– Nicole me contó que su madre murió -dijo Amy-. ¿Era tu madre también?

Claire asintió.

– Nicole y yo somos mellizas.

– Yo también quiero tener una hermana melliza -dijo Amy con una sonrisa. Sin embargo, después se puso seria-. O tener un hermano o una hermana.

Claire se preguntó si Wyatt estaba saliendo con alguien. Al pensar en otra mujer, se irritó instantáneamente.

– Puede que tu padre vuelva a casarse.

Amy frunció el ceño.

– No creo. Papá no tiene novias. Aunque tú podrías salir con él.

Claire abrió la boca, pero volvió a cerrarla.

– ¿Te cae bien mi padre?

– Eh… sí… es muy simpático.

Se sintió aliviada porque, aparentemente, había dado la respuesta correcta. Amy metió la fotografía de la bella Shanna de nuevo en el cajón de la mesilla y después tomó a Claire de la mano.

– Ven -le dijo por signos.

Claire la siguió al piso de abajo, a un enorme salón lleno de ventanales. Sin embargo, lo que captó su atención no fue la vista ni la bonita decoración de la sala. Lo que le aceleró el corazón fue el piano negro que había en la esquina.

Amy hizo un signo con el que posiblemente le estaba pidiendo que tocara. Claire no respondió. Se acercó al piano, mirándolo con miedo y anhelo a la vez.

Llevaba sin tocar casi cuatro semanas. No había vuelto a hacerlo desde aquella actuación desastrosa, al final de la cual había sufrido un ataque de pánico. El mundo había quedado reducido al miedo, y a cierta sospecha de que había perdido para siempre el talento que pudiera tener.

Acarició la suave superficie de la tapa. Incluso sin tocar el teclado podía imaginarse la música. El sonido llenaría la habitación y se extendería por el resto de la casa. Crecería, flotaría y lo rodearía todo hasta que estuviera dentro de ella, haciendo que la sangre le corriera con fuerza en las venas. Ansiaba oír los sonidos, respirar la música.

Amy le dio un empujoncito hacia el banco, y después puso ambas manos sobre el piano.

– Toca -le pidió.

Claire dio otro paso hacia el instrumento. Inmediatamente, tuvo dificultad para respirar. Tenía tal presión en el pecho que pensaba que iba a sufrir un ataque al corazón. Iba a morir allí, en el salón de Wyatt, e iba a dejar traumatizada de por vida a su hija. No podía hacer eso. Debería marcharse.

En vez de hacerlo, se obligó a sentarse, abrir la tapa y mirar las teclas.

Tenía la respiración entrecortada y, por mucho que inspirara, no podía llenarse los pulmones. Estaba temblando. Sin querer, recordó las miradas de horror y decepción del público aquel día. Habían emitido un comunicado diciendo que se había desmayado por exceso de trabajo. No que tenía miedo, no que se había vuelto loca.

Porque ella sabía que el pánico estaba en su cabeza, que ella misma se lo estaba provocando. Si no podía arreglar aquello, ¿se había vuelto loca de verdad?

– Toca -le pidió Amy de nuevo.

Claire asintió lentamente. Ignoró el miedo y la presión del pecho, ignoró el temblor de sus manos y puso los dedos en el teclado.

«Algo fácil», pensó. «Algo de niños».

Comenzó a tocar una canción de cuna de Bach. La melodía fluyó de sus manos con una facilidad que la dejó asombrada. Recordaba todas las notas, y no titubeó. La música llenó la habitación. Amy se quedó con los ojos cerrados, apretando las manos con fuerza contra el piano.

A Claire se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo había echado de menos. Había echado de menos tocar. Aunque lo odiara más que a ninguna otra cosa, el piano era parte de ella.

Tocó y tocó, perdiéndose en el sonido, segura, con un único espectador: una niña que sólo podía sentir la música y que no podía oír ni una sola nota.


Ocho

Claire estaba junto al horno, prácticamente bailando de impaciencia mientras el reloj marcaba los últimos segundos. Cuando dio la señal de aviso, abrió la puerta y sacó la bandeja.

A primera vista, todo parecía bien. El pollo estaba dorado y no se había quemado. El romero que había puesto en el interior olía muy bien.

Dejó la fuente sobre los salvamanteles que había colocado previamente en la encimera y, con un cuchillo, rompió la piel junto a uno de los muslos y observó los jugos que fluían. Estaban claros. Al menos, a ella le parecía que estaban claros, pero era su primer pollo, así que no estaba segura.

La última comprobación, y la más importante, era cortar el pollo. Claire se preparó para llevarse una decepción; apartó la piel y cortó la pechuga.

Estaba hecha, pero jugosa. Claire comió un pedacito. ¡Perfecto!

– Lo he conseguido -canturreó-. Lo he conseguido. Bien por mí.

El primer pollo asado de su vida. Había conseguido comprarlo, limpiarlo y cocinarlo. Asombroso.

Después abrió la cacerola de las patatas y otra que contenía judías verdes.

Cuando todo estuvo listo, sacó un plato para Nicole. Sin embargo, antes de poder llenarlo, oyó un ruido en el pasillo. Entonces vio a su hermana caminando lentamente hacia la cocina.

– Me he cansado de vivir en una habitación -dijo Nicole, mientras se sujetaba suavemente el abdomen con la mano y se encaminaba hacia la mesa-. Voy a comer aquí, si no hay inconveniente.

– Claro que no. ¿Qué tal las escaleras?

– Un poco difícil. Voy a tardar en subirlas. La cena huele muy bien.

Claire estaba orgullosa y nerviosa.

– He hecho pollo asado.

– Impresionante.

Claire la miró, sin saber si el comentario era realmente un cumplido u otra cosa. Nicole sonrió.

– Lo digo en serio. Dijiste que no sabías cocinar, y ahora estás haciendo la cena todas las noches. No tenías por qué hacerlo, así que gracias.

– De nada.

Puso la mesa y sirvió la comida.

Nicole se sentó en una de las sillas, pero sin retirar la mano del estómago.

– ¿Quieres un analgésico? -ofreció Claire.

– No, voy a dejarlos ya. No te preocupes, me pondré bien en un minuto.

Claire sirvió dos platos y se sentó.

Se había acostumbrado a llevarle la cena a Nicole a su habitación; a veces cenaba con ella, a veces no. Sin embargo, aquello era distinto. Estaban en la cocina, como la gente normal, y no sabía qué decir.

– He traído una tarta de chocolate de la panadería -la informó-. Todavía no sé hacerlas.

– La ventaja de tener un obrador -dijo Nicole- es que nunca tienes que preocuparte del postre.

Claire asintió y cortó un pedacito de pollo de su plato. El silencio se hizo entre ellas, y buscó con ansia algún tema de conversación.

– Es agradable estar en un solo lugar -dijo-. Me gusta mucho Seattle. ¿Te gusta vivir aquí?

Nicole la miró durante un segundo.

– Es mi casa. Nunca he vivido en otro sitio. No puedo comparar.

– Ah. Claro. Supongo que mi casa está en Nueva York, aunque no paso allí mucho tiempo. Tengo un apartamento. Me resultó difícil encontrar uno en el que cupiera el piano y hubiera sitio para moverse. El día de la mudanza fue una pesadilla. El piano no cabía en el ascensor, así que tardaron horas en subirlo. No creo que me mude nunca. Sería un trauma.

Nicole atravesó dos judías verdes con el tenedor.

– Yo estuve en Nueva York hace unos años. Fui con Drew. Vimos un par de obras de teatro y fuimos de compras. No sé si querría vivir en una ciudad tan grande.

Claire siguió masticando porque hubiera sido de mala educación escupir el pollo, pero el sabor se había disipado y, cuando por fin pudo tragar, tenía miedo de que se le quedara atascado en la garganta y la ahogara.

Nicole había ido a Nueva York y no la había llamado. Se suponía que no debería haberse sorprendido, pero así era. Estaba sorprendida, dolida, y más sola que nunca.

– ¿Fue… eh… antes o después de casaros?

– Antes. Una especie de viaje previo a la boda.

– Parece agradable.

– Fue antes de que averiguara lo desgraciado que es, así que lo pasamos bien. Todos los hombres son idiotas.

Claire asintió por solidaridad. La verdad era que no tenía suficiente experiencia con los hombres como para hacer un juicio así. Wyatt no le parecía idiota. Además, todavía estaba dolida por el hecho de que su hermana hubiera ido a Nueva York y no se hubiera puesto en contacto con ella. Claro que tampoco la había invitado a su boda.

– Muchos intérpretes se acuestan con diferentes mujeres cuando van de gira -dijo-. Siempre encuentran una amante en cada puerto. Yo tuve suerte. Crecí en ese ambiente, así que lo he conocido mientras era demasiado joven como para que se interesaran por mí. De mayor, ya tenía aprendida la lección. Claro que las mujeres también tienen miles de aventuras. Hay mucho sexo en las orquestas.

Para ella no, pensó con tristeza. Parecía que ella evitaba el sexo, o más bien, que el sexo la evitaba a ella. Nunca había sabido cuál de las dos cosas era cierta.

– Qué suerte la tuya -murmuró Nicole.

– La mayoría de la gente piensa que los músicos de una orquesta son bobos o aburridos, pero no es cierto. Les encantan las fiestas.

– ¿Y para ti también es así la vida? ¿Dormir de día y estar de fiesta todas las noches?

– No. Yo tengo clases y práctica, reuniones y entrevistas. Nunca he entrado en el circuito de las fiestas. Lo que sí he hecho es ir a algunos eventos en los que había famosos. Conocí a George Clooney. Es simpático. Y a Richard Gere, que sabe tocar el piano de verdad. Tocamos juntos una noche.

– Qué emocionante -dijo Nicole, con una mirada asesina-. Quizá te sorprenda, pero no necesito que me recuerdes que tu vida es mucho más interesante que la mía. Lo tengo muy claro.

– ¿Qué? No es eso…

– ¿No? Es evidente que aprovechas todas las oportunidades para hablar de lo maravillosa que es tu vida. Un apartamento en Nueva York, tan grande como para poder tener el piano. Salir por ahí con George Clooney y Richard Gere. Eres fabulosa.

Claire no sabía qué decir. Sólo estaba intentando llenar el silencio con una conversación trivial.

– Parece que te gusta pensar siempre lo peor de mí -murmuró por fin-. Estaba intentando hablar de algo contigo. De algo por lo que no discutiéramos. Supongo que me equivoqué al elegir.

– Pues sí. ¿Es que te crees que esto funciona? ¿Que puedes fingir que eres una persona de verdad? No.

Claire dejó su tenedor en el plato.

– Soy una persona de verdad.

– Ni siquiera sabes poner la lavadora.

– ¿Y ésa es la definición de una persona de verdad?

No se molestó en decirle que, gracias a Amy y al folleto de las instrucciones, ya podía lavar la ropa como cualquiera.

Aquello era muy injusto. Se sentía atrapada. No podía responder a su hermana como se merecía. Bueno, sí podía, pero decirle a Nicole que ella no podía poner en pie a todo un auditorio y hacer que el público aplaudiera con entusiasmo no iba a mejorar su relación.

– Tenemos vidas diferentes -dijo-. Eso no tiene por qué ser malo.

– Eso lo dice la que tiene una vida perfecta.

Claire pensó en todo el tiempo que había pasado sola. Todas las noches que se había acostado tan sola que le dolía el alma.

– No era perfecta.

– Oh, pobre niña rica. ¿Es que la fama es demasiado para ti? Al menos, tú no te quedaste aquí atrapada, teniendo que criar a una hermana pequeña y con unos padres que sólo querían hablar de su hija la famosa. Te odié por llevarte a mamá, pero la odié más a ella, porque quiso irse.

Nicole hizo una pausa y tragó saliva antes de continuar.

– Cuando la abuela volvió a casa, diciendo que era demasiado trabajo y que ya no podía viajar contigo, mamá aprovechó la oportunidad sin pensarlo dos veces y ocupó su lugar. Quería irse y ver todas esas ciudades. Quería estar contigo.

Claire no sabía qué decir. Ella se había sentido muy agradecida por poder tener a su madre. Un poco de su hogar siempre era bienvenido. Nunca había pensado en la familia que había quedado atrás.

– No lo sabía.

– No te molestaste en saberlo. Mientras tú estabas por ahí, codeándote con los ricos y famosos, yo estaba aquí metida. Empecé a cuidar de Jesse el día en que nació. Cuando mamá se marchó, la niña se convirtió en mi primera responsabilidad. La abuela estaba en la residencia, y papá nunca supo qué hacer con nosotras. Cuando crecí, tuve que trabajar también en la panadería. Nunca tenía tiempo para hacer lo que quería porque siempre tenía que ocuparme de Jesse, o hacer mi turno en el obrador. A los catorce años ya era una adulta. Tú me robaste todo lo que quería.

Claire había oído más que suficiente. Empujó la silla hacia atrás y se puso en pie.

– Pobre Nicole, atrapada en casa con su familia. Mientras tú ibas al colegio y tenías amigos, yo estaba sola. Sola con un tutor, sola en mi sala de prácticas, sola en una habitación de hotel. Nunca conocí a nadie de mi edad. Vivía con las maletas hechas siempre. Nunca vi las ciudades que visitábamos. O estaba estudiando, o practicando, o preparándome para un dar un concierto, o durmiendo. Eso fue mi vida.

– Por lo menos, tenías a mamá contigo. Hasta que la mataste.

– Deja de decir eso -gritó Claire-. Yo también la perdí. Era mi único vínculo con mi familia. Me quedé atrapada en el coche con ella, y no pude hacer nada mientras moría. ¿Sabes lo que es eso? Tú tenías a papá y a Jesse, y yo no tenía a nadie. Murió, y el hospital me envió de vuelta al hotel. ¿Sabes lo que dijo mi representante? Que tenía que tocar de todos modos, porque las entradas estaban vendidas y la gente quedaría decepcionada. ¿Qué sabía yo? Toqué. La noche en que murió mi madre tuve que salir a tocar porque no había nadie que dijera que podía llorar su muerte.

Metió la silla bajo la mesa y continuó:

– Después, parece que nuestro padre tuvo una larga conversación con mi representante, y entre los dos decidieron que yo era lo suficientemente madura como para continuar sola, sin acompañante ni tutor. Tenía dieciséis años, acababa de perder a mi madre y me dejaron sola. Mi trabajo era cumplir las normas, y las cumplí, porque eran lo único que tenía. No creo que vayas a entender nada de esto. Que Dios te libre de comprender a otro que no seas tú misma. El hecho de ser famosa, cosa que por cierto, no soy, es mucho menos interesante de lo que piensas. Supongo que ser víctima profesional también acaba volviéndose algo muy aburrido.

Y con eso, se dio la vuelta y salió de la cocina. Se alegró de poder llegar a su habitación antes de estallar en sollozos y caer al suelo en un charco de dolor y pena. Se acurrucó con las rodillas pegadas al pecho e intentó consolarse, como siempre. Volver a casa no había servido de nada. Seguía estando sola.

Su ataque de llanto duró unos diez minutos más. Después se puso en pie y fue al baño a lavarse la cara.

– Sabías que esto no iba a ser fácil -dijo a su imagen en el espejo-. ¿Vas a rendirte?

Ella nunca había sido de las que se rendían, y le habían sucedido cosas peores que pelearse con su hermana. ¿Y qué si había tenido la fantasía de que al volver a Seattle se encontraría a su familia emocionada por su vuelta? Tendría que trabajar un poco más. Eso era todo. A ella se le daba bien trabajar duro.