Se acercó a la cómoda donde tenía la ropa y abrió el primer cajón. Bajo la ropa interior había un fino diario. No escribía un diario, pero sí tenía una lista de objetivos que leía todos los días. Eso la ayudaba a mantenerse centrada. Su lista de aquellos días incluía tomar contacto con la familia, comenzar a tener citas, tener relaciones sexuales, enamorarse, ser normal.

La última de aquellas cosas iba a ser la más difícil. O quizá todas lo fueran. ¿Tener relaciones sexuales? ¿A quién quería tomar el pelo? Se había pasado veintiocho años sin encontrar un hombre que tuviera interés en verla desnuda.

Se dejó caer sobre la cama. No era que ella no quisiera tener relaciones sexuales, sí quería. Había tenido novios, pero el tiempo y la distancia siempre habían sido un problema. Nunca había permanecido lo suficiente en el mismo sitio como para forjar un vínculo estrecho. Y sabía bien que no debía tener una aventura con nadie de una orquesta. O estaban casados, o eran poco recomendables u homosexuales. Siempre había querido que su primera vez fuera con alguien especial. Sin embargo, si hubiera sabido lo mucho que iba a tardar en encontrar a esa persona especial, quizá habría sido menos maniática.

Cuando cerró el diario, pensó en Wyatt. Él parecía una buena elección. A ella le caía bien, le gustaba cómo se preocupaba por la gente. Era increíble con su hija y muy buen amigo de Nicole. Sin embargo, no creía que ella le cayera bien a él. Eso podía ser un problema. Sin embargo, Wyatt estaba dejando que cuidara de Amy, así que ¿quizá sí le caía un poco bien?

Demasiadas preguntas y pocas respuestas.

Claire comenzó a pasearse por la habitación, lo cual no era muy satisfactorio. Después de un par de segundos, salió por la puerta y bajó las escaleras. No le prestó atención a Nicole, que todavía seguía en la cocina, bajó al sótano y se encerró allí.

El estudio estaba como siempre, con el piano en el centro de la habitación. Había hecho que lo afinaran, quizá porque sabía que iba a ser así. Se le había despertado la necesidad de tocar, y aunque había conseguido reprimir aquella necesidad durante un tiempo, tocar para Amy lo había cambiado todo. Era como si se hubiera roto la presa y todo se hubiera desbordado.

La vida era un enredo, pero la música era calma, seguridad y belleza.

Se sentó ante el piano y tocó ligeramente las teclas. El sonido era bueno. Harían falta unas cuantas afinaciones más para perfeccionarlo, pero no podía permitirse ser quisquillosa.

Cerró los ojos y dejó que aquella necesidad creciera dentro de ella. No tuvo que preguntarse qué quería tocar, eso llegaría solo. Puso las manos en el teclado y comenzó.


Wyatt tocó la puerta trasera de Nicole y entró en la casa. Iba preparado para encontrarse con Claire, pero se encontró a su amiga junto a la encimera.

– ¡Vaya! -exclamó-. Has bajado las escaleras tú sola.

– Estoy casi preparada para correr un maratón. ¿Qué tal estás tú?

– Quería pasar a verte.

– Estoy bien.

No lo miró. Mientras hablaba, echó a la basura el contenido de su plato.

– ¿No tienes hambre?

– Estaba… -Nicole suspiró-. Claire y yo nos hemos peleado. No hay nada como la discordia familiar para acabar con mi apetito. Durante los dos últimos años que Jesse fue al instituto, perdí cinco kilos porque mi vida personal era un horror y me afectaba mucho al estómago. Si escribiera un libro sobre esa dieta, ganaría millones -lo miró y le preguntó-: ¿Cómo es posible que todo se haya estropeado tan rápidamente? No era lo que yo quería. Bajé a cenar sólo para poder charlar con Claire, y hemos terminado discutiendo. No lo entiendo.

Wyatt no dijo nada. Quería a Nicole como si fuera su hermana, pero sabía que podía ser muy difícil. Por lo que él había visto, Claire era mucho más templada. Aunque no iba a admitirlo ni aunque lo torturaran.

– Lleva fuera mucho tiempo. Estás enfrentándote a muchas cosas a la vez -trató de tranquilizarla-, tómatelo con clama.

– Supongo que sí -se volvió hacia él, dejó que la abrazara y apoyó la cabeza en su hombro-. ¿Crees que soy una buena persona?

– ¡Por supuesto que sí! ¿Por qué lo preguntas? -exclamó él, acariciándole la espalda.

– Es posible que sea la peor bruja del planeta.

– No es cierto.

– Tú no estabas aquí.

– No es necesario. Te conozco. No eres una bruja. Eres difícil y cabezota, pero no mala.

– Vaya, gracias.

– De nada.

Él la abrazó y ella cerró los ojos. Después de unos instantes, Nicole se retiró y se sentó en una silla.

– Mi vida es un desastre -dijo-. Y acabo de empeorarla.

Él se sentó frente a ella.

– Lo dudo.

– Deja de defenderme, no me lo merezco. He sido mala con Claire.

Wyatt no dijo nada. Había aprendido, hacía mucho tiempo, que cuando una mujer quería hablar, era mejor mantenerse callado y escuchar.

– Ella hizo la cena -continuó Nicole-. Hizo pollo asado, estaba muy rico. Estábamos bien, pero de repente, empezó a hablar de George Clooney. Lo ha conocido, ha conocido a gente famosa y, cuando me lo contó, me enfadé. Detesto que su vida haya sido tan estupenda. Se pasa todo el tiempo de ciudad en ciudad, tocando el piano. Oh, eso sí que es un trabajo duro. Me habló de los tipos de la orquesta, que se pasan de fiesta todas las noches. Por supuesto, dijo que ella no lo hacía. Su vida es muy dura. Supongo que encontrar hueco en el horario para darse un masaje es un verdadero problema. Y contar su dinero. Eso tiene que llevarle días y días.

Nicole se quedó callada y miró a Wyatt.

– ¿Quieres cambiar de opinión acerca de mí ahora?

– No. Pero quiero saber por qué te saca de quicio.

Nicole titubeó.

– Me pone furiosa. Lo tiene todo. Mis padres hablaban de ella todo el tiempo, estaban tan orgullosos… Ella era la estrella, y yo estaba aquí metida en casa, ocupándome de todo. La odio.

– No, no la odias.

Nicole lo miró con los ojos entrecerrados.

– No me gusta que seas razonable. ¿Te lo había dicho ya?

– Una o dos veces. Tú no odias a tu hermana. No la conoces lo suficiente como para sentir demasiado de nada. Detestas lo que te ocurrió, y es más fácil decir que la odias que culpar a tus padres, o a las circunstancias.

– ¿Has estado viendo Oprah?

– ¿Y tú estás diciendo que un tío no puede ser perspicaz?

– Más o menos.

– Te conozco desde hace bastante. Es mucho más fácil ver lo que está sucediendo en tu vida para mí que para ti.

– Supongo que sí, pero me gusta más cuando yo soy la profunda de nuestra relación. Es sólo que… -Nicole se encogió de hombros-. Me siento culpable, y lo odio. Sé que ella está bien -dijo, y miró a Wyatt-. Dime que está bien.

– ¿Quieres que vaya a comprobarlo?

– Por favor. Está abajo.

– ¿En el sótano?

– En el estudio.

Wyatt se levantó y fue hacia las escaleras del sótano. Se le había olvidado aquella habitación insonorizada que habían construido para que Claire pudiera practicar. Ella se había ido cuando tenía seis o siete años, así que no había usado mucho el estudio. Cuando entró en el sótano, frunció el ceño al darse cuenta de que Claire tenía un par de años menos que Amy cuando se había ido con su abuela. Debía de haber echado mucho de menos a su familia.

Sobre todo a Nicole, pensó. Eran mellizas.

Sabía que Nicole había tenido muchos problemas, y no la culpaba de ninguno de ellos. Había sido muy difícil cuidar a Jesse y trabajar en la panadería. Ella había sido la responsable. Sin embargo, ¿qué había tenido que ser Claire?

Abrió la puerta del estudio e, inmediatamente, se vio atrapado por la belleza de la música. No sabía nada de música clásica, ni de conciertos, ni de lo que ella estuviera tocando, sólo que aquella pieza era increíblemente bella y casi… triste.

El piano estaba situado de tal forma que Claire se encontraba de espaldas a la puerta. Se mecía mientras tocaba; su pelo largo, rubio, se movía con ella y reflejaba la luz. O no había oído la puerta, o no le importaba en absoluto que él estuviera allí. Wyatt supuso que se trataba de lo primero.

Parecía en trance, como si la música la hubiera transformado.

Salió por donde había entrado y volvió a la cocina.

– ¿Cómo está? -le preguntó Nicole.

– Bien. Está tocando el piano -se acercó a la nevera, sacó una cerveza y se sentó junto a ella-. ¿Por qué no está de gira? ¿No es ése su trabajo?

– No lo sé. Supongo que sí. A lo mejor está de vacaciones.

– ¿Y sus vacaciones eran justo cuando tú tenías que operarte?

Nicole frunció el ceño.

– No hagas que me sienta culpable porque haya venido.

– No es eso.

– Estás diciendo que quizá tuviera planes, pero que los dejó para venir conmigo.

– No lo sé. Por eso te lo he preguntado.

– Me imagino que firmará contratos con mucha antelación, y tendrá compromisos de semanas enteras. ¿No hay una temporada de conciertos? -preguntó Nicole-. ¿Una temporada más adecuada para escuchar a Mozart?

– Le estás preguntando a la persona equivocada.

– Lo sé. Es que no había pensado lo que me has dicho, lo de que puede que esté aquí cuando tiene otras cosas que hacer -dijo Nicole. No se sentía muy contenta.

– ¿Y eso cambia las cosas?

– Quizá. Aunque estoy segura de que está de vacaciones -añadió con firmeza.

– Si tú lo dices…

– ¿Tú no estás de acuerdo?

– No vas a oír la respuesta que quieres oír de ninguna de las dos maneras. O ha cancelado compromisos… o ha sacrificado sus vacaciones para venir a cuidarte. Es difícil convertirla en la mala de la película en esto.

– Dame tiempo -murmuró Nicole-. Además, no es que la odie. Tenías razón en eso.

Él tomó un sorbo de cerveza.

– No la odio. Es que no me cae bien -suspiró Nicole-. Di algo.

– Tú eres la que lo estás diciendo todo.

– ¿Te había dicho ya que eres muy molesto?

– Más de una vez.

– ¿Y qué piensas de ella? -quiso saber Nicole.

La pregunta lo tomó por sorpresa. Antes de poder contenerse, recordó la última vez que la había tocado. Lo intenso que había sido el ardor. Después, se apartó de la cabeza cualquier imagen erótica y se encogió de hombros.

– No lo sé.

Nicole lo atravesó con la mirada.

– Estás mintiendo. Te gusta.

– No la conozco.

Nicole entornó los ojos.

– Te parece atractiva. Oh, Dios mío. Te sientes atraído por ella.

– Sólo es química. No significa nada.

– ¿Quieres acostarte con ella? Eso es injusto. Conmigo no quieres acostarte.

– Ya hemos hablado de eso.

– Pero Claire es insoportable, Wyatt. No puede ser que te guste más que yo -dijo. Después se tapó la cara con las manos-. Estoy lloriqueando. ¿Puede ser más horrible?

– Tienes derecho a sentir lo que sientes.

Nicole bajó las manos.

– No te atrevas a ser comprensivo y sensible en esto. Además, es mi hermana, lo cual me pone en la extraña situación de tener que decirte que te mantengas alejado de ella.

Él la miró por encima del cuello de la botella.

– ¿Porque Claire te importa?

– No, quizá… No lo sé. Pero no hagas nada apresurado.

Wyatt no iba a hacer nada en absoluto. Desear y hacer eran dos mundos aparte, y él no tenía intención de convertir aquella situación en más difícil de lo que ya era.


Nueve

– Ven conmigo -dijo Amy antes de bajar del coche-. Entra.

Claire titubeó, mirando la casa y después a la niña alternativamente. No le importaba entrar en su casa ni pasar un rato más con ella. Lo que le provocaba dudas era la furgoneta que estaba aparcada en la calle. Wyatt estaba en casa y, por mucho que quisiera verlo, se ponía nerviosa al pensarlo. Sin embargo, asintió y bajó del coche.

Recorrieron el camino hacia la entrada y la puerta principal se abrió. Amy voló hacia su padre. Éste la abrazó y, riéndose, giró con ella por el vestíbulo.

– ¿Cómo está mi chica preferida? -preguntó mirándola mientras hablaba, para que Amy pudiera leerle los labios.

– Bien -respondió Amy por signos, y después miró a Claire-. Claire cada vez conduce mejor.

Claire se echó a reír.

– Vaya, gracias por el cumplido. He estado practicando. Todavía no me siento totalmente a gusto en la autopista, pero me las arreglo. Y el GPS ya casi no me grita.

– Pasa -dijo Wyatt. Dejó a su hija en el suelo y mantuvo abierta la puerta.

Claire entró en la casa. Había estado allí varias veces, no tenía motivos para ponerse nerviosa. Sin embargo, tenía encogido el estómago, y notaba un cosquilleo en la piel.

Quizá fuera debido a que había mirado su lista de objetivos y había pensado que Wyatt sería un buen candidato con el que mantener relaciones sexuales.

Lo miró disimuladamente, fijándose en cómo sus hombros anchos le tiraban de la camisa. Era fuerte. ¿Cómo sería tener alguien en quien apoyarse, alguien fiable que pudiera hacerse cargo de las cosas? Aunque su fuerza no era la única razón por la que quería acostarse con él. O quizá sí. Ella no era ninguna experta.

Amy dijo que se iba a su habitación y desapareció por el pasillo. Wyatt la vio irse y después se giró hacia Claire.

– Te agradezco mucho que cuides de ella.

– Me alegro de poder hacerlo. Es muy divertida, y tiene mucha paciencia con mi lenguaje de signos.

– Está muy contenta de que quieras aprender.

Claire frunció el ceño.

– ¿Y por qué no iba a querer? Así es como ella se comunica.

– Mucha gente no se tomaría la molestia.

– ¿Por qué?

– No lo sé -dijo él. Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y la miró-. No hemos hablado de pagarte por tu trabajo, deberíamos hacerlo.

– No quiero que me pagues. No quiero hablar de dinero. Somos familia. Más o menos.

Él asintió.

– Somos casi parientes hasta que Nicole se recupere lo suficiente como para buscar un abogado matrimonialista. No puedo creer cómo se ha comportado Drew.

Ella tampoco. ¿Quién haría algo así? Entonces recordó su ataque.

– ¿Está bien? ¿Sigue teniendo el corte en la mejilla?

– ¿Te importa?

Claire reflexionó sobre la pregunta.

– No, en realidad no.

Wyatt sonrió.

– Has respondido como tu hermana.

– Se me está contagiando algo -dijo ella.

Lo cual podía ser positivo, pensó. Nicole nunca habría dejado que Lisa la manejara. Le habría dicho claramente lo que podía hacer con su programación y adónde podía irse.

– Estás pensando en algo -dijo Wyatt-. ¿En qué?

– En mi representante. Ojalá yo me pareciera más a Nicole para poder decirle cuatro cosas.

– ¿Eso es lo que quieres hacer?

– Algunas veces sí. En este momento no le estoy respondiendo las llamadas. No es la mejor forma de gestionar la situación.

Él la acompañó hasta la cocina. Era una estancia grande y luminosa, como el resto de la casa. Sirvió un par de refrescos y se sentó frente a ella en la mesa.

– ¿Y por qué no hablas con ella y le dices lo que piensas?

– ¿A Lisa? No lo sé. Nunca lo he hecho. Debería hacerlo. Ahora es distinto, ya no soy una niña.