Madison se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa.

– ¿Cómo está ese hombre al que hirieron?

La preocupación oscurecía sus ojos. Pero Tanner no quería pensar en Kelly y tampoco en el hecho de que quizá no se recuperara.

– De momento resiste. Ha sobrevivido a la operación.

– Siento que lo hirieran.

– Usted no le disparó.

– Pero es como…

Tanner no quería hablar sobre ello, así que la interrumpió:

– Si su teoría sobre el secuestro es cierta, entonces Hilliard debe de estar rabioso por haber perdido veinte millones de dólares.

Madison pareció animarse.

– ¿No ha conseguido el dinero?

– No, lo intercepté y se lo envié directamente a su padre.

– Me alegro -dijo Madison con fiereza.

– ¿Para qué necesita su ex marido ese dinero?

– Para pagar sus deudas de juego.

– No tiene tantas deudas.

– ¿Cómo lo sabe?

– Le he investigado.

– Entonces no lo sé. A lo mejor quiere comprar algo. Quizá esté comprando alta tecnología y diciendo que es suya.

Tanner fijó entonces la mirada en la cicatriz de Madison.

– ¿Cómo se la hizo?

Madison posó la mano en el regazo y clavó la mirada en la mesa.

– No me acuerdo. Sé que suena extraño, pero es la verdad. No sé si me dio un golpe en la cabeza o, sencillamente, he bloqueado ese recuerdo. Estaba peleándome con Christopher. Fue poco antes de dejarlo. No paraba de presionarme para que dejara mi trabajo.

Tanner se quedó mirándola fijamente.

– ¿Usted trabaja?

– Sí. No me pagan, soy voluntaria, pero tengo que ir todos los días para cumplir con determinadas tareas -lo miró a los ojos-. No soy una inútil.

– Déjeme imaginármelo. Christopher le planteó en aquella discusión que su mujer no tenía por qué trabajar.

– Exacto. Y mi padre lo apoyaba. Decían que debería quedarme en casa y concentrarme en ser una buena esposa. Que no era suficientemente fuerte como para hacer las dos cosas.

¿Que no era suficientemente fuerte? Quizá Tanner no fuera un admirador de Madison Hilliard, pero estaba convencido de que era una mujer con gran determinación y fuerza de voluntad.

– Mi padre se marchó y Christopher continuó gritándome. Sé que me abofeteó, pero ya no recuerdo nada más.

– ¿Aquélla fue la primera vez que la pegó? -le preguntó Tanner.

– Sí. Fue la primera vez. Y también uno de los motivos de que lo dejara.

– Me parece motivo suficiente. ¿Y se cayó al suelo cuando él la pegó?

– No. Permanecí de pie, mirándolo a los ojos. Él continuaba gritándome. Creo que ni siquiera sabía lo que hacía.

– Claro que lo sabía -un hombre siempre sabía que estaba pegando a una mujer.

– Lo siguiente que recuerdo es que estaba de rodillas en el suelo. Había atravesado una puerta de cristal y estaba sangrando -se llevó la mano a la mejilla-. Sinceramente, no puedo decirle si tropecé o si él me empujó.

Tanner habría apostado todo su dinero a que aquel canalla la empujó, y no le sorprendía que Madison hubiera bloqueado aquel recuerdo. A nadie le gustaba averiguar que estaba casada con un monstruo.

– Se lanzó sobre mí sin dejar de gritar, pero parecía contento. Me dijo que estaría tan horrible como esos niños a los que intentaba ayudar. Que me lo merecía. Después se marchó. Tuve que ir sola a urgencias. Me dieron unos puntos y me enviaron a casa. Cuando llegué, Christopher había desaparecido. Recuerdo que me alegré. Al día siguiente fui a ver a un abogado para enterarme de cuáles eran los trámites de divorcio. Tardé un par de meses en reunir el valor que necesitaba para marcharme, pero lo conseguí.

Tanner bajó la mirada hacia sus notas, porque mirar a Madison se había convertido en una invasión a su intimidad.

– ¿Con qué clase de niños trabaja?

– Con niños de familias sin recursos que tienen alguna deformidad facial. La organización para la que trabajo les facilita operaciones para reconstruirles el rostro. Lo pagamos todo, incluso los cuidados que necesitan tras la operación -sonrió-. Los niños son increíbles.

Su rostro se transformaba a medida que hablaba. Su expresión se había suavizado y sus ojos estaban rebosantes de un feliz asombro.

– Mi trabajo consiste en coordinar los viajes y en asegurarme de que todos los servicios médicos están disponibles. Y mientras la familia está aquí, yo soy su punto de contacto.

¿Sería ésa la razón por la que conservaba la cicatriz? ¿Para que los niños pudieran verla como a uno de ellos?, se preguntó Tanner.

Descartó aquella idea en cuanto se le ocurrió. Nadie era tan altruista y mucho menos, una mujer tan atractiva como Madison.

– Intentamos convertir el viaje en una aventura -continuó explicándole Madison-. Si nos es posible, los llevamos a Disneylandia -sonrió-. No sabe la diferencia que puede representar para ellos tener un rostro normal. Que no se rían de ellos, que dejen de señalarnos por la calle.

Creía firmemente en lo que hacía. Se reflejaba en su voz.

– ¿Cómo llegó a participar en esa asociación?

– En realidad fue algo del destino -le explicó-. Estaba en uno de los momentos más bajos de mi vida. Sí, la mujer rica estaba deprimida porque no era feliz. ¡Qué pena! -sacudió la cabeza-. Era tan tonta… Estaba dando un paseo, intentando pensar, cuando vi a una mujer y a su hija sentadas en el banco de la parada del autobús. Estaban llorando. Normalmente no me habría parado, pero había algo especial en ellas, algo que no podía ignorar. Así que me acerqué y les pregunté si podía ayudarlas.

Bebió un sorbo de agua.

– De esa forma me enteré de que eran de Oregón. Lacey, la niña, tenía el paladar hendido y habían venido para operarla. Pero cuando habían llegado al hospital, allí no sabían nada de la operación. Se debía de haber perdido la solicitud o algo parecido. No tenían dinero ni un lugar en el que quedarse. Les dieron un vale para pasar una noche en un hotel y un billete de vuelta para el autobús, pero no era ésa la razón por la que habían venido. Las llevé al hotel y después localizamos esa organización para la que ahora trabajo. Tardamos un par de días, pero al final Lacey consiguió que la operaran y yo encontré mi vocación.

Tanner podía sentir su entusiasmo y su energía.

– Le gusta lo que hace.

– Me encanta. Es la razón por la que vivo. Después de dejar a Christopher, me volqué completamente en el trabajo -lo miró-. Pero, desde hace dos semanas, no sé nada de mi trabajo.

– No puede ir a trabajar.

– Lo sé, no puedo arriesgarme, pero podría utilizar el ordenador y trabajar por Internet. Si pudiera tener acceso a mi correo electrónico…

– No.

– ¿Qué daño puede hacerme?

– Aquí las normas las pongo yo -le recordó.

– Bueno, pues esas normas son una estupidez. No voy a comprarme unos zapatos en la página de Nordstrom, sólo quiero estar en contacto con mis niños.

– No.

Madison apoyó las dos manos en la mesa y lo fulminó con la mirada.

– Esto es muy importante. Usted no sabe lo que es crecer siendo un niño diferente, feo y deformado.

– Usted no sabe nada sobre mí.

Y entonces Madison se echó a reír. Fue una carcajada limpia y clara que le golpeó a Tanner en lo más profundo de las entrañas.

– Oh, por favor, mírese en el espejo. Es un hombre fuerte y atractivo, y probablemente siempre lo ha sido -volvió a ponerse seria-. Esos niños, no. Esos niños son unos pobres inadaptados que tienen que soportar que se rían de ellos a diario. Me necesitan y yo quiero estar disponible para ellos. Si estar aquí significa que alguno de esos niños no va a conseguir ser operado, entonces nada de esto merece la pena.

– Un bonito discurso -contestó Tanner, esforzándose para no ceder a su pasión.

– Creo todas y cada una de las palabras que he dicho.

– ¿Está dispuesta arriesgar su vida por ello?

– Sí -contestó sin vacilar-. Haré todo lo que me diga. Puede controlar mi correo, incluso puede permanecer a mi lado mientras escribo, no me importa, pero necesito tener acceso a mi correo y a mis archivos.

Sintiéndose repentinamente incómodo, Tanner se levantó y guardó sus notas.

– Pensaré en ello -le dijo-. Pero no prometo nada.


Capítulo 6

Madison durmió durante toda la noche. Era la primera vez desde hacía dos semanas y cuando se despertó a la mañana siguiente, se sentía como si fuera otra persona. Después de una larga ducha, se vistió y salió en busca de un café.

No la sorprendió descubrir que Tanner ya estaba levantado. Lo vio en la sala de control mientras se dirigía a la cocina. Estaba sentado frente al ordenador, tecleando algo. La camisa oscura del día anterior había sido sustituida por una camiseta negra en la que se marcaban sus impresionantes músculos.

– Buenos días -la saludó Tanner cuando se detuvo a unos metros de la puerta-. Se levanta temprano.

Madison alzó la mirada hacia el reloj de la pared.

– Supongo que estoy deseando empezar el día.

Aunque en realidad ni siquiera había planeado cómo iba a ocupar su tiempo. Aunque si tuviera el ordenador… Pero ésa era una conversación que tendrían después de que hubiera tomado el café, pensó mientras le sonreía educadamente y continuaba hacia la cocina. La cafetera ya estaba preparada.

Después de servirse un café, se sentó en una de las sillas de la cocina y hojeó el periódico. Pero no consiguió encontrar sentido a nada de lo que decía. Eran las circunstancias, se dijo. La tensión. Había pasado por un infierno durante las dos semanas anteriores y en aquel momento estaba viviendo con un hombre al que ni siquiera conocía en un lugar que nadie sabía dónde estaba. Y aunque no creía que Tanner fuera capaz de matarla y esconder el cadáver, no estaba acostumbrada a tener tan pocas certezas sobre su futuro inmediato.

Y después estaba el propio Tanner. Rara vez sabía lo que estaba pensando. Parecía despreciarla algo menos que al principio. Madison se preguntaba si sería una locura confiar en él, y la sorprendió advertir cuál era su inmediata respuesta.

No, no era una locura. En sus circunstancias, confiar en Tanner tenía sentido.

Todavía estaba intentando convencerse a sí misma cuando Tanner entró en la cocina para servirse un café. Madison observó la agilidad de sus movimientos y la flexibilidad de sus músculos. En otra situación, lo habría encontrado intrigante y atractivo. En aquélla, sólo era un misterio.

– ¿Por qué lo hace? -le preguntó.

Tanner alzó la mirada de la jarra del café.

– Me gusta el café.

– No, ¿por qué me está ayudando?

– Me contrataron para que la rescatara, no para que la entregara a un potencial asesino. Hasta que esté seguro de que se encuentra a salvo, la mantendré aquí.

– ¿Es una cuestión de honor? -le preguntó.

– Eso sería decir demasiado.

– Pero usted está haciendo lo que cree más correcto.

– Eso todavía tendremos que aclararlo.

– O sea, que todavía no me cree.

– Algunas cosas son ciertas. Tenía razón en lo de que Hilliard no paga sus deudas. Tiene una gran lista de acreedores furiosos. Algunos de ellos incluso lo denunciaron.

– Sí, ya se lo dije -le recordó Madison-, pero las denuncias fueron desestimadas.

– No todas, y no necesariamente por razones legales.

A Madison no le gustó cómo sonaba aquello.

– ¿Qué quiere decir?

– Algunas de las personas que pusieron las denuncias han desaparecido.

Madison sintió el sabor del miedo.

– A Christopher no le gustan las personas que se interponen en su camino -le dijo.

– Aparentemente, no.

– Sé que es una amenaza para mí. ¿Pero qué me dice de mi padre?

– Hilliard lo necesita.

– De momento.

Tanner se encogió de hombros.

– ¿Usted no puede protegerlo? ¿No puedo contratarlo para que se encargue de ello? Podría mandar un par de hombres de su compañía para vigilarlo.

Tanner dio un sorbo a su café.

– Estudiaré esa posibilidad.

– Puedo pagarle.

– En ningún momento lo he cuestionado.

Madison se tranquilizó ligeramente. Si Tanner vigilaba a su padre, no tendría que preocuparse por él. Era cierto que de momento Christopher necesitaba a Blaine pero, ¿durante cuánto tiempo?

– Odio todo esto -dijo Madison-. Odio que Christopher forme parte de mi vida. Me basta pensar en él para que se me pongan los pelos de punta.

– Por si le sirve de algo, de momento no se ha puesto en contacto con la policía para decirles que la estoy reteniendo.

– Si mi ex marido no lo ha denunciado, eso tiene que significar algo.

– Sí, admito que eso corrobora su punto de vista -admitió Tanner.

– Es usted un hombre muy obstinado.

– Soy un hombre cuidadoso.

Pero si iba a mantenerla viva, Madison no iba a quejarse de su necesidad de ser precavido.

– Voy a volverme loca si continúo aquí sin nada que hacer -dijo-. Creo que deberíamos volver a discutir sobre la posibilidad de que utilice mi ordenador.

Tanner la sorprendió con una sonrisa.

– ¿Quiere intentar convencerme?

Madison bebió un sorbo de café antes de contestar con un contundente:

– Por supuesto.

– ¿Y si acabo tan harto que al final decido no ayudarla?

Madison descartó aquella posibilidad encogiéndose de hombros.

– De momento me mantiene aquí segura y a salvo, aunque no le gusto. Dudo que enfadarlo por culpa del ordenador vaya a suponer alguna diferencia. Usted no funciona de esa manera.

– ¿Entonces cómo funciono?

– No estoy completamente segura, pero sé que no es una persona falsa.

Tanner la miró en silencio durante algunos minutos antes de hablar.

– Me reservo el derecho a revisar sus correos. Y también a analizar su disco duro.

Madison suspiró aliviada.

– Revíselo cuantas veces quiera, no me importa. Lo único que quiero es volver a trabajar. En mi casa tengo un ordenador portátil.

– Le diré a uno de mis hombres que vaya a buscarlo. Si quiere algo más de su casa, anótemelo.

Madison contuvo un grito de alegría. En cuanto Tanner salió de la cocina, buscó papel y bolígrafo y comenzó a escribir rápidamente una lista. Salió a la puerta y se la mostró.

– Aquí está -le dijo.

Tanner dejó el ordenador en suspensión, agarró las llaves y se acercó al pasillo. Tomó la lista, la leyó y asintió.

– Volveré dentro de un par de horas.

¿Se iba? Madison no sabía si alegrarse o todo lo contrario.

– No intente escapar, ni salir a la sala de control. Si lo hace, se activará la alarma y recibiré un aviso. ¿Ha quedado claro?

Como Madison no tenía ninguna intención de marcharse, no le resultó en absoluto difícil mostrarse de acuerdo. Cinco minutos después, Tanner se había ido y ella estaba sola.

Cuando oyó que la puerta del garaje se cerraba, se acercó directamente al teléfono y lo descolgó. Pero en vez del tono de línea, la voz de un contestador le preguntó por su código de acceso.

– ¿Por qué será que no me sorprende? -musitó Madison.

Se dirigió al cuarto de estar y tomó el mando a distancia de la televisión sabiéndose prisionera de Tanner.


Tanner tecleaba en el ordenador mientras Madison esperaba impaciente en el pasillo. No podía verla directamente, pero distinguía la mayor parte de sus movimientos por el rabillo del ojo.