– ¡Bien hecho!

Amy fue corriendo al salón a saludar a Nicole, y Wyatt entró en la cocina.

Era alto, corpulento, guapo, tanto como para que a Claire se le cortara el aliento. Todo por su atractivo, pensó. No sabía mucho de tener un tipo de hombre, pero suponía que Wyatt era el suyo.

Se apoyó en la encimera. Iba a dejar que él hablara primero.

– ¿Tienes un minuto? -preguntó Wyatt.

¿Quería tener otra conversación con él? Las dos últimas habían sido horribles. Sin embargo, asintió.

Bajaron al estudio; Claire se sentó en el banco del piano y Wyatt tomó uno de los taburetes que había en el rincón.

Ella esperó.

– Cabe la posibilidad de que haya sido un burro -dijo Wyatt.

Pese a que todavía estaba dolida y molesta, y quizá por lo mucho que él la atraía, sonrió.

– ¿Cuándo lo vas a decidir?

– Muy pronto.

– Avísame.

Wyatt se quedó mirándola.

– No eres como nadie que haya conocido antes. Me gusta que las cosas sean fáciles entre las mujeres y yo. Tú no me lo pones fácil.

Claire no sabía qué significaba «ser fácil» en aquel contexto, pero el hecho de no serlo hizo que se pusiera contenta.

– Me sacas de quicio -continuó Wyatt-. Y lo peor es que no sé cómo remediarlo. Me gustan las cosas predecibles, y tú no lo eres.

Seguridad. Wyatt quería relaciones seguras y sin sentido. ¿Significaba eso que ella le importaba? Claramente, invertía muchas energías en enfadarse con ella.

– Yo nunca me entrometería entre Amy y tú.

– Lo sé. Y lo siento. Eso es lo que te estaba diciendo: no quiero perder el control. No quiero que Amy crezca y se marche, y eso es lo que va a suceder.

Claire no entendía por completo su dolor, después de todo, no tenía hijos, pero se imaginaba que debía de ser muy incómodo.

– Amy te quiere -le dijo-. Tú lo eres todo para ella.

– Por el momento. Dentro de pocos años va a aparecer algún muchacho que intentará robarle el corazón.

– Eso no va a cambiar lo mucho que te quiere.

– Quizá no -dijo él, mirándola a los ojos-. No quiero que tú y yo tengamos una relación profunda. Es una de mis normas. Intenté aclararlo al principio, pero después de que estuviéramos juntos, me di cuenta de que tú no sigues las normas.

– Pero… espera un momento. No es cosa mía el conseguir acercarme a ti o no. Tú eres quien controlas eso.

– Lo sé.

Hubo algo en su forma de decir aquellas dos pequeñas palabras. Algo oscuro y sexy, que le produjo un cosquilleo en el cuerpo a Claire.

– Te estoy atrapando.

No fue una pregunta. Por primera vez en su vida, se sintió sexualmente poderosa.

– Más de lo que te imaginas.

Saltaron chispas entre ellos.

Claire no sabía qué hacer. ¿Correr hacia él y arriesgarse?, ¿correr en dirección contraria?

Él sonrió ligeramente.

– No te hagas ilusiones, Claire. No tiene por qué significar nada.

Para ella, en cambio, sí significaba algo. El suelo crujió por encima de sus cabezas y Claire recordó que no estaban solos y que podían interrumpirlos en cualquier momento. Sin embargo, y a pesar de lo que él acababa de decir, notaba la atracción entre ellos, robándole hasta el último ápice de control. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no levantarse y echarse a sus brazos. Quería sentir su cuerpo, su boca en la de ella. Quería que la besara como si fuera incapaz de contenerse.

Antes de que pudiera ponerse en pie, oyó pasos en la escalera. Amy bajó al estudio y se situó junto al piano.

– Por favor, toca -le pidió a Claire.

Ésta se rió e hizo que se sentara en el banco.

– ¿Cómo voy a negarme? Eres mi público favorito.

Wyatt vio acurrucarse a su hija junto a Claire, y después cerrar los ojos y posar una mano sobre el piano.

¿Podía oír algo, o sólo sentía la música?

Aquel bellísimo sonido llenó el estudio y vibró a través de su cuerpo. ¿Cómo era posible que Claire creara aquello sólo con los dedos y la memoria? ¿Por qué había recibido aquel don? ¿Era una combinación de genes, o una elección de Dios?

¿Y qué importaba? Claire era así, sencillamente. Llena de talento, de fuerza. Irresistible. Peligrosa. Wyatt sabía muy bien que no debía dejarse atrapar y, sin embargo, no podía evitar que lo atrajera cada vez más. ¿Quería escapar de aquello mientras todavía era relativamente fácil?

En vez de responderse aquella pregunta, miró a Amy. Su preciosa hija. Aunque le dolía pensar que cualquier parte de su hija fuera destruida, no podía negarle lo que le estaba pidiendo. El compromiso debía estar en hacer el implante en sólo un oído, y dejar el otro intacto para técnicas futuras. En aquel momento, Amy quería oír tocar el piano a Claire. Con el tiempo, querría oír más del mundo. La risa de una amiga, la voz de un hombre, el llanto de un bebé.

No era el momento que él hubiera elegido, pero no podía decir que Amy se hubiera equivocado por desearlo. Como la música de Claire, su hija era un milagro.


– Estás inquieta -dijo Nicole después de cenar-. ¿Qué te ocurre?

– Necesito tocar -reconoció Claire.

Nicole se quedó confusa.

– Creía que estabas tocando. Has dejado la puerta del estudio abierta, y te he oído.

– Me refiero a tocar en público. Tengo que tocar para otra gente -dijo Claire. Llevaba días sintiendo aquella urgencia, desde que había tocado en el colegio de Amy. Al ver la expresión de su hermana Nicole, alzó una mano-. No tiene nada que ver con mi ego. No necesito público para sentirme especial.

– No iba a decir nada.

– Tenías el ceño fruncido.

– No es cierto. Yo también soy sensible, y lo entiendo -refunfuñó Nicole-. Necesitas tocar en público para comprobar si has superado los ataques de pánico. Si no lo has conseguido, es que tienes un buen problema -dijo, e hizo una pausa-. No lo digo con mala intención.

– Ya lo sé -dijo Claire-. Y tienes razón. Tengo que terminar con estos ataques de pánico. Así que necesito tocar ante desconocidos. Muchos desconocidos.

– ¿Y cuál es el plan? Puedes ponerte a tocar en la calle, quizá saques algo de dinero con las propinas…

Claire no se rio.

– Estaba pensando en un bar. Es concurrido, anónimo. ¿Conoces algún bar en el que haya piano por aquí?

Nicole tomó una de sus muletas y señaló con ella a Claire.

– No vas a ir a tocar a un bar.

– ¿Por qué no?

– Porque tú no eres de las que tocan en bares.

– No voy en busca de una segunda carrera profesional. Sólo quiero practicar en público. ¿Vas a ayudarme a encontrar un buen sitio o lo hago yo sola?

Nicole suspiró.

– Conozco un par de sitios. ¿Vas a ir sola?

– Sí. No te preocupes, no me va a pasar nada. Pediré una copa de vino blanco, me acercaré al piano y comenzaré a tocar. ¿Qué podría ocurrir?

– No quiero imaginármelo. ¿Cuándo vas a ir?

– Esta noche. Ahora mismo.


Nicole esperó a que el coche de Claire se hubiera alejado, y descolgó el teléfono.

– Hay un problema -dijo en cuanto Wyatt respondió la llamada-. No te vas a creer lo que va a hacer Claire esta noche.

Se lo dijo, y después interrumpió la cascada de juramentos diciendo:

– Sé lo que quieres decir. Trae a Amy a dormir a mi casa, y después ve a vigilar a Claire. No dejes que te vea. Escóndete al fondo del bar y asegúrate de que esté bien. Seguro que estará bien…

– ¿Te contó lo de Spike? -preguntó Wyatt, interrumpiéndola.

– ¿Qué Spike?

– Uno de mis obreros. Es un presidiario que todavía está en libertad condicional, con tatuajes, casado. Le pidió que salieran y ella estuvo a punto de decirle que sí.

La inquietud vaga de Nicole se transformó en una gran preocupación.

– Date prisa.

– Ahora mismo voy para allá.


La Taberna Greenway estaba mejor iluminada de lo que ella esperaba, relativamente limpia y bastante llena de gente. Claire se abrió paso hasta la barra, se sentó en un taburete y esperó a que se acercara el camarero.

No tenía idea de si aquel lugar era típico o no. Había un par de mesas de billar, varias televisiones que emitían un partido de béisbol sin el sonido, y música. El piano estaba en un rincón del local, solitario y cubierto con una funda.

Parecía que la clientela se dividía entre parejas y grupos de hombres. Apenas había mujeres solas. De hecho, no veía ninguna, salvo un grupo que estaba sentado en una de las mesas.

– ¿Qué va a tomar? -preguntó el camarero.

– Una copa de… -Claire titubeó. Tuvo la sensación de que aquél no era un lugar donde sirvieran copas de vino blanco-. Eh…, una cerveza.

El camarero asintió y se alejó y volvió a los pocos segundos con la cerveza.

– Tres pavos.

Ella le entregó cinco.

– ¿Le importaría que tocara el piano?

– Eh… ¿toca bien?

Claire sonrió.

– He tomado algunas clases.

– Claro. Pero si la gente protesta, tendrá que dejarlo.

Claire estaba menos preocupada por lo que la gente pudiera pensar que por la posibilidad de sufrir un ataque de pánico. Llevaba semanas sintiéndose fuerte, pero no había vuelto a pasar ninguna prueba así desde el colegio. Aunque había superado aquella actuación, lo había conseguido por pura fuerza de voluntad.

Cuando se sentó en el banco del piano, notó una presión en el pecho. En aquella ocasión no tenía a Amy junto a ella, para que la distrajera o la salvara. Iba a tener que salvarse a sí misma.

Su respiración era cada vez más superficial; hizo un esfuerzo por inspirar profundamente, pero el aire no le llenaba los pulmones. No podía respirar, no podía…

– Ya basta -se dijo en voz alta, sin preocuparse de si la oía alguien-. Basta.

Estaba bien. Podía respirar y no iba a morir, aunque tuviera esa horrible sensación. La única forma de superar eso era tocar hasta que tocar fuera fácil otra vez.

Haciendo caso omiso de aquella opresión en el pecho y del pánico, puso las manos en el teclado y se abandonó a la música.

Rachmaninoff, pensó con alivio. Uno de sus favoritos. Siempre la calmaba. Su música…

– Eh, señorita. Cállese. Nadie quiere oír eso.

Claire abrió los ojos y se encontró con que varias personas la estaban mirando mal. Oh, esa gente no era aficionada a Rachmaninoff.

– Lo siento -dijo con una sonrisa-. ¿Qué tal esto?

Comenzó a tocar Uptown Girl de Billy Joel y cuando terminó, tocó Accidentally in Love, una canción que le había encantado desde el momento en que la había oído en la segunda película de Shrek.

Tocó a Norah Jones, varias canciones pop y después comenzó a tocar peticiones del público.

No estaba segura de cuánto tiempo había pasado, pero cuando se sintió exhausta, supo que era momento de dejar de tocar. Sin embargo, antes de que pudiera terminar la canción que estaba tocando, se acercó un hombre y le puso un dólar en la jarra vacía.

– Tiene mucho talento -dijo.

Ella se echó a reír.

– Gracias.

Al terminar, recogió su cerveza, que ya estaba caliente, y el dólar, y se puso en pie. Varias personas la aplaudieron, y otros le pidieron que siguiera tocando. Ella negó con la cabeza. Estaba cansada, pero de la mejor manera posible. Cansada de trabajar. Tardaría en curarse del todo, pensó. Quizá debiera volver a terapia durante unas cuantas semanas. No obstante, había dado un gran paso. La recuperación había empezado. Todavía estaba asustada, pero ya no estaba paralizada.

Se acercó a la barra del bar para dejar su cerveza. Un tipo la agarró de la muñeca.

– ¿Quiere tomar algo conmigo?

Estaba a punto de rehusar cuando todo su cuerpo se puso en estado de alerta. Miró hacia abajo y vio a Wyatt.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Escucharte tocar.

Claire lo dudaba.

– ¿Y antes del espectáculo?

– Vine por si acaso necesitabas apoyo moral.

Una forma de decir que pensaba que hubiera podido necesitar que la rescatara.

Sonrió.

– Gracias por venir.

Wyatt se puso en pie, sujetándola por la muñeca.

– Los dejaste boquiabiertos en cuanto te sentaste al piano.

Ella miró a su alrededor.

– Casi.

– ¿Cómo te has sentido teniéndolos en tu poder?

– Bien -admitió Claire.

Él la miró a los ojos.

– Amy va a dormir en casa de Nicole. ¿Quieres venir a tomar una copa a la mía?

La estaba invitando a algo más que a una copa. Claire se tensó ligeramente al pensar en que él pudiera acariciarla de nuevo. Besarla, abrazarla. Quería experimentar aquellas sensaciones asombrosas otra vez. Quería sentirlo dentro, conectado a ella.

– Me gustaría -respondió.

Le quitó el vaso de la mano y lo dejó en la mesa.

– Entonces vamos.


Cuando entraban en la casa, Claire intentó encontrar el modo de decirle a Wyatt que no tenía interés en tomar una copa ni en charlar. Lo que realmente quería era que él le arrancara la ropa y se diera un festín con ella. Quería que la tomara del mejor modo posible.

No sabía cómo abordar semejante conversación, así que se resignó a pasar una velada larga y frustrante hasta que llegaran a la mejor parte.

Sin embargo, en vez de llevarla a la cocina o al salón, Wyatt la tomó de la mano y comenzó a subir las escaleras. Cuando llegaron a su habitación, se giró hacia ella, la abrazó y comenzó a besarla.

Claire pensó en decir, en broma, que tenía mucha sed, pero, ¿de qué iba a servir? No había ningún lugar en el que quisiera estar, salvo en sus brazos. Y preferiblemente, desnuda.

Él le acarició los labios con la lengua, y ella los separó. Mientras hacía más profundo el beso, Wyatt le tiró de la camisa y se la sacó de los vaqueros, y comenzó a desabotonársela. Al mismo tiempo, ella hizo lo mismo, lo cual provocó más tropiezos que avances. Cuando le dio un golpe con el codo, Claire se apartó.

– Esto es peligroso -dijo.

Wyatt sonrió.

– Vamos a hacer una cosa: te echo una carrera.

– ¿Qué?

En vez de responder, él se abrió la camisa por completo y se la quitó.

– Vas perdiendo -dijo.

Claire soltó un gritito.

– ¡Yo tengo más ropa que tú!

– Excusas.

Ella se sacó la blusa por la cabeza y se quitó las sandalias de sendas patadas. Se desabrochó el sujetador y se quitó los vaqueros y las braguitas de una vez, apartándolos. Después se irguió y se encontró con que Wyatt seguía vestido.

– ¡Eh!

La sonrisa de Wyatt se desvaneció cuando el deseo sustituyó a la diversión.

– Demonios, eres preciosa.

La agarró y la estrechó contra sí. Ella se lo permitió de buena gana; quería sentir sus manos en la piel. Lo quería todo: las caricias, los roces, la intensidad, mientras él la llevaba al paraíso y de vuelta.

Cayeron en la cama. Wyatt se inclinó sobre ella y la besó. Mientras sus lenguas se tocaban y jugaban, le deslizó los dedos por el abdomen, hacia el vientre, y ella separó los muslos.

Él se deslizó entre sus piernas e, inmediatamente, encontró el lugar más especial de su cuerpo. Se lo acarició ligeramente, obligándola a retorcerse para conseguir más. Más fuerte, pensó Claire. Más rápido.

Pero pronto descubrió que Wyatt tenía sus propios planes. En vez de escuchar sus mandatos físicos, siguió besándola. Descendió y tomó sus pezones con la boca, lo cual resultó muy agradable. Claire debía admitir que la mezcla de la succión en los pechos y sus caricias entre los muslos funcionaba muy bien.