquinas. Se detuvieron frente a una cinta transportadora que se movía con lentitud.

– El accesorio que espolvorea está estropeado -le dijo Phil mientras le entregaba una redecilla para el pelo y unos guantes-. Tendrás que espolvorear a mano. Ni demasiado, ni demasiado poco. ¿Lo has entendido, Ricitos de Oro?

Ella asintió, aunque no sabía cuál era la cantidad adecuada.

Él le entregó algo que parecía un salero gigante; después apretó un botón y la cinta empezó a moverse de nuevo.

Unos donuts cubiertos de chocolate comenzaron a acercarse a ella.

– Espolvorea -le dijo Phil.

A Claire, su atención y su desaprobación le pusieron los nervios de punta. Peor todavía: cuando espolvoreó el primer donut, cayeron demasiadas virutas de chocolate.

– Fantástico -murmuró él.

– Voy a aprender -dijo ella.

– Es sólo espolvorear. No debería ser necesario aprender -afirmó él, y se alejó.

Rápidamente, Claire comprendió cuál era el ángulo correcto para el dispensador. Las virutas de chocolate pasaron a ser virutas de azúcar, y ella siguió espolvoreando. Cuando se le cansó el brazo derecho, cambió al izquierdo, y otra vez al derecho.

Media hora después le temblaban los dos brazos, pero no paró hasta que Phil volvió a aparecer y apagó la cinta transportadora.

– Magdalenas a las bandejas -dijo a modo de explicación, y se alejó.

Ella dejó el dispensador de espolvorear y lo siguió.

Se detuvieron frente a unos estantes llenos de magdalenas calientes. A Claire se le hizo la boca agua. Phil señaló las magdalenas, y después unas enormes bandejas vacías que encajarían en la vitrina de la tienda.

– Pon las de la misma clase en la misma bandeja. Llena las bandejas. ¿Entendido?

Ella asintió y se puso a trabajar.

Después de hacer aquella tarea, puso docenas y docenas de bagels en cajones. A las seis y media, salió del obrador y se fue a casa. Hizo café y lo llevó a la habitación de Nicole junto con dos magdalenas recién hechas.

Nicole todavía estaba dormida. Claire entró en su dormitorio, lo dejó todo sobre la mesilla de noche y salió de puntillas. Había vuelto a la panadería a las ocho menos diez, y se puso a trabajar metiendo rebanadas de pan en bolsas de plástico.


Nicole se despertó y rodó por la cama. Tardó un segundo en darse cuenta de que el olor a café no eran imaginaciones suyas. En la mesilla de noche había una cafetera y un plato con dos magdalenas, que sólo podían ser de su panadería.

Eran sólo las siete y media, lo cual quería decir que Claire se había levantado pronto, había ido al obrador, había recogido las magdalenas y se las había llevado. Quizá no fuera nada extraordinario para alguien normal, pero ¿para una princesa del piano? ¿Trabajo de verdad?