– Lo sé.

Lo creía porque sentía su dolor. Y porque sabía que era un buen hombre.

– Gracias -musitó Tanner.

Fue entonces ella la que alargó la mano hacia él para posarla en su brazo.

– ¿Y no se te ha ocurrido pensar que quizá ninguno de los dos seamos culpables de la muerte de Kelly? -le preguntó-. ¿No crees que los culpables de esa muerte son la persona que apretó el gatillo y Christopher por haberla contratado?

– Tienes razón.

Madison no creía que lo hubiera convencido, pero quizá pudiera considerar aquella posibilidad.

– En cualquier caso, no tienes por qué marcharte.

– ¿Estás segura? -preguntó Tanner mirándola fijamente.

– ¿Piensas volver a drogarme?

– No bromees con eso.

– No estoy bromeando.

– Entonces la respuesta es no, no volveré a hacerlo otra vez.

Algo había cambiado entre ellos. Madison no podía explicar lo que era y ni siquiera estaba segura de comprenderlo. Quizá fuera el que Tanner se sintiera culpable. O quizá sólo fuera que Madison realmente creía que la consideraba una mujer fuerte. Quizá fuera que ambos habían sacado a la luz sus sentimientos y eso los había unido. De alguna manera, Madison tenía la sensación de que no conocía a nadie tan bien como a Tanner.

– Puedes quedarte -le dijo. Y lo decía sinceramente.


Capítulo 10

Madison se sorprendió al ver lo bien que se encontraba a la mañana siguiente. Se despertó sintiéndose animada y esperanzada. Quizá fuera porque sabía que Tanner estaba de su lado. No querría tenerlo como enemigo, pero como aliado, tenía un valor incalculable.

Se duchó, se vistió y salió del dormitorio. El olor del café la llevó hasta la cocina. La jarra estaba llena y había un cuenco lleno de fresas en el mostrador. Después de servirse una taza de café y agarrar un puñado de fresas, se acercó a la sala de control, donde encontró a Tanner sentado frente al ordenador.

Desde donde ella estaba, tenía una clara visión del perfil de su rostro y de la determinación de su barbilla. De los músculos que se recortaban contra la camiseta y de la firmeza de sus labios.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -le preguntó Tanner sin apartar la mirada de la pantalla.

– No sé, supongo que unos cinco minutos.

Tanner se volvió hacia ella con una sonrisa.

– ¿Quieres acercarte?

– ¿Y qué me dices del sistema de seguridad? ¿No me ordenará volver al perímetro autorizado?

– Ahora puedes recorrer libremente toda la casa. Sólo saltará la alarma si sales fuera.

– ¿De verdad? ¿Y por qué?

– Porque confío en ti.

Aquellas palabras no deberían importarle, pero lo hicieron. Madison sabía que Tanner se sentía culpable por lo que había hecho el día anterior, pero eso no cambiaba nada entre ellos. Pero que le otorgara su confianza era diferente. Tanner no era un hombre que confiara fácilmente en los demás.

Madison avanzó hasta él mientras Tanner agarraba una silla y la acercaba a la suya.

– ¿Quieres ver lo que estoy haciendo? -le preguntó.

– Claro -se sentó a su lado y le tendió las fresas-. ¿Quieres?

– Gracias -Tanner tomó un par de fresas y se las llevó a la boca-. He recibido informes de las personas que están siguiendo a Hilliard. Han estado vigilando sus movimientos y controlando sus llamadas.

– ¿Y has averiguado ya lo que se propone?

– No. Tiene un sistema de seguridad que no nos permite escuchar todas sus llamadas y lo mismo nos ocurre con su ordenador. Sé cuándo se conecta, pero no puedo acceder a la información.

– ¿Se ha reunido con alguien que pueda resultar interesante?

– Ayer fueron a verlo varios hombres. Todavía no sabemos quiénes son, pero según el hombre que lo está vigilando, parecía muy afectado después de reunirse con ellos. Está de problemas hasta el cuello, aunque no sé qué clase de problemas. Pero lo averiguaré. Por cierto, hay leche, cereales y si quieres, puedo preparar unas tortitas.

Aquel repentino cambio de tema la pilló completamente desprevenida.

– ¿Qué? ¡Ah, te refieres al desayuno! Todavía tengo el estómago un poco revuelto.

– Tienes que comer. Estás esquelética.

– Desde luego, sabes cómo halagar a una mujer.

A Madison no la ofendió la brusquedad de su comentario. Sabía que lo decía por su bien. Pero le gustaba bromear con él. Tanner suspiró pesadamente.

– Estoy seguro de que sabes que eres guapísima, Madison. Esto no tiene nada que ver con eso. Llevas dos semanas sometida a una situación de tensión y mi metedura de pata de ayer no creo que te haya ayudado mucho. No has dormido ni has comido bien y te va a costar algún tiempo recuperar las fuerzas. Deberías comer, descansar y hacer algo de ejercicio. En el dormitorio de atrás hay un gimnasio. Puedes usarlo cuando te apetezca. Y hasta que lo hagas, haz el favor de desayunar algo.

Las últimas palabras fueron prácticamente una orden. Madison no sabía qué decir ni qué pensar. De hecho, a pesar de todo lo que Tanner había dicho, sólo era capaz de concentrarse en el hecho de que la consideraba atractiva. Inconscientemente, se llevó la mano a la cicatriz, pero Tanner se la apartó inmediatamente.

– Esa cicatriz no tiene ninguna importancia.

– Christopher odiaba que no me la quitara -le contestó.

Esperaba que Tanner le preguntara por qué no se había operado. Pero Tanner no era como su ex. Se limitó a sonreírle.

– Insisto, esa cicatriz no tiene ninguna importancia.

Y Madison lo creyó.

Se quedaron en silencio. Madison se descubrió perdiéndose en sus ojos. Buscando en ellos sentimientos y secretos. Y de pronto, se dio cuenta de que continuaba sosteniéndole la mano; de que sus dedos estaban entrelazados… y le gustaba.

Apartó la mano bruscamente y se levantó.

– Muy bien, voy a desayunar. ¿Tú quieres comer algo?

– No, gracias.

Madison tomó la taza de café y se marchó a prepararse unos huevos y unas tostadas. Mientras comía, se preguntaba qué demonios le estaba pasando. ¿Por qué se sentía atraída por Tanner? ¿Tendría que ver con su situación? ¿Con el hecho de que la hubiera salvado?

Poco importaba. No iba a ocurrir nada entre ellos. Después de lo ocurrido con Christopher, Madison había renunciado a los hombres. Sabía que no podía confiar en ellos.


Terminó el desayuno y lavó los platos. Qué irónico, pensó, que hubiera decidido renunciar a las relaciones porque no podía confiar en los hombres y sin embargo, estuviera confiándole a Tanner su vida.

Regresó al dormitorio y estuvo trabajando con el portátil. En realidad no era mucho lo que podía hacer desde allí, pero por lo menos, podía mantener el contacto con antiguos pacientes y familias.

Una hora después, Tanner llamó a la puerta.

– ¿Tienes un momento?

– Claro -se levantó de la cama-. ¿Qué ocurre?

– Hilliard siempre lleva encima un ordenador portátil. Jamás se aleja de él -la condujo a la sala de control-. ¿Sabes algo sobre ese ordenador?

– Nunca se separa de él. En él guarda toda la información importante.

– Y cuando está en casa, ¿dónde lo guarda?

– Tiene una caja fuerte en su despacho.

– ¿Sabes dónde está?

– Por supuesto -contestó Madison con una sonrisa.

Se sentaron tras una de las mesas y Tanner le tendió una libreta. Madison dibujó rápidamente un plano del despacho.

– Hay una estantería de obra y unos armarios en esa pared -dijo, señalando su dibujo-. La caja está escondida detrás de un cuadro.

– ¿Está incrustada en la pared o es posible sacarla de allí?

– Creo que no se puede mover de allí. En realidad yo nunca la utilicé. Era solamente para sus documentos. Se suponía que yo no tenía por qué conocer la combinación para abrirla, pero él se empeñó tanto en ocultármela que decidí aprendérmela -se encogió de hombros-. Tardé más de seis meses en averiguar los seis números.

– Ésa es mi chica -dijo Tanner con una sonrisa.

– Tengo mis momentos -señaló el dibujo-. ¿Vas a entrar?

– A lo mejor.

– ¿Puedo ir contigo?

– No. No quiero que sufras ningún daño.

– Soy una mujer fuerte.

– En eso estamos de acuerdo.

– Más fuerte que tú.

Tanner la miró arqueando las cejas.

– De acuerdo, a lo mejor no soy más fuerte, pero sí soy tan fuerte como tú -añadió ella.

– En un día bueno, quizá. Aunque sólo durante unos diez minutos.

– Supongo que tienes razón -dijo Madison con una sonrisa.

Tanner también sonrió. Se miraron en silencio. Madison sentía la tensión crepitar en el aire. Era una nueva conciencia, pensó mientras un agradable calor invadía su vientre y desde allí salía disparado en todas direcciones.

Fue Tanner el que rompió el hechizo volviendo a prestar atención al dibujo.

– Tengo que encontrar la manera de entrar -le dijo-. Voy a llamar a tu ex para fastidiarlo un poco. ¿Quieres escuchar?

Era la distracción perfecta en un momento como aquél.

– Desde luego.

Tanner la hizo acercarse a una mesa y le tendió unos auriculares. Madison se los puso mientras él marcaba el número de teléfono de Christopher Hilliard.

– ¿Keane? ¿A qué demonios está jugando?

Christopher comenzó a hablar sin advertencia previa. No se oyó el clic del teléfono al ser descolgado. Madison se sintió como si acabara de caer en una piscina de agua helada. Apenas podía respirar. Cada fibra de su ser le gritaba que se alejara de aquel hombre que quería matarla.

– He vuelto a cambiar las reglas -dijo Tanner con calma.

– ¿Eso qué quiere decir?

Tanner miró a Madison y le guiñó el ojo.

– Quiere decir que pienso quedarme con ella un poco más.

Christopher soltó una maldición.

– No puede hacer eso -la rabia endurecía cada una de sus palabras.

– Como en este momento soy el anfitrión de Madison, soy yo el único que puede decir lo que puedo o no hacer. Madison va a quedarse conmigo, Hilliard.

– Llamaré a la policía.

– Eso ya me lo dijo en otra ocasión. Pero no ha llamado, ¿verdad? Me pregunto por qué…

– Me las pagará -le dijo Christopher.

– Antes tendrá que encontrarme, y eso no va a suceder.

– ¿Quiere apostar?

– Claro.

– Se arrepentirá de haber lanzado este desafío.

– Me alegro de que me lo advierta. De todas formas, quiero que quede algo claro: si viene a por Madison, Hilliard, es hombre muerto.

Madison oyó que su ex respingaba antes de colgar el teléfono. Tanner dejó el auricular en su lugar y Madison se quitó los cascos.

– Estoy segura de que has conseguido asustarlo -dijo con una alegría que no sentía.

– De eso se trataba, quería ponerlo nervioso -la miró-. ¿Estás bien?

– Sí, estoy bien. No me ha gustado oír su voz, pero he sobrevivido.

Tanner se levantó y se acercó al escritorio en el que Madison estaba sentada. Alargó la mano hacia el brazalete.

– Si quieres, puedes quitártelo.

– ¿De verdad? -¿Realmente confiaba en ella hasta ese punto?-. Me estás dando a elegir. ¿Eso significa que hay algún motivo para que continúe llevándolo puesto?

– Aunque es muy poco probable que ocurra, en el caso de que Hilliard te encontrara, la alarma me avisaría esté donde esté.

– Pero Hilliard no nos va a encontrar.

– No.

– Aunque no es completamente imposible que lo haga.

– Pocas cosas son imposibles.

Madison clavó la mirada en el brazalete.

– De momento no me lo quitaré.

– De acuerdo.


Capítulo 11

Tanner continuó investigando la vida de Hilliard después de pedirle a uno de los miembros de su equipo que estudiara los sistemas de seguridad de su casa: Necesitaba echarle un vistazo a ese ordenador. Fuera lo que fuera lo que ese hombre se proponía, estaba relacionado con el secuestro de Madison.

– Tanner -Madison apareció en la puerta de la sala de control-. He preparado el almuerzo. Sandwiches de ensalada de pollo y una ensalada de tomate y aguacate, ¿te apetece?

Tanner, acostumbrado a alimentarse a base de comida rápida, no se lo pensó dos veces.

– Claro, y gracias, no tenías por qué haber cocinado.

– Lo sé, pero me gusta cocinar, siempre y cuando no esté sometida a ninguna presión. Nunca pude soportar aquellas cenas de quince platos a las que Christopher era tan aficionado. Afortunadamente, yo sólo tenía que encargarme de buscar el catering. No quería que yo preparara nada.

Tanner la siguió a la cocina y se lavó las manos en el fregadero antes de sentarse.

– ¿Por qué?

– No me creía capaz de hacerlo. Me consideraba una inútil. Para él yo era como un mueble. Tenía que estar siempre guapa y permanecer a su lado. Pero uno no espera que un mueble exprese una opinión.

– Tú no eres un mueble.

– Para él no era otra cosa -hablaba como alguien que, durante mucho tiempo, había estado acostumbrada a una dolorosa realidad-. Por lo menos tuve la suerte de no depender económicamente de él. Además, no tenemos hijos, de modo que después del divorcio, no voy a tener que volver a saber nada de él. Ése era el plan: Una vida libre sin Christopher.

– Y yo voy a asegurarme de que eso sea posible.

– Te lo agradezco.

Madison le dio un bocado a su sandwich y masticó. Tanner la imitó. La luz del sol se filtraba por la ventana e iluminaba la parte derecha del rostro de Madison. Cuando no se veía la cicatriz, era perfecta. Pero, incluso con ella, era de una belleza espectacular.

– ¿Qué ocurrirá cuando te deshagas de tu ex? -le preguntó.

– Recuperaré mi vida. Me dedicaré a trabajar sobretodo. Tengo pocos amigos.

– ¿Y no quieres tener hijos?

– Me encantaría. Siempre pensé que sería madre. Christopher prefería esperar y ahora le agradezco que lo hiciera. No querría que ningún niño tuviera que pasar por esto.

– ¿Hay algún hombre en el horizonte?

– He renunciado a los hombres. Christopher ha sido suficiente para vacunarme contra ellos.

– No para siempre.

– Me temo que sí. Ahora tendría serios problemas para poder confiar en un hombre. Además -se inclinó hacia delante y sonrió-, no hace falta estar casada para tener un hijo.

– Lo sé. Pero me cuesta imaginarte viviendo sola.

– ¿Por qué?

– Eres una persona muy sociable.

Madison se echó a reír.

– A lo mejor comparada con alguien como tú, pero casi todo el mundo me considera una persona muy reservada.

– ¿A qué te refieres cuando dices «con alguien como yo»?

– Eres un solitario. Además, yo no he visto ninguna esposa por ninguna parte.

– Es incompatible con este trabajo. No quiero tener nada que me distraiga.

– Tonterías, Tanner. Tú tampoco confías en las mujeres. Aunque no creo que eso signifique que te falte compañía femenina.

– ¿No podemos hablar de otra cosa?

– Por supuesto que no. Supongo que eres de ésos a los que les gustan marcar bien las reglas.

Tanner se movió incómodo en su asiento.

– ¿Qué reglas?

– Sólo sexo, no esperes que te llame después y olvídate de mi nombre. Esas reglas.

– Yo no soy tan canalla.

– Pero me he acercado bastante, ¿eh? -le preguntó con una sonrisa.

– Sí, de acuerdo.

Comieron en silencio. Tanner disfrutaba de su compañía incluso cuando no hablaban. Madison era una mujer inquieta. E inteligente también. Si se hubiera tratado de una persona con menos que perder, habría considerado la posibilidad de sumarla a su equipo. Pero no creía que estuviera interesada; los niños eran su mundo. Pero, desde luego, no le importaría tenerla cerca.