– Porque tengo que ser fuerte. Nunca he querido ser una inútil, ni frágil, ni loca.

– Usted no está loca.

– Pero siempre está ahí el miedo a volverme loca algún día. Acechando, respirando como una enorme bestia a mis espaldas. Me llama, pero yo no le hago caso. Ignoro sus susurros.

– ¿Qué susurros?

– Los que me dicen que soy como mi madre. Que yo también estoy loca.

– Su madre murió hace mucho tiempo. ¿Qué tiene que ver con todo esto?

– Era una mujer débil -susurró Madison-. Estaba loca. Desaparecía de casa durante largos períodos de tiempo. A mí me decían que se había ido a descansar. Cuando era pequeña, solía preguntarme por qué mi madre estaba siempre tan cansada y con el tiempo, comprendí que me ocultaban la verdad. Estaba encerrada en un psiquiátrico.

– No tenía por qué haberme contado eso -dijo Tanner, arrepintiéndose de haber preguntado.

– Era tan hermosa… -comentó Madison como si no lo hubiera oído-. Todo el mundo lo decía. También decían que me parezco a ella, pero no es cierto. Cuando estaba en casa y se encontraba bien, jugaba conmigo, me vestía, me peinaba… Pero cuando estaba enferma… -Madison cerró la mano en un puño-. Entonces aprendí a alejarme de ella. Estaba tan callada, tan quieta que me asustaba. Era como si estuviera intentando desaparecer -bajó la mirada hacia su regazo-. Al final de su vida, estaba más contenta de lo que la había visto nunca. Por eso fue tan horrible su muerte. Mi madre era feliz. Fuimos juntas al cine, algo que no habíamos hecho nunca. Los médicos tenían esperanzas y mi padre habló de tomarnos unas vacaciones. Pero una tarde, cuando llegué a casa al salir del instituto, lo encontré todo lleno de sangre. Mi madre había muerto. Siempre he pensado que esa era la razón por la que estaba tan contenta. Porque por fin había comprendido lo que debía hacer.

– Déjelo ya.

– Christopher solía decir que yo era como ella. Que era débil, y que con el tiempo, terminaría suicidándome. Yo le decía que no era verdad, pero a veces lo dudaba.

Tanner se levantó y la ayudó a levantarse a ella también. Madison tenía problemas para mantener el equilibrio, así que la hizo recostarse contra él y la rodeó con sus brazos.

– Lo siento -susurró contra su pelo-. Siento estar haciendo esto. Debería haberla creído desde un principio.

– Estaba enfadado -respondió Madison-. Pero ya no.

Tanner se inclinó y la levantó en brazos. Madison se relajó inmediatamente contra él.

Durante el corto trayecto a la habitación, Madison no dijo nada. Tanner la dejó en la cama y le apartó el pelo de la cara.

– Ahora debería dormir -le dijo-. Intente descansar. Dentro de un par de horas, habrá desaparecido el efecto de la droga y se sentirá mucho mejor.

Antes de que hubiera podido marcharse, Madison le agarró la mano.

– Me gustaría haber muerto yo en lugar de su amigo.

Le soltó la mano y cerró los ojos. Tanner se acercó a la puerta, donde permaneció observándola durante algunos minutos. La había rescatado y la estaba protegiendo de su marido, pero eso no justificaba lo que había hecho. Y lo peor de todo era que ni todos los arrepentimientos del mundo servían para dar marcha atrás.


Capítulo 9

Madison se despertó con la sensación de haber perdido la noción del tiempo. La habitación estaba a oscuras, de modo que sabía que había perdido la mayor parte de la tarde, pero no sabía las horas que había pasado durmiendo. Era como si tuviera un enorme agujero negro en la memoria.

Se sentó en la cama y se hizo una serie de preguntas. Sí, sabía quién era y dónde estaba, pero entonces, ¿a qué se debía aquella sensación de que había ocurrido algo malo?

No encontró ninguna respuesta. Se levantó lentamente, tambaleándose un poco. La habían… Y entonces recuperó la memoria. No del todo, sólo lo suficiente como para recordar que había tenido una discusión con Tanner. Estaba enfadado y ella no quería que la drogara. Pero no recordaba nada de lo que había pasado. Y peor aún, no recordaba nada de lo que le había dicho.

Se llevó la mano a la frente. Tenía la sensación de haber sido violada mentalmente.

Salió de la habitación y comenzó a caminar por el pasillo. Tanner estaba sentado en la cocina con una taza de café frente a él. Cuando la oyó llegar, alzó la mirada.

– ¿Cómo se encuentra?

– No recuerdo nada de lo que ha pasado.

– Es normal.

– ¿Pero recuperaré la memoria?

– No.

Así que aquel vacío sería permanente.

– Tiene que comer algo -le aconsejó Tanner-. La comida la ayudará a eliminar las drogas de su cuerpo.

Madison escrutó su rostro, buscando en él alguna pista que pudiera indicarle lo que había pasado. Pero no encontró nada.

– Prepararé una sopa y unas tostadas. No puede comer nada más fuerte.

Lo dijo sin mirarla, procurando evitar sus ojos. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, Madison habría dicho que se sentía culpable.

– ¿Qué me ha hecho? -le preguntó-. ¿Por qué ahora tengo miedo?

Tanner se levantó y la miró.

– Es por el efecto de las drogas. Durante algunos días estará nerviosa.

– No. Es por usted -se obligaba a respirar lentamente-. ¿Ha averiguado lo que necesitaba saber?

Tanner asintió.

– ¿Me ha preguntado más de lo que debería?

– Ha hablado más de lo que debía.

Madison se obligó a permanecer donde estaba cuando se dio cuenta de que lo que en realidad quería era retroceder y alejarse de él. ¿Qué habría dicho? ¿Qué secretos habría compartido con él?

– ¿Usted ha intentado impedírmelo? -le preguntó.

Tanner se volvió hacia la cocina.

– Salga al patio, le llevaré algo de comer.

Madison deseaba salir corriendo de aquella casa y no volver nunca más. Pero sabía que no podría ir a ninguna parte sin el permiso de Tanner.

Tanner preparó sopa y unas tostadas, tal como había prometido. Colocó todo en una bandeja junto con una taza de té y lo llevó fuera.

Madison estaba sentada a oscuras, al lado de la mesa del jardín. Aunque había luz en el jardín, ni siquiera había intentado encenderla. El sol se había puesto hacía más de una hora, pero todavía hacía calor.

Madison no alzó la mirada ni hizo ningún gesto que indicara que era consciente de su presencia. Tanner sentía su desaprobación, al igual que su propia culpa.

– Lo siento -le dijo, mientras colocaba la bandeja frente a ella-. Estaba enfadado por lo de Kelly y lo pagué con usted.

– Confiaba en usted.

– Lo sé.

– Y ha traicionado mi confianza.

– Sí, pero tiene que comer -empujó la bandeja hacia ella-. Se encontrará mejor.

– ¿Y por qué voy a tener que hacerle caso?

– Porque soy lo único que le queda ahora mismo.

Por fin lo miró. E incluso en medio de aquella oscuridad, Tanner pudo distinguir el dolor de su expresión.

– Vaya, eso dice muy poco a favor de mi vida.

– Madison… -la tuteó.

– Váyase.

Probablemente debería haberse ido, pero no pudo. En cambio, se sentó frente a ella y se reclinó en la silla.

– A lo mejor has notado que tengo ciertos prejuicios en contra de las mujeres ricas.

– No, ¿de verdad?

– Ahora sí sé que estás mintiendo.

Madison se encogió de hombros y alargó la mano hacia el té.

– Pero tengo una buena razón para ello -continuó diciendo Tanner, a pesar de que Madison hacía todo lo posible por ignorarlo-. Crecí en un barrio de Los Ángeles, a unos veinte kilómetros de aquí. Prácticamente, era el único niño angloamericano de mi clase y de mi barrio. Mi madre murió de una sobredosis cuando yo tenía cinco años y nunca he conocido a mi padre. Me crió mi abuela, una mujer muy religiosa que vivía atemorizándome porque podía perder mi alma.

Sonrió al pensar en aquella sorprendente mujer.

– Pero no pudo evitar que me uniera a una banda a los doce años y me arrestaran más veces de las que éramos capaces de contar. Cuando cumplí dieciocho años, había pasado más de tres en centros de menores y en la cárcel. No esperaba llegar a cumplir veintiún años. La vida en esas bandas es dura y peligrosa. Pero mi abuela estaba decidida a convertirme en una de las raras excepciones que lo conseguían. Insistía en que fuera a la iglesia un par de veces a la semana con ella cuando no estaba encerrado y jamás dejó de rezar por mi alma.

Madison lo miraba sin decir nada. Tanner se decía a sí mismo que su silencio era una buena señal. Normalmente, él no hablaba de su pasado con nadie, pero sabía que le debía algo a Madison.

– Me suplicaba que dejara la banda, que buscara otro objetivo, algo que pudiera proporcionarme un futuro. Dos semanas antes de que cumpliera dieciocho años, Nana fue fatalmente herida en medio de un tiroteo. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y yo ni siquiera podía vengarme porque el chico que la había disparado era de mi propia banda. Cuando me enteré de lo que había pasado, lo único que pude hacer fue sostenerle la mano mientras ella se desangraba lentamente.

– Lo siento.

– Yo también. Ella era… -vaciló un instante, como si estuviera pensando qué decir-. Es la única persona a la que realmente he querido y la única que me ha querido de verdad. Le dije que intentaría hacer las cosas bien, pero no sabía cómo. No podía matar a alguien que era de mi propia banda, aunque estaba deseando vengar su muerte. Ella me dijo que me olvidara de la banda y de las calles, que me marchara. El mismo día de su muerte, me alisté en el ejército.

– Y parece que las cosas han salido tal y como ella quería.

– Sí, salí de la ciudad, crecí. Y me di cuenta de la suerte que había tenido al librarme de una vida a la que no quería volver. Todo se lo debo a ella. Porque no renunció nunca. Después de haber vivido en las calles, el ejército fue un paseo. Cuando terminé en el ejército, me ofrecieron trabajo como mercenario. Y lo acepté. Me pagaban bien y podía viajar.

Madison tomó una tostada.

– Supongo que ahí es donde aparece esa mujer rica, ¿verdad?

– Exacto.

– Era la hija de un banquero suizo. La habían secuestrado.

– ¡Ah! Déjame imaginar, la rescataste y quedó seducida por tus múltiples encantos -comenzó a tutearlo ella también.

A pesar de la tensión que había entre ellos, Tanner sonrió.

– Más o menos.

– ¿De verdad?

– ¿Te sorprende, porque no tengo tantos encantos o porque es casi un tópico?

– Por las dos cosas.

– Era una joven rica y mimada y le encantó que la rescatara. Yo me convertí en el capricho del mes. Por motivos que nadie pudo entender, quería casarse conmigo. Su padre no aprobaba la boda, pero no estaba acostumbrado a negarle nada.

– Antes has dicho que no has querido a nadie, salvo a tu abuela. ¿No la querías a ella?

– Creía que la quería. Nos fuimos a vivir a París. Yo trabajaba en Europa y ella continuó con su vida de siempre. Ninguno de nosotros fue especialmente bueno durante el matrimonio. Me di cuenta de que se había cansado de mí cuando al volver un día a casa la encontré en la cama con un magnate griego. No pude soportar su infidelidad.

– Así que a partir de entonces comenzaste a aborrecer a las mujeres ricas.

– En cierto modo.

Madison terminó la tostada. Tal y como Tanner le había prometido, se encontraba mucho mejor después de comer. Y además Tanner estaba intentando arreglar las cosas entre ellos. Se sentía mal por lo que había hecho. Y aunque eso no evitaba que Madison se sintiera mentalmente violada, oírle hablar de su pasado la ayudaba a humanizarlo. Le gustaba saber que tenía sus debilidades, como todo el mundo.

– El poder implica también responsabilidad -le dijo-. Pero tú me has atado a una silla y me has drogado.

– No puedo justificar lo que he hecho -respondió Tanner con voz queda-. Lo único que puedo hacer es disculparme y ofrecerte la posibilidad de que venga otro de mis hombres a quedarse contigo.

Madison no se esperaba algo así. Los sentimientos bullían en su interior sin que ella terminara de comprenderlos muy bien. Tenía unas ganas casi incontenibles de pedirle que se quedara.

– ¿Por qué ibas a hacer una cosa así?

– Porque es evidente que no estás cómoda conmigo y no quiero que te sientas peor.

– Yo creía que no te importaba. Que creías que todo era una actuación.

– Eso era antes de conocerte.

¿Qué querría decir con eso? ¿ Que había cambiado de opinión?

– Quiero que mi padre esté protegido. No me importa que haya motivos para hacerlo o no. Quiero estar segura de que Christopher no intenta nada.

– De acuerdo.

Así, sin más. Madison lo miró atentamente. Había sombras en sus ojos que no había visto antes. Sentía su culpabilidad, la vergüenza que lo embargaba por lo que le había hecho. Cuando Christopher le hacía daño, lo único que experimentaba su ex marido era una gran satisfacción.

– Si pudieras dar marcha atrás en el tiempo… -comenzó a decir.

– Lo haría todo de manera completamente diferente -confesó Tanner-. Nunca había hecho nada parecido. Odio lo que te he hecho.

Madison lo creyó. Quizá fuera una postura estúpida o demasiado arriesgada, pero lo creía. Y tenía que saber lo que había pasado.

– ¿De qué he hablado?

– De tu madre.

– ¿Te he dicho que estaba loca?

– Me has contado que se iba de casa para descansar. Me has dicho que te daba miedo ser como ella y al final, terminar suicidándote.

Le había confesado todos sus secretos, pensó Madison con tristeza.

– ¿No podías haberte limitado a preguntar por mi vida sexual? -preguntó con una ligereza que no sentía en absoluto.

Tanner alargó la mano para tomar la suya, ofreciéndole consuelo. Y Madison se sorprendió aceptándola. Después de todo lo que había pasado, debería tenerle miedo. Pero al parecer no era así.

– Tú no estás loca -le dijo Tanner mirándola a los ojos-. Eres una mujer sana y cuerda. Y además, eres fuerte. Tu ex marido te secuestró y te tuvo retenida durante doce días y no te has derrumbado. Cuando te rescaté, conseguiste convencerme de que te ayudara, y te aseguro que no soy una persona fácil. Estás hecha de acero, Madison. Pase lo que pase, Christopher no va a poder hundirte. Creo que lo sabe y eso lo asusta.

Madison no sabía qué decir. Curiosamente, tenía unas ganas locas de llorar, de arrojarse a los brazos de Tanner y pedirle que la abrazara. Pero no hizo ninguna de esas cosas.

– Desde luego, sabes cómo halagar a una chica.

– Estoy hablando en serio. Te respeto, Madison.

Procediendo de él, era todo un elogio.

– Te lo agradezco. Yo… -apartó la mano-. Sé por qué lo has hecho -dijo, bajando la voz-. Estabas enfadado por la muerte de Kelly. Querías castigar a alguien y yo era la persona que estaba más cerca.

– La culpa no ha sido tuya. Madison, tú eres completamente inocente. Tú no pediste que te secuestraran y no hiciste nada que pudiera entorpecer mis planes. Si hay algún culpable, soy yo. Fui yo el que envió a Kelly a esa misión -tomó aire-. Tienes razón, estaba furioso. Kelly era un gran chico y tenía toda la vida por delante. Yo necesitaba arremeter contra alguien y ahí estabas tú. Lo siento. No sabes lo mucho que me arrepiento de lo que he hecho.