El problema era que sí se sentía como una niña, como si le tuviera que pedir permiso para todo.

– ¿Es ella el motivo por el que no tocas el piano ahora? -preguntó él.

– ¿A qué te refieres?

– No estás tocando -dijo Wyatt-. ¿No deberías? A eso te dedicas.

Ya no, pensó con tristeza, y recordó la noche anterior, cuando había conseguido perderse en la música. Había tocado durante horas, hasta agotarse. Había tocado y tocado, con la esperanza de que la música lo sanara todo. Por desgracia, las complicaciones de su vida eran tantas que tocar sólo era una distracción, aunque fuera una distracción satisfactoria.

– No tengo compromisos en este momento -dijo-. Estamos casi en verano. A finales de primavera termina la temporada. Todo empieza de nuevo en otoño.

– ¿No has tenido que cancelar nada para venir a cuidar de Nicole?

– No. ¿Habría sido mejor?

– No lo sé. Estuvimos hablando de eso anoche. Pasé a verla.

¿Él había estado en casa? Claire tuvo que reprimir la desilusión por haberse perdido la visita.

– Habría cancelado mis compromisos para venir aquí, aunque Nicole no lo crea.

– Puede llegar a ser muy dura.

– ¿Es así como vamos a llamarlo?

Él sonrió.

– Os parecéis más de lo que tú crees.

Porque eran mellizas. Había una conexión. O, al menos, la había habido.

– ¿Cómo es tu trabajo? -se interesó él-. ¿Sólo tocas fuera de Nueva York? ¿Estás en una orquesta? No sé nada de lo que haces.

– Yo… eh… normalmente firmo contratos por noches individuales. Puedo hacer una serie en la misma ciudad. He tocado con diferentes orquestas en una temporada, pero yo… ya no voy a tocar más. No puedo.

– Eres un poco joven para retirarte.

– No me he retirado. Es que… no puedo tocar. Tengo ataques de pánico.

Wyatt la miró como si no entendiera.

– Empecé a tenerlos el año pasado -dijo ella apresuradamente-. Estaba muy cansada. Quería hacer un descanso, estaba deseando no hacer nada durante unas semanas, pero Lisa quería firmar un contrato para hacer una gira especial en verano. Yo me disgusté y fingí que tenía un ataque de pánico. Ella se echó atrás. Sé que estuvo mal, que lo maduro habría sido decirle la verdad. Soy una adulta. Es mi vida, lo sé, pero las cosas no son tan fáciles.

Agarró el vaso con las dos manos y miró el contenido. Era mejor que mirarlo a él.

– Fingí un par de ataques más para quitármela de encima. Sin embargo, un día, tuve un ataque de verdad, y no pude controlarlo. Supongo que me había hecho tan buena fingiéndolos que se hicieron realidad. La cosa fue empeorando, y ahora son los ataques los que me controlan a mí. Durante la última actuación, me desmayé.

Agachó la cabeza, avergonzada. Notó que tenía las mejillas ardiendo. Por mucho que intentara olvidar lo que había sucedido, lo recordaba una y otra vez.

– Estoy avergonzada, no sé qué hacer. He ido a ver a un terapeuta que ha intentado ayudarme. Sé que, siempre y cuando piense que éste es el único modo en que puedo tener poder, no voy a mejorar. Sin embargo, no sé cómo cambiar lo que siento. ¿Y qué pasa si no puedo volver a tocar? Esto es todo lo conozco, lo que soy. ¿Qué seré sin la música?

Wyatt lamentaba mucho haber sacado aquel tema de conversación. Se veía ante una Claire muy disgustada, y no sabía qué hacer ni qué decirle. Aquello era completamente extraño para él. No sólo era emotivo y femenino, sino que además era algo que nunca había experimentado.

– Quizá si fueras a ver a otro terapeuta… -murmuró.

– Supongo que podría intentarlo. Pero no sé… Odio sentirme inútil. Débil.

La debilidad sí podía solucionarla, pensó Wyatt con alivio. Él era fuerte y duro. Podía protegerla. Podía ofrecerle…

De repente, frenó en seco. ¿Protegerla? ¿De dónde había salido eso? Él no quería proteger a ninguna mujer, salvo a Amy. Y quizá a Nicole, porque era su amiga. Él no se involucraba sentimentalmente con nadie. Nunca.

El sexo estaba bien. A él le gustaba el sexo. Lo entendía, lo deseaba. ¿Pero los sentimientos? Ni hablar. Sabía que podía resultar un desastre. Él provenía de una estirpe de hombres que lo echaban todo a perder con las mujeres. Drew y su propia ex mujer eran la prueba.

– Para ser sincera -confesó Claire-, la llamada de Jesse ocurrió en el momento perfecto. No es que no hubiera venido si tuviera compromisos profesionales, lo habría hecho, pero me estoy escondiendo de mi representante, o algo parecido, y la operación de Nicole me dio la excusa perfecta para desaparecer. ¿Es tan terrible?

– No, no. Todo el mundo necesita un lugar donde esconderse cuando las cosas se ponen difíciles.

– Según Nicole, para mí no son difíciles en absoluto.

– Ella no lo sabe todo.

– Pues se cree que sí.

– Se equivoca -dijo él, mirándola a los ojos. Había algo en ellos… un reflejo de tristeza, pero algo más también. Algo que él no sabía nombrar. ¿Interés? ¿Pasión?

No. Eso era lo que él querría ver.

Wyatt se dio cuenta de que quería abrazarla y ser el apoyo que ella necesitaba durante un rato. Por supuesto, también quería besarla hasta que los dos estuvieran sin aliento.

Claire sonrió.

– Gracias por haberme escuchado. Ha sido de gran ayuda.

– ¿Quieres quedarte a cenar?

La invitación había surgido de la nada. Como premio, Wyatt obtuvo una sonrisa lenta que le hizo hervir la sangre.

– Me encantaría.


Nicole se dijo que no estaba mirando el reloj. ¿Qué le importaba a ella que Claire estuviera tardando después de llevar a Amy a casa? A ella no le preocupaba, ni siquiera le importaba. Claire no era nada para ella.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, se dio cuenta de que estaba nerviosa.

– Eres tonta -se dijo-. Si hubiera ocurrido algo malo, ya te habrías enterado.

Justo en aquel momento, alguien llamó a la puerta.

Nicole se puso en pie y fue a abrir. No podía moverse con mucha rapidez, y volvieron a llamar antes de que ella pudiera llegar.

– Ya va -gritó, molesta-. Espere un segundo.

Esperaba ver a un policía o al sheriff, y al abrir se encontró con una mujer mayor muy bien vestida.

– ¿Quién es usted? -preguntó la recién llegada con frialdad.

– Alguien que no va a responder a esa pregunta -respondió Nicole-. Ha debido de equivocarse de casa.

– ¿Está aquí Claire Keyes?

Nicole titubeó un momento antes de responder.

– En este momento no.

– ¿Pero se aloja aquí? -insistió la mujer, mirando a Nicole de pies a cabeza con los labios apretados-. Supongo que es usted su hermana.

– ¿Y quién es usted?

– Lisa Whitney. Soy la representante de Claire.

Y con eso, la mujer entró en la casa. Nicole no creía que se hubiera recuperado lo suficiente como para echarla, así que cerró la puerta y la siguió hacia el salón.

Lisa se quitó el abrigo. Tenía una figura esbelta y su ropa era de muy buena calidad, de colores neutros. Nicole no sabía mucho de moda, pero supuso que sus zapatos costaban lo mismo que un coche de segunda mano decente. Lisa llevaba un peinado y un maquillaje muy elegantes, y unos pendientes de oro que seguramente eran auténticos y de dieciocho quilates. Nicole la odió a primera vista.

Lisa dejó su abrigo sobre el respaldo de una silla y miró a su alrededor.

– ¿De veras se aloja aquí?

– ¿Se refiere a mi casa? Sí. Se aloja aquí.

– Ya. ¿Y qué pasa con su práctica? No veo ningún piano.

– No es que sea asunto suyo, pero el piano está en el sótano.

Lisa la miró fijamente.

– Todo lo de Claire es cosa mía. ¿Cuánto está practicando? Lo mejor es cuatro horas al día. Puede pasar con tres, y más de cinco no le sirven a nadie -afirmó, e hizo una pausa, expectante.

Nicole no supo qué decir. No estaba segura de que Claire hubiera tocado hasta la noche anterior.

– No tengo ni idea -respondió-. No la controlo.

– Pues debería. ¿Está comiendo bien? ¿Duerme lo suficiente?

– Claire tiene veintiocho años. Puede comer sola y acostarse.

Demonios, no era de extrañar que su hermana fuera una completa inútil. Nunca le habían permitido ser una persona de verdad.

Lisa le lanzó una mirada fulminante.

– Claire no es como el resto de nosotros. Es una artista con un don. Si no se la vigila, se dejará la piel en el trabajo. Necesita descansar mucho. Los últimos años han sido extenuantes. Parecía que había oportunidades, y teníamos que aprovecharlas. Claire dijo que era demasiado, pero yo sabía que era posible. Teníamos que aprovecharlo. Ahora está en lo más alto. Nosotras debemos hacer todo lo posible para que siga en la cima.

Nicole no tenía del todo claro quién era aquella tal Lisa, pero sabía que no le caía bien.

– No hay ningún «nosotras» en esto.

Lisa hizo caso omiso de la respuesta.

– ¿Sabe si ha mirado el programa que le envié? Debería haber llegado hoy.

Nicole pensó en el paquete que había en la cocina.

– No, no lo ha visto.

– Puede estudiarlo esta noche. Tenemos que darnos prisa para poder confirmar los conciertos de este otoño. Ya llevamos retraso, y Claire tiene mucho que hacer. Aprender las piezas, programar los ensayos y los eventos con los medios de comunicación. La publicidad es una parte muy importante de lo que hacemos. Tenemos que organizar también los viajes. Son sólo treinta conciertos en cuatro meses, pero de todos modos, hay que prepararlo todo.

¿Treinta conciertos en cuatro meses? Nicole hizo cálculos. Eso era un concierto cada cuatro o cinco días. Si no eran en la misma ciudad, habría que viajar. Además de practicar cuatro horas al día, junto a los ensayos, las entrevistas y a saber cuántas cosas más, debían de ser jornadas agotadoras.

¿Ésa era la vida de Claire? ¿Viajar y ensayar constantemente, con aquella tal Lisa vigilándolo todo?

Nicole recordó que le había dicho que su vida era más difícil de lo que parecía. No se sentía impresionada, ni mal ni nada por el estilo, de todos modos. Era mucho más fácil que vivir en el mundo real.

Lisa se acercó a la ventana y miró al exterior.

– ¿Ha dicho algo sobre las grabaciones?

– No.

¿Qué grabaciones?

– La han invitado a tocar en varios discos. Sé que aceptará los discos benéficos, siempre lo hace -dijo Lisa, que parecía molesta por ello-. Pero estaría bien que aceptara algunos de los demás.

¿Sesiones de grabación, aparte de todo? Nicole se sentía cansada con sólo oírlo.

– Por lo menos, puede ver todas esas ciudades en las que toca -dijo Nicole, más para sí misma que para Lisa.

Lisa se giró a mirarla.

– Su trabajo no es conocer ciudades. Su trabajo es practicar, tocar y dar entrevistas. Es lógico que se haya escapado. No sé cómo he permitido que las cosas se hayan descontrolado tanto.

Lisa se acercó a la silla y tomó su abrigo.

– No voy a quedarme aquí esperándola. Por favor, dígale que me llame al móvil. Y que no voy a marcharme de Seattle hasta que arreglemos este desastre.

Nicole no sabía a qué desastre se refería, y no quería saberlo. Por fortuna, Lisa ya no era su problema; oía el ruido de un coche conocido en la calle.

– Dígaselo usted misma -dijo-. Acaba de llegar.


– Ya he vuelto -dijo Claire mientras entraba en la cocina-. Siento haber llegado tan tarde. Wyatt me pidió que me quedara a cenar, y hemos comido pollo frito de KFC. Es su noche de comida rápida, y eligió Amy. ¿Has cenado alguna vez allí? Es muy…

Entró en el salón, vio a Lisa junto a Nicole y al instante lamentó haberse comido el último muslo extra…

– Hola, Claire -dijo Lisa con frialdad-. Dime que no has comido de verdad pollo frito.

Lisa siempre había tenido la capacidad de conseguir que se sintiera pequeña y estúpida. Tenía una disculpa en la punta de la lengua, pero se la tragó. Era una persona adulta, y si quería comer comida rápida, lo haría. Estaba en su derecho.

– Sí. Estaba delicioso.

Lisa frunció los labios.

– ¿Y la dieta que te di? Es una dieta equilibrada basada en la soja.

Nicole fingió una arcada y después alzó ambas manos con las palmas hacia fuera.

– Lo siento, acaba de aparecer. No sabía qué hacer.

– No te preocupes -dijo Claire. No podía esconderse de Lisa para siempre, aunque fuera un bonito sueño.

Lisa hizo caso omiso de la conversación.

– No sé cómo decirte lo mucho que me has decepcionado, Claire. Desaparecer así, sin avisar. Y has estado evitando mis llamadas. ¿Es que pensabas que yo iba a desaparecer?

Claire irguió los hombros y alzó la barbilla.

– Tuve que atender un asunto familiar -dijo, y rezó para que Nicole no interviniera con algún comentario hiriente sobre que no era exactamente bienvenida en su casa.

Por suerte, su hermana se quedó callada, por una vez.

Lisa miró brevemente a Nicole, y después volvió a concentrarse en Claire.

– Parece que todo va bien en ese aspecto. Supongo, por lo tanto, que vas a volver pronto a Nueva York.

– No.

– ¿Y qué pasa con el programa de otoño? Ya nos hemos quedado tan sólo con la mitad de fechas de las que deberíamos tener. Si no estás ahí, la gente se olvidará de ti. La brillantez no es suficiente, ya lo sabes. Podrías arruinar tu carrera fácilmente.

Era un mensaje que Claire llevaba años oyendo.

– No puedo volver ahora -dijo con firmeza-. Y no sé cuándo podré retomar una programación.

Lisa abrió mucho los ojos.

– No lo dices en serio. No es posible.

Claire quería preguntarle si recordaba lo que había ocurrido la última vez que había pisado un escenario. Se había desmayado, y se había humillado a sí misma, el pánico la había vencido. Sin embargo, su hermana estaba escuchando, y a ella le daba vergüenza contarle la verdad a Nicole.

– Hay gente que depende de ti -continuó Lisa-. Eres una industria. Está en juego el trabajo de otras personas.

Otro argumento que había oído cientos de veces. ¿Acaso Lisa no podía inventar nada nuevo?

– Sobre todo el tuyo -dijo-. Si quieres renunciar a tu puesto de representante, no tengo ningún problema.

Lisa dio un paso atrás.

– No. No era eso lo que quería decir -respondió, y carraspeó-. Claire, querida, no sabía que estabas tan disgustada. Por supuesto, puedes pasar una temporada con tu familia. No debería haberte presionado.

Era asombroso ver cómo Lisa podía ser el policía bueno y el malo a la vez, sin alterarse.

– No importa que me presiones. No voy a cambiar de opinión. Voy a quedarme aquí hasta que Nicole esté mejor. Y puede que más, todavía no lo sé. No estoy dispuesta a aceptar ningún compromiso para el otoño, ni para otro momento. No voy a dejar que me obligues, así que tendrás que conformarte.

Lisa la miró durante un largo instante.

– De acuerdo. Me doy cuenta de que no quieres volver a casa todavía. Está bien, esperaré. Sabes dónde encontrarme.

Claire asintió, pero no dijo nada. Se quedó donde estaba hasta que Lisa se marchó. Después se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos.

– Impresionante -dijo Nicole-. Le has hecho frente.

– Sí, ¿verdad? -respondió Claire, y dejó caer las manos al regazo-. Estoy temblando.