– Yo no he escrito eso -le dijo.

– Estaban en su ordenador.

– Me lo imagino, pero le juro que esas cartas no las he escrito yo.

– ¿Entonces quién? -preguntó Tanner-. ¡Oh, espere! Déjeme imaginarlo. Su ex marido entró en su casa, escribió esas cartas y las dejó allí para que yo las encontrara.

– Quizás.

Aunque sabía que parecía imposible, tenía que ser cierto. El pánico crecía en su interior.

– Tanner, yo no he escrito esas cartas. No quiero tener nada que ver con ese hombre.

– Sí, claro -se volvió para marcharse.

Madison sabía que él era su única esperanza. Sin Tanner de su parte, era una mujer muerta. Quizá no inmediatamente, pero sí en cuanto Christopher dejara de necesitarla.

Dejó a un lado el ordenador y se levantó con torpeza para seguirlo. Lo agarró del brazo antes de que hubiera podido alcanzar el pasillo y él la fulminó con la mirada.

– Le dije que no me tomara por un estúpido, que no estoy interesado en los juegos repugnantes que se traen entre manos su marido y usted.

– Lo sé, y no estoy jugando. Yo no estoy haciendo nada. Soy completamente inocente en todo este asunto.

La expresión de Tanner era insondable, pero Madison podía percibir su enfado. La impotencia le tensó el estómago.

– Haré cualquier cosa -le dijo frenética-. Dígame cómo puedo demostrar mi inocencia. Firmaré cualquier cosa. Haré… -de pronto se le ocurrió algo-. ¡Me someteré a un detector de mentiras!

Tanner la miró con los ojos entrecerrados.

– No se puede confiar plenamente en ellos.

– Tiene que haber algo que funcione.

– Yo para eso prefiero las drogas.

– ¿Un suero de la verdad?

– Algo así. ¿Continúa interesada en que averigüe la verdad? -su voz rezumaba desprecio.

Madison dejó caer la mano a un lado y tragó saliva. Aunque la idea de que Tanner la drogara no le hacía saltar de alegría, era la única manera de evitar que la enviara de nuevo con Christopher.

– De acuerdo -dijo lentamente-. Puede drogarme.

Vio cómo tensaba Tanner los músculos de la mandíbula.

– No tendrá ningún control -le dijo-. No será capaz de ocultarme la verdad. No es una experiencia agradable.

Y por supuesto, él iba asegurarse de ello, pensó Madison sombría.

– Lo supongo, pero no se me ocurre otra manera de convencerlo de que no estoy mintiendo. ¿Y a usted?

Tanner se encogió de hombros como si no le importara. Y probablemente no le importaba en absoluto. En lo que a él concernía, lo había engañado. Y Tanner no era la clase de hombre que perdonara algo así.

– ¿Cómo funciona esa droga?

– Le pondré una inyección, esperaremos veinte minutos y después hablaremos.

– De acuerdo. Ahora tengo que apagar mi ordenador.

– Venga a la sala de control en cuanto lo haya hecho.

Tanner desconectó la alarma de la sala de control para que Madison pudiera acceder a ella. Cruzó hasta un armario metálico y abrió la puerta. Además de objetos de oficina, municiones y equipos de comunicación, allí guardaba un botiquín de primeros auxilios y diferentes drogas. Entre ellas, sedantes y productos químicos que hacían hablar a la gente.

Tanner estudió las diferentes opciones antes de decidirse por una pequeña ampolla. Aquella potente droga no sólo inducía a decir la verdad, sino que borraba el recuerdo del interrogatorio.

Clavó la mirada en la ventana. Se había puesto furioso cuando había encontrado aquellas cartas. Pero el impacto que le habían causado a la propia Madison parecía sincero y su disposición a hacer cualquier cosa para demostrarle que no las había escrito ella, lo habían convencido de que debía darle otra oportunidad.

Aunque lo que a él le preocupaba no era sólo el hecho de que Madison estuviera mintiéndole. Lo que le preocupaba era que su reacción al encontrar aquellas cartas había sido completamente personal. Se había sentido como si Madison lo estuviera traicionando, y no le había gustado nada. ¿Por qué debería importarle? Madison formaba parte de su trabajo, nada más. Quizá no fuera la mujer rica e inútil que en un primer momento había imaginado, pero tampoco era una persona que le pudiera gustar o a la que pudiera respetar.

¿O sí? ¿O había otra forma de explicar su reluctancia a drogarla? Por supuesto, quería oírle decir la verdad, pero no quería verla perder el control. Le preocupaba su reacción.

– Estás perdido -musitó para sí.


Un movimiento en uno de los monitores le llamó la atención. Vio a Ángel acercándose a la puerta de la casa. Y había algo en su expresión que le advirtió que no llevaba buenas noticias. Tanner abrió la puerta antes de que Ángel pudiera llamar.

– Es Kelly -dijo Ángel directamente-. Ha muerto hace una hora. Han surgido complicaciones durante la operación. No ha conseguido sobrevivir. Sé que estás ocupado, así que ya he hablado con su familia. Shari, su prometida, está destrozada. Y también su madre.

Tanner sintió un dolor agudo lacerándole las entrañas.

– Era un niño.

– Sí, y un buen soldado. Ha sido una gran suerte conocerlo.

– ¿Se lo has dicho a los otros hombres?

– Todavía no, pero lo haré. Antes quería que lo supieras tú.

– De acuerdo, gracias.

Ángel asintió y se volvió para marcharse. Tanner cerró la puerta.

Hacía seis años que conocía a Kelly. Aquel chico se había unido a ellos con sólo veinte. Quería trabajar con ellos porque pensaba que un trabajo peligroso podía proporcionarle cierto glamour. Tanner le había dicho que antes debería crecer y madurar. Quería saber si Kelly se tomaba en serio aquel trabajo.

Y sí, así había sido. Tres años después, había regresado después de haber estado en el ejército.

Y en aquel momento estaba muerto. Había muerto antes de que la vida pudiera darle una oportunidad. Y todo porque algo había salido mal en lo que debería haber sido una operación de manual.

– Ya estoy preparada -dijo Madison.

Tanner no la había oído llegar. Alzó la mirada hacia sus ropas caras y elegantes, hacia aquella melena perfecta, y supo que ella era la culpable. La rabia lo invadió.

– Está muerto -le dijo-. Kelly O'Neil, de origen irlandés. Su familia llegó aquí hace casi cien años. Tenía dos hermanas, una madre y una prometida. De hecho, acababa de comprometerse, y Shari estaba a su lado cuando murió. Tenía un seguro de vida, pero eso no será ningún consuelo para una familia que acaba de perder a un joven de veintiséis años. Jamás se casará, nunca podrá tener hijos, nunca envejecerá. ¿Y todo por qué?

Madison palideció.

– Yo tengo la culpa.

– No podríamos estar más de acuerdo.


Capítulo 8

Madison se apoyó en la bañera e intentó controlar la respiración. El estómago continuaba rebelándose, pero no creía que fuera capaz de continuar vomitando. Un estremecimiento la sacudió, haciéndola acurrucarse. Le dolía el cuerpo entero pero, sobre todo, le dolía el corazón.

Había muerto un hombre por culpa suya. Jamás había pensado que tendría que pasar algo así. El horror la llenaba hasta tal punto que le resultaba imposible pensar en ninguna otra cosa. No sabía qué hacer, no sabía qué pensar. ¿Cómo podía estar preparada para una cosa así? Había una familia destrozada por culpa suya.

Se obligó a sentarse en el borde de la bañera, se cubrió el rostro con las manos y esperó a que llegaran las lágrimas. Pero no lloró. Era como si tuviera el cuerpo completamente entumecido, pero al mismo tiempo, albergando tanto dolor que no le resultaba posible contenerlo.

Se levantó con torpeza y se acercó tambaleante hasta el lavabo. Después de lavarse la cara, alargó la mano hacia el cepillo de dientes. Y sólo cuando hubo terminado de asearse, vio el reflejo de Tanner en el espejo. Esperando.

– ¿Está preparada? -le preguntó con calma.

– ¿Qué?

– ¿Está preparada para empezar el interrogatorio?

Madison no estaba segura de qué la asustaba más, si la palabra interrogatorio o la frialdad que veía en sus ojos.

– Ahora no estoy en condiciones de someterme a algo así -le dijo.

– Ya ha dado su consentimiento. Ahora no puede dar marcha atrás.

Antes de que pudiera protestar, la agarró del brazo y la sacó del dormitorio. Madison estaba demasiado aturdida para resistirse, o quizá en el fondo pensara que se merecía cualquier cosa. Y quizá, si le permitía seguir adelante, dejara de sentirse tan terriblemente culpable por lo que le había pasado a Kelly.

Tanner la llevó a la sala de control. Madison cruzó el vestíbulo y se paró en seco al ver la ampolla y la jeringuilla encima de la mesa.

– ¡No! -gritó, e intentó liberarse.

Pero Tanner le clavó los dedos en el brazo, la guió hasta una silla y la soltó tan bruscamente que Madison fue tambaleándose hasta su asiento.

Segundos después, tenía el brazo atado al bracero de la silla.

Aquello no podía estar sucediendo, se decía a sí misma. Tanner no podía estar haciéndole algo así.

– Yo confiaba en usted -le dijo.

– Gran error -respondió él mientras agarraba la ampolla y una aguja.

Madison sentía los fuertes latidos del corazón en el pecho. Intentó levantarse de la silla, pero no pudo. Estaban envueltos en una batalla de voluntades y sabía que no podía permitir que la ganara Tanner. Desgraciadamente, no tenía ninguna opción.

Tanner le frotó el brazo con algodón empapado en alcohol. Madison soltó una carcajada.

– ¡Oh, genial! Va a destrozarme el cerebro, pero le preocupa que pueda agarrar una infección.

La aguja atravesó su piel. Sintió una punzada de pánico, y después nada. Absolutamente nada.

– ¿Cuánto tiempo tengo que esperar?

– Unos veinte minutos.

Demasiado tiempo para pasarlo allí, preguntándose por lo que iba a sentir, se dijo.

Tanner se alejó de ella. Madison fijó la mirada en el reloj y comenzó a contar los segundos.

Al principio no notó ningún cambio, pero poco a poco, comenzó a relajarse. Se sentía cada vez más ligera, hasta que llegó un momento en el que tuvo la sensación de estar flotando. De alguna manera, era como estar bebida, pero con más intensidad. Su cuerpo ya no parecía suyo.

Después vio a Tanner sentado justo enfrente de ella. Y enfadado, pensó. Estaba muy pero que muy enfadado con ella.

Tanner esperó a que Madison tuviera completamente dilatadas las pupilas para comenzar con el interrogatorio.

– Dígame su nombre completo.

– Madison Taylor Adams Hilliard. Taylor por mi madre -sacudió ligeramente la cabeza-. ¿En qué estaría pensando? Tenía que haberse dado cuenta.

– ¿En qué estaría pensando quién?

– Mi padre. Cuando nací, mi padre tuvo que darse cuenta -intentó alargar la mano hacia Tanner, pero advirtió que no podía mover el brazo-. Está enfadado, lo veo. Y lo siento, lo siento mucho.

Tanner maldijo para sí y desvió la mirada hacia la jeringuilla que había dejado encima de la mesa. Le había inyectado una dosis mayor de la que planeaba. O quizá no. Quizá al enterarse de la muerte de Kelly había querido que también ella corriera algún riesgo.

– Hábleme de Christopher. Lo conoció en una fiesta, ¿verdad?

– Lo trajo mi padre. Era un encanto. Y muy divertido. Estuvo haciéndome cumplidos por lo bien que había elegido el catering. Normalmente la gente felicita a la anfitriona por la comida, pero yo nunca cocinaba y me hizo gracia su ironía. Hilliard pasó mucho tiempo conmigo. Y me hacía sentirme… fuerte.

Era curioso que alguien se enamorara por ese motivo, pensó Tanner.

– ¿Solía enfadarse? ¿Tenía mucho genio?

– Al principio, no. Empezó a mostrar su genio cuando nos casamos. No le gustó mi manera de hablar con una camarera durante nuestra luna de miel, le pareció que me estaba mostrando demasiado amistosa. No le gustaba que confraternizara con los empleados. Decía que no daba buena imagen.

– ¿Y qué ocurrió?

– Se puso a gritar -el dolor oscureció sus ojos-. No me pegó pero, en cierto sentido, fue peor. Me dijo que era una inútil y que se arrepentía de haberse casado conmigo, pero que lo soportaría porque era lo que debía hacer. Y ya nunca volví a sentirme fuerte.

Tanner sentía que iba cediendo su enfado.

– ¿Estaba enamorada de él?

– No -susurró, como si temiera que Christopher pudiera oírla-. Al principio pensé que sí, pero no me duró mucho tiempo. Me asustaba. Yo intentaba que no se diera cuenta, pero supongo que se lo imaginaba. Al cabo de un tiempo, decidí ignorarlo y vivir mi propia vida.

– ¿Y fue entonces cuando empezó a trabajar con los niños?

Asomó a sus labios una sonrisa.

– Sí, fue con ellos.

– ¿Se alegró de divorciarse?

– Sí -contestó con fiereza-. Me arrepiento de haberme casado con él y de haberme creído sus mentiras. Ya no lo odio. Odiarlo supone demasiada energía y esfuerzos y me niego a perder el tiempo con él. Sencillamente, quiero que salga para siempre de mi vida.

– ¿Le ha escrito alguna vez a Christopher pidiéndole que le permita volver a su lado?

– No.

Contestó sin vacilar pero, en realidad, Tanner ya sabía la verdad. Quizá siempre la hubiera sabido. Su reacción a aquellas cartas había sido visceral, como si alguien a quien quisiera lo hubiera traicionado. Y había sido lo inesperado de aquel sentimiento lo que le había hecho reaccionar.

– Lo siento -se disculpó.

– No tiene por qué. Me ha salvado la vida. Él iba a matarme, ¿sabe? Creo que lleva mucho tiempo queriendo hacerlo. Jamás me ha perdonado lo de esa familia.

– ¿Qué familia?

– La que llevé a casa -sacudió la cabeza y sonrió-. La familia Middlewood. Recuerdo que pensé que era un nombre muy británico, pero en realidad era una familia de Mississippi. Jenny había nacido sin algunos huesos en la cara y yo conseguí que la citaran para una operación. Pero surgió un problema con el alojamiento, era un fin de semana de vacaciones y no tenían dónde ir, así que me los llevé a mi casa. Christopher se puso furioso. Empezó a gritar de tal manera que agarré a toda la familia y al final nos alojamos en un hotel de San Bernardino. Pensé que iba a matarnos.

Se quedó mirándolo fijamente.

– Entonces comprendí que todo había terminado. Que nuestro matrimonio estaba muerto y que si no me iba, terminaría muriendo yo también. Entonces no pensaba que pudiera matarme físicamente, pero sabía que me iría debilitando hasta hacerme desaparecer. Yo no escribí esas cartas.

– Lo sé.

– Yo sólo quiero vivir mi vida, sin él. Con mis niños… -volvió a sonreír-. Son geniales. Dulces, fuertes y decididos. No les preocupa la operación ni tampoco la fase de recuperación. Nunca se quejan del dolor. Lo único que quieren es ser normales y yo puedo ayudarlos a conseguirlo. Y cuanto más trabajo con esos niños, más fuerte me siento.

Sus palabras lo avergonzaron. Madison era todo lo que decía ser y él estaba demasiado concentrado en su propio dolor como para advertirlo. Había abusado de la posición que ocupaba en su vida. A su manera, no era mejor que Hilliard.

– ¿Por qué la preocupa tanto ser fuerte?