Claire pensó en sus palabras.

– Estabas haciendo lo que creías que era mejor para conseguir que siguiera actuando. Eso era más importante que ninguna otra cosa.

– Sólo porque tienes tanto talento… Claire, nadie puede hacer lo que haces tú. Me preocupaba que no lo vieras. Tenía miedo de que no sintieras respeto por tu don.

– Era cosa mía respetarlo o no.

– Lo sé, ahora lo veo con claridad, pero detesto la idea de que malgastes tu talento, de que no toques más.

– Y de no ganar más dinero.

– Eso también. Trabajo en exclusiva para ti, Claire. Si no vas a tocar más, tengo derecho a saberlo. También se trata de mi trabajo.

Algo que Claire nunca había pensado.

Se dirigió hacia el sofá. Nicole no estaba allí; seguramente estaba escondida en la cocina con uno de los botes de helado. Aquella actuación en vivo era mucho más interesante que cualquier cosa que su hermana hubiera visto últimamente en la televisión, pensó, intentando encontrarle el humor a la situación. Disgustarse no iba a ayudar a nadie. Era mejor permanecer calmada, racional.

– Yo también tengo parte de culpa de lo que ha ocurrido -dijo, mirando a Lisa-. Debería haber sido más clara en cuanto a lo infeliz que me sentía. En vez de eso, utilicé los ataques de pánico para conseguir lo que quería. Al final, comenzaron a controlarme. Quería recibir un trato de adulta, pero no me comportaba como tal. Era una niña fingiendo que tenía dolor de estómago para evitar un examen de la escuela. Eso estuvo mal por mi parte.

Vaya. Admitir que tenía la culpa de algo no era su distracción favorita, pero tenía que hacerlo.

– No debería haber desaparecido así, no debería haberte dejado en la estacada -continuó-. No fue justo para ninguna de las dos. Lo siento.

– Yo también lo siento -dijo Lisa-. Siento todo lo que ha ocurrido.

Se miraron durante un par de segundos, y después apartaron los ojos. Nunca habían tenido una relación tan cercana como para abrazarse cómodamente, y Claire no sabía cómo continuar.

– ¿Sabes lo que vas a hacer? -preguntó Lisa.

Claire se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo evitando la verdad.

– Voy a volver a Nueva York y a retomar mi carrera.

Lisa se recostó en el respaldo del sofá con un suspiro de alivio.

– Gracias a Dios.

Claire sonrió.

– No te hagas ilusiones. Va a haber muchos cambios.

– Lo que tú digas. En serio, tú estás a cargo de las cosas.

– No creo -dijo Claire, sabiendo que Lisa era muy buena en su trabajo, pero también muy obstinada-. Tenemos que llegar a un compromiso. No quiero estar recorriendo el mundo durante semanas -añadió. Pronto tendría que dejar de volar. Su embarazo no lo permitiría, aunque no sabía bien cuándo empezaba aquella restricción.

– Puedes hacer tu propia programación. También tienes el trabajo de estudio.

Claire asintió.

– Y voy a pasar mucho tiempo en Seattle. Quizá compre una casa aquí.

– Puedes tocar aquí, o en San Francisco y Los Ángeles. Incluso en Phoenix. Y también en Japón, cuando quieras ir al extranjero -dijo Lisa, y se inclinó hacia ella-. Podemos conseguir que esto funcione, Claire. Quiero que seamos socias.

Nunca serían amigas íntimas, pero ella también quería que fueran socias.

– Siento un gran respeto por ti -dijo-. El cambio va a ser duro para las dos, tenemos que cambiar hábitos de años.

– Yo puedo cambiar.

Claire sabía que ella también. Ya había empezado.


Veinte

Después de que Lisa se marchara, Nicole salió de la cocina.

– Te marchas -dijo.

Claire no sabía qué decir.

– Lo siento.

Nicole negó con la cabeza y le tendió el bote de helado.

– No te disculpes. Tienes que marcharte, tienes que volver a tu vida.

– No estoy de acuerdo con eso, pero tengo que volver a Nueva York a enfrentarme con mis demonios.

– Los vencerás -dijo Nicole-. Y que te vayas no significa que no puedas volver.

– Lo sé -respondió Claire, reprimiendo las lágrimas-. He dicho en serio que voy a comprar una casa aquí. Vas a hartarte de mí.

– Quizá, pero me aguantaré -dijo Nicole-. ¿Qué tal te sientes después de haberle plantado cara a Lisa?

– No lo sé. Un poco asustada, pero bien. Sólo he tardado veintiocho años en averiguar cómo ser adulta.

Se sentaron en el sofá y empezaron a comer helado. Claire se preguntó cómo era posible que, al mirar al futuro, estuviera a la vez emocionada y triste. Necesitaba empezar a tocar rápidamente, saber qué música iba a interpretar, y estaba entusiasmada por el bebé. Por otra parte, también sentía el dolor de marcharse de Seattle y separarse de sus hermanas, por no mencionar a Wyatt y a Amy. Hablando de sus hermanas…

Lamió la cuchara y dijo:

– Tienes que perdonar a Jesse. No en seguida, pero sí con el tiempo. Es de la familia.

Nicole suspiró.

– Tienes razón. No puedo estar enfadada para siempre, eso terminaría haciéndome más daño a mí que a ella, pero creo que seguiré enfadada unas semanas más. Y además, voy a renunciar a los hombres para siempre -añadió-. No me importa quién sea el tipo ni cuánto me tiente, no pienso caer.

– Nunca digas nunca jamás.

– Ya lo verás.

Claire sonrió.

– Lo veré, porque será estupendo poder decirte «te lo dije».

Comieron más helado y después Nicole murmuró:

– Siento lo de Wyatt. Está siendo un idiota.

– Te lo agradezco. Ojalá las cosas hubieran sido distintas. Ojalá pudiera quererme.

Consiguió decir aquello sin que se le quebrara la voz, lo cual era una mejoría. Sin embargo, todavía le quedaba mucho por superar.

– El amor es un horror -dijo Nicole.

– No, no es verdad -replicó Claire-. Pero no siempre es fácil. Yo no lamento querer a Amy y a Wyatt. Sigo diciéndome que la herida que tengo por dentro se curará, al final. Soy mejor por haber conocido a Wyatt, y por haberlo querido.

– Eres realmente madura. Es muy molesto.

Claire sonrió.

– Gracias. He crecido mucho en un par de días.

– Lo has hecho muy bien. Ya no eres la princesa de hielo inútil.

– Nunca lo he sido.

Nicole sonrió.

– ¿Lo ves? Te defiendes, y todo. Ya eres una persona normal, con tus virtudes y tus defectos.

– Y con un bebé -dijo Claire, sabiendo que eso era lo mejor de todo.


Claire esperó a estar segura de que Amy se había acostado antes de ir a casa de Wyatt. Aparcó, se acercó a la casa y llamó a la puerta. Tenía las llaves del coche en el bolsillo, y un sobre grande en la mano. Era una pena que aquellos documentos legales no pudieran arreglarle el corazón.

Wyatt abrió la puerta.

– Claire.

Ella lo miró con atención, intentando memorizar todos los rasgos de su cara. El color de sus ojos, la forma de su boca. ¿Se parecería el bebé a él, o a ella? ¿La gente que viera al bebé sabría que era hijo de Wyatt por su sonrisa?

– No voy a tardar mucho -dijo-. No te he llamado antes porque tenía miedo de que no quisieras hablar conmigo.

– No me estoy escondiendo de ti -respondió él, y se apartó de la puerta para cederle el paso.

– Tampoco estás intentando verme, exactamente.

Él siguió hasta el salón. Ninguno de los dos se sentó.

– ¿Has venido a terminar lo que empezó Nicole? -preguntó, con más curiosidad que preocupación.

Claire agradeció el recordatorio de que su hermana la apoyaba.

– No. He venido a darte esto -dijo, y le entregó el sobre-. Le pedí a mi abogado que preparara este documento. Es bastante claro, pero te recomiendo que acudas a tu abogado para que te asesore. La idea es que cuando lo firmes, no tendrás ninguna obligación legal ni financiera hacia el bebé. Nunca te pediré nada. No es que vaya a hacerlo, pero con esto estarás más tranquilo. Será como si no hubiera ocurrido nada.

Wyatt dejó el sobre en la mesa. ¿Era eso lo que quería, que nunca hubiera ocurrido nada?

– Mira -dijo-, sé que no eres como Shanna, pero todo esto es demasiado. No sé cómo enfrentarme a ello.

– No tienes que enfrentarte a nada. He venido para decírtelo.

– ¿Y es eso lo que quieres tú?

Claire se cruzó de brazos.

– ¿Y qué importa eso?

– Porque los dos estamos metidos en esto. Porque quiero saber adónde piensas que va a llegar esta situación.

– Lo que quiero… -vaciló Claire-. Lo quiero todo. Quiero que me ames con toda tu alma, quiero que seamos una familia. Tú, yo, Amy, el bebé, más hijos. Quiero la eternidad.

Él tragó saliva.

– Te quiero -dijo Claire, mirándolo a los ojos-. Te quiero incluso cuando eres idiota. Pero tú no me quieres a mí. Lo has dejado bien claro, y yo no me conformaría con menos. Así que me marcho. De todos modos, ya ha llegado la hora de que vuelva a Nueva York.

Wyatt tenía la mente en blanco. No podía articular un solo pensamiento. Luego todos se le apelotonaron en la cabeza y le resultó imposible concentrarse en ninguno.

¿Claire lo quería? ¿De veras? ¿Y se iba?

– No puedes -murmuró; no estaba seguro de si le estaba diciendo que no podía irse o que no podía quererlo.

– Voy a mantener el contacto con Amy -dijo ella, como si no lo hubiera oído-. Espero que no haya ningún problema. Es una niña maravillosa, y no veo por qué ella y yo no podemos ser amigas.

Claire hizo una pausa y tragó saliva.

– Espero que encuentres lo que estás buscando. Espero que…

Se mordió el labio, irguió los hombros y alzó la barbilla.

– Adiós, Wyatt.

Después, se fue. Le había dicho que lo quería, y se había marchado de todos modos. Todas se marchaban, y él estaba acostumbrado a eso. Sin embargo, aquélla era la primera vez que iba a lamentarlo.


– Tienes que prometérmelo -dijo Amy.

– Te lo prometo -respondió Claire, y le dio un abrazo-. Volveré para tu operación.

– Quiero oír tu música.

– Y la oirás -dijo Claire. Se incorporó y abrazó a Nicole-. ¿Estás segura de que estarás bien? Me preocupas.

– Estoy bien -aseguró su hermana-. Ya soy capaz de correr con las muletas. Y voy a volver al trabajo, donde podré aterrorizar a mis empleados. Será divertido. Casi no me voy a dar cuenta de que te has marchado.

Sin embargo, tenía los ojos llenos de lágrimas. Las mismas que Claire notaba en los suyos.

– Odio esto -susurró.

– Es lo mejor. Pero no tardes demasiado en volver.

– No. Te quiero.

– Yo más.

– No.

– No discutas -musitó Nicole-. Soy dos minutos mayor que tú.

Claire asintió, y después volvió a abrazar a Amy.

– Te quiero.

Amy empezó a llorar, y después le dijo a Claire, por signos, que la quería.

– Esto es una locura -afirmó Claire mientras se incorporaba-. Se nos va a hinchar la cara a las tres, tenemos que parar.

– Y tú tienes que irte. Llámame cuando aterrices.

– Serán las cuatro de la mañana.

– No me importa. Llámame.

– De acuerdo, te llamaré.

Claire entró en el coche y puso el motor en marcha. Todavía con lágrimas en los ojos, se dirigió hacia la autopista, y después al aeropuerto. Iba a tomar el último vuelo de la tarde a Nueva York. Volvía a casa. Salvo que se estaba dejando el corazón en Seattle, así que ¿cómo iba a encontrar su hogar en otro sitio?


Wyatt dejó en la mesa su botella de cerveza vacía.

– No sé qué hacer.

– A mí no me lo preguntes -respondió Drew, desde el otro lado de la mesa del bar-. Yo no sé nada de mujeres. He perdido a Nicole.

– Eso fue culpa tuya.

– ¿Y esto no es culpa tuya?

– Necesitaba más tiempo -murmuró Wyatt.

– ¿Para hacer qué? -inquirió Drew-. Las cosas no van a cambiar.

– Ella me dijo que podía ser como si no hubiera ocurrido nada -replicó Wyatt.

– ¿Con respecto al bebé? Pues eso está bien.

– Yo no puedo desentenderme de mi hijo.

– Entonces tienes un problema.

Peor todavía: no creía que pudiera desentenderse de Claire.

– Casi puedo verme con ella -murmuró.

Drew le hizo una señal al camarero para que les llevara otra cerveza.

– Esa proposición le aceleraría el corazón.

– Ya sabes lo que quiero decir. Nunca he sido capaz de verme con nadie. ¿A quién quiero engañar? Nunca saldría bien.

– Eso es una tontería, y tú lo sabes -lo acusó Drew-. Es una excusa para no intentarlo. Nadie en esta familia ha sido capaz de tener un buen trabajo más de un año. Tú tienes una empresa, estás criando a una niña estupenda. ¿Es que crees de verdad que no puedes tener un matrimonio feliz?

Wyatt estuvo a punto de caerse de la silla.

– ¿Y tú estás siendo perspicaz otra vez?

– Sí, pero no se lo digas a nadie. No ocurre a menudo. Mira, Wyatt, tú has estado a mi lado cuando nadie lo hubiera hecho. Incluso me has dado un trabajo, y no me has matado por engañar a Nicole. Yo no tengo lo que tienes tú. La he perdido, lo sé. Tú, en cambio, todavía tienes una oportunidad. No seas idiota.

– Sabio consejo -dijo Wyatt. Después se puso en pie-. Tengo que hacer una llamada.

Salió a la calle, al frescor de la noche, y se sacó el teléfono del bolsillo.

– Soy yo -dijo al oír la voz de Nicole-. Necesito hablar con Claire, y no me digas que no puedo. Esto no es asunto tuyo.

– Estoy de acuerdo contigo, pero de todos modos no puedes hablar con ella. No está aquí. Se marchó hace un par de horas.

Él se quedó inmóvil.

– ¿Adónde?

– A Nueva York.

Wyatt no podía creerlo.

– ¿Se ha marchado sin despedirse?

– Tú le dejaste bien claro que no querías tener nada que ver con ella, y te creyó. No debería sorprenderte que se haya ido, Wyatt. Es lo que tú querías.


Veintiuno

Claire salió del estudio de práctica a la una de la tarde. Era un día perfecto de principios de verano; soleado, pero agradable. Pensó en tomar un taxi, pero decidió que dar un paseo sería beneficioso para ella y para el bebé.

Llevaba dos semanas en Nueva York y estaba asombrada de lo fácilmente que había retomado sus antigua vida. Prácticas todas las mañanas, clases un par de veces a la semana, y después reuniones con Lisa. Todavía estaban programando la gira de otoño y decidiendo en qué discos iba a aparecer. Tocaría en dos CD benéficos, por supuesto, pero había otros artistas con ideas interesantes que quería explorar.

Había tenido su primera visita al médico la semana anterior, y le había dicho que estaba perfectamente sana. Comía bien, dormía estupendamente. La vida era maravillosa… o debería serlo. Pese al hecho de que no había vuelto a tener ningún ataque de pánico, y de que Lisa se comportaba de verdad como si fueran socias y la escuchaba, pese a tener todo lo que siempre había querido, se sentía… mal.

No conseguía centrarse por completo. Por mucho que lo intentara, había algo que se le escapaba.

Mientras paseaba, paró en el quiosco que había junto a su casa y compró el Seattle Times; después se encaminó hacia el Starbucks. Pidió un café descafeinado y se sentó en la butaca del rincón. Era una tontería, lo sabía. Y, sin embargo, sentía la necesidad de saber lo que estaba pasando en Seattle.

Como todos los días desde hacía dos semanas, leyó unos cuantos artículos y después se concentró en la sección de venta de pisos.


Wyatt abrió la puerta y se encontró a Nicole en su porche, apoyada en las muletas.