– Está poniéndome nervioso -le dijo, sin alzar la mirada del ordenador.

– ¿No puede ir más deprisa? -le preguntó Madison con obvia impaciencia-. ¿Cuánto tiempo se necesita para revisar un ordenador?

– Si me distrae, necesitaré más del que pensaba.

Madison apretó los labios, pero continuó moviéndose nerviosa.

– Tendré acceso a Internet, ¿verdad? -preguntó.

– Sí, pero su correo estará controlado.

– Como quiera. Sólo lo quiero para trabajar. No me va a pillar practicando cibersexo con nadie.

– Me alegro de saberlo. Pero lo que me preocupaba era que pudiera decirle a alguien dónde está escondida. Tendrá que contar que está recuperándose de una gripe en casa de una amiga. O que está fuera de la ciudad.

– Sí, claro. Supongo que no quiere que localicen nuestra posición.

Tanner alzó los ojos para fulminarla con la mirada.

– Esto no es una película de guerra.

Madison le sonrió.

– Quizá no, pero tenemos una posición que defender. No se preocupe, capitán. Guardaré el secreto aunque me cueste la vida.

– ¿Cuánto café ha tomado?

– Creo que demasiado. Estaba aburrida. He tenido unos resultados pésimos en todos los concursos que he visto mientras estaba fuera, pero se me han ocurrido unas ideas magníficas para decorar la cocina. ¿Quiere oírlas?

– No.

Se levantó y le llevó el portátil. Madison lo agarró con fuerza, estrechándolo contra su pecho.

– Gracias, gracias -le dijo feliz-. Prometo que le daré un buen uso -pero su buen humor desapareció un instante-. Christopher no podrá localizarme aquí, ¿verdad? Es un genio de los ordenadores.

– No, es imposible localizarla. Aunque encuentre la manera de saber que está conectada a Internet, cualquier pista que encuentre le remitirá a una dirección falsa. Por lo que a él y al resto del mundo concierne, este lugar ni siquiera existe.

– Me alegro de saberlo. Y en serio, muchas gracias por esto.

Dio media vuelta y corrió a su habitación. Tanner la observó marcharse. Su larga melena flotaba tras ella y los vaqueros marcaban la curva de sus caderas.

Necesitaba engordar unos diez kilos, pero tenía potencial. Aunque no era algo que a él le importara en absoluto. En primer lugar, porque no era su tipo. En segundo lugar, porque mientras fuera responsabilidad suya, no podía intentar nada con ella. Y en tercer lugar, porque dudaba de que ella estuviera interesada en lo que tenía en mente.

Mejor así, se dijo a sí mismo. Las mujeres como Madison sólo servían para complicarle a uno la vida.

Volvió a la sala de control y se sentó frente a su ordenador. Aunque jamás lo habría admitido, tenía que reconocer que Madison estaba empezando a gustarle. No era como la había imaginado y no tenía nada que ver con otras mujeres ricas que había conocido. Madison parecía tener valores y ser capaz de pensar en otros, además de en ella misma.

Aunque todo eso podía ser una actuación, se dijo mientras empezaba a teclear. Pero pronto lo sabría. Un vistazo rápido a su ordenador le diría si su trabajo era tan importante para ella como decía.


Stanislav no era un hombre corpulento. Apenas medía un metro setenta. Parecía un hombre del que uno podría deshacerse con un empujón. Pero Christopher había visto a aquel ruso cortándole la mano a un hombre. Primero los dedos y al final la muñeca. Y lo único que había hecho aquel tipo había sido robar unos cientos de dólares de uno de sus casinos.

En aquel momento, mientras Stanislav paseaba por el despacho de Christopher, acariciando sus esculturas y admirando sus cuadros, Christopher sentía un sudor frío descendiendo por su espalda.

– Muy bonito -dijo Stanislav con un ligero acento-. Me gusta su despacho. Es un lugar muy creativo, ¿verdad?

– Eh, sí, claro. Es magnífico. Pero sobre todo lo utilizo para recibir visitas. El verdadero trabajo lo hago en el laboratorio.

Stanislav se volvió para mirarlo. Sus ojos azul claro parecían estar hechos de hielo.

– Por «verdadero trabajo» supongo que se refiere a tomar lo que nosotros le damos, a utilizar nuestra tecnología y a fingir que la ha desarrollado usted.

Christopher tragó saliva. No sabía qué decir.

– Yo… eh…

Stanislav hizo un gesto, exigiéndole silencio.

– Ustedes los americanos -comenzó a decir mientras se acercaba a la ventana-, se creen superiores. Creen que somos un país atrasado al que le falta creatividad. Un país sin chispa. ¿Pero de dónde sale su tecnología? ¿A quién está intentando comprar su gran invento? -se volvió y fulminó a Christopher con la mirada-. A los rusos. Han sido nuestros científicos los que han desarrollado ese dispositivo que tanto le interesa. Y lo han hecho en sus pobres laboratorios. Hemos sido nosotros los que lo hemos diseñado y los que deberíamos llevarlo al mercado -frunció el ceño-. O quizá podríamos haberlo utilizado contra su país. Podríamos haber venido volando hasta aquí una noche y destrozarlo mientras dormían.

– Sí, claro que podrían -dijo Christopher, haciendo un gran esfuerzo para que no le temblara la voz.

Stanislav se acercó a él.

– Pero no lo hemos hecho -dijo, a menos de treinta centímetros de distancia de su rostro-. Y nos hemos convertido en lo que somos. En un país destrozado. Pero, para algunas cosas, es incluso mejor. Para mí es mejor, por ejemplo. En este nuevo estado de cosas, soy un hombre rico y poderoso.

Christopher asintió mientras el miedo crecía en su interior.

– Vine a verlo por su reputación -dijo Stanislav en voz baja-. Porque sabía quién era, conocía su negocio y pensaba que podríamos trabajar juntos. Confié en usted.

– Y yo se lo agradezco -contestó Christopher rápidamente-. Y haré todo lo que esté en mi mano para ser merecedor de esa confianza.

– ¿Entonces dónde está ese maldito dinero? -rugió Stanislav.

Christopher se encogió y retrocedió un paso. Al instante, dos de los tres socios de Stanislav estaban a su lado, agarrándolo.

– ¿Cree que no sé lo que vale esa tecnología? -preguntó Stanislav, dominando de nuevo su furia-. Cuando su empresa termine de producir el primer prototipo, podrá eludir todos los radares del mundo. Eso es poder. Eso es el futuro. Sólo durante el primer año su empresa ganará billones. Y a pesar de todo, está intentando engañarme.

¡Oh, no! El miedo se transformó en pánico.

– No, no es eso -dijo Christopher, imaginándose al hombre al que le habían cortado la mano-. No estoy intentando engañarlo. Jamás, se lo juro. Conseguiré el dinero. Tenía un plan. Un buen plan. Pero alguien se interpuso en mi camino.

– ¿Cuál era su plan?

Christopher vaciló.

– Secuestré a mi ex esposa y convencí a su padre de que pagara los quince millones que pedían de rescate.

No tenía sentido mencionar los otros cinco millones que había pedido para saldar sus deudas de juego.

El ruso no cambió de expresión. Christopher se preparó para lo peor cuando oyó que empezaba a reír a carcajadas. Pero sus socios lo soltaron. Y el alivio fue tan grande que le temblaron las piernas. Stanislav le palmeó la espalda.

– ¿A su propia esposa? Bien por usted. Parece uno de los nuestros. ¿Y qué ocurrió?

– El tipo que contraté para localizarla resultó ser demasiado bueno. Sus hombres interceptaron el dinero del rescate antes de que hubiera podido recibirlo.

La expresión de diversión desapareció inmediatamente del semblante del ruso.

– Para ser un hombre inteligente, comete muchos errores -le reprochó-. Eso no me gusta.

– Lo sé, lo siento.

Si le ponía las manos encima a Tanner, lo mataría, se prometió Christopher.

Stanislav miró a sus hombres, que volvieron a agarrar a Christopher.

– Una semana, amigo mío. Y sólo porque hemos llegado muy lejos y nos llevaría mucho tiempo encontrar otro comprador. Pero se lo advierto, no habrá más excusas. Si no tiene el dinero dentro de una semana, lo mataré. Pero antes me aseguraré de que desee estar muerto.

– Tendré el dinero -le prometió Christopher.

Stanislav se encogió de hombros, como si quisiera darle a entender que no le importaba, y se marchó.

Christopher se desplomó en la silla que tenía frente al escritorio e intentó respirar con calma. Una semana. ¿Qué podía hacer en una semana?

Lo primero que se le ocurrió fue robar un banco, y si hubiera sabido que podía encontrar en el banco la cantidad que necesitaba, habría comenzado a planear la manera de hacerlo. Pero era dudoso, así que era preferible ir hacia algo seguro. Y eso significaba Blaine Adams.

Habían estado hablando de fundir las empresas. Evidentemente, había llegado el momento de retomar aquellas conversaciones y filtrarle algo a la prensa. Eso bastaría para hacer subir el precio de sus acciones. Con las acciones que tenía de ambas compañías y sus opciones, podría acercarse a los quince millones.

Si hubiera podido quedarse con el rescate, nada de eso habría ocurrido. Y le haría pagar a Tanner Keane por lo que había pasado. ¡Y por retener a Madison, maldita fuera! Si aquella bruja estuviera allí, podría obligarla a cederle sus acciones. Y así tendría por lo menos diez millones.

Pero no estaba allí. Había conseguido convencer a Keane de que ella era la parte inocente, de que no podía confiar en Christopher.

¿Y de qué manera podría convencerla él de que no correría ningún peligro volviendo a casa? Y en el caso de que no lo consiguiera, ¿cómo podía conseguir que saliera de su escondite? Tenía que encontrar la forma de hacerlo.


Capítulo 7

Tanner revisó los ficheros del ordenador de Madison y descubrió que le había dicho la verdad sobre su trabajo. Era cierto que se dedicaba a ayudar a niños con deformidades faciales. En sus archivos había carpetas con los informes de cada uno de los niños con los que trataba. Los más antiguos contenían copias de las solicitudes para el viaje, las cartas y los correos electrónicos que se habían enviado. También incluían anotaciones médicas, informes de seguimiento y su propio diario sobre la estancia de los niños en Los Ángeles.

Marcó con el cursor un archivo al azar y revisó varios documentos. Se detuvo en un correo electrónico titulado: «Un beso enorme. Gracias».

“Querida Madison, estuviste maravillosa. Mi madre dice que las fotos estarán esta semana y que te mandaremos alguna. Quería contarte que por fin he ido a mi primer baile. Brice fue muy amable, y tan romántico… Incluso me dio un beso de buenas noches.

Antes de conocerte, nunca pensé que podría llegar a gustarle a algún chico. Era demasiado fea. Pero tú me dijiste que mi vida cambiaría, que sería guapa, y tenías razón.

Te quiero mucho y no sé cómo darte las gracias por todo lo que has hecho. Eres la mejor, Madison.

Tu amiga, Kristen.”

Tanner se quedó mirando la pantalla durante algunos segundos antes de cerrar el archivo. Había una respuesta de Madison, pero no la leyó. No necesitaba hacerlo. Por lo que había visto hasta ese momento, era una mujer auténtica. Y generosa.

Se volvió en la silla para mirar la pantalla del monitor de vigilancia. El punto que representaba a Madison permanecía sin moverse en el centro de la habitación. Sin duda alguna, ya estaría conectada a Internet.

Durante las últimas treinta y seis horas, Tanner la había presionado, la había amenazado incluso. Pero ella lo había soportado todo sin inmutarse. Todavía no la había atrapado en ninguna mentira. Quizá, sólo quizá, Madison fuera exactamente lo que ella decía.

A Tanner le parecía casi imposible. ¿Inteligente, íntegra y atractiva?

Su ordenador pitó. Miró hacia la pantalla y vio la señal que indicaba que Madison había enviado un correo. Le había advertido que tendría su correo controlado y pretendía hacerlo. Hizo clic en el icono correspondiente, abrió el archivo y leyó la carta que Madison le había enviado a la que era su jefa en aquella institución benéfica.

El texto era completamente inocuo. Madison decía que una emergencia familiar le había impedido ir durante todos aquellos días al trabajo, pero que le gustaría estar en contacto por correo electrónico.

Había una segunda carta de su ayudante pidiendo información sobre un niño con quemaduras que había solicitado una operación.

Tanner leyó también aquella carta y continuó revisando los correos de Madison. Para entonces ya no esperaba encontrar nada, pero siempre le había gustado hacer las cosas a conciencia.


Madison sentía que se le levantaba el ánimo con cada pulsación al teclado. Después de casi dos semanas sin ningún contacto con el trabajo, se sentía conectada por fin con sus niños y con sus compañeros.

Se sentó en la cama mientras enviaba un par de correos explicando que continuaría sin pasarse por la oficina durante una temporada. Uno de los beneficios de que su trabajo no estuviera remunerado era que sus superiores no podían quejarse si por algún motivo tenía que marcharse.

Después, revisó el buzón y leyó las cartas enviadas por los niños. Le gustaba estar en contacto con sus clientes, enterarse de cómo les iba la vida y de los cambios que para ellos había supuesto la operación.

Tenía una carta de Thomas, un niño que había sufrido una herida de bala. Le contaba que había ido a ver a su abuela y que había estado jugando con otros niños del barrio sin que ninguno de ellos se riera de él.

Madison acarició la pantalla del ordenador y deseó poder abrazarlo. Si alguna vez se sentía cansada, frustrada o deprimida por su vida, lo único que tenía que hacer era leer de nuevo aquellas cartas.

Tanner entró en aquel momento en el dormitorio. Madison lo miró y se sorprendió al darse cuenta de que el corazón le daba un pequeño salto de alegría.

Un momento. ¿Qué le estaba ocurriendo? No podía sentirse atraída por Tanner. Por supuesto, era un hombre alto, moreno y misterioso pero, ¿y qué? Tanner la despreciaba y ella sólo quería tenerlo cerca para permanecer viva. No estaba dispuesta a mantener ningún otro tipo de relación con él.

Antes de que pudiera averiguar lo que estaba ocurriendo, Tanner se acercó sin decir palabra hasta la cama y le tiró varias hojas de papel. Madison agarró una de ellas y se quedó mirándola fijamente.

– ¿Qué pasa?

– Explíqueme qué significa eso. Y será mejor que hable rápido, porque en caso contrario, voy a enviarla con su marido.

Aquella amenaza bastó para cambiar bruscamente sus sentimientos. Agarró las hojas e intentó leerlas. El miedo le impedía concentrarse y tuvo que analizar cada palabra hasta que le encontró sentido. Y cuando eso ocurrió, supo que acababa de entrar en otro mundo.

Las cartas se las escribía ella a Christopher, pidiéndole que le permitiera volver a su lado. Le suplicaba, se humillaba, le ofrecía favores sexuales que le hicieron enrojecer. En cuanto terminó de leer la primera, comprendió que no quería leer ninguna más, y tampoco sabía qué decir.

Sentía la furia de Tanner vibrando en la habitación. Fuera cual fuera la credibilidad que hasta entonces se había ganado, sabía que acababa de perderla.