– No son muy modernas, lo admito, pero no están mal, ¿no le parece?

Madison se sobresaltó al oírlo y se volvió hacia él.

– ¿Qué? Me ha asustado.

Tanner alzó la mirada hacia el techo.

– ¿Algún problema?

– Estaba buscando cámaras. ¿Hay algún lugar en la habitación en el que pueda estar sin ser observada?

Tanner tardó algunos segundos en encontrar sentido a sus palabras. Pero cuando lo descubrió, se puso furioso.

– ¿Cree que la estoy espiando?

– ¿Qué otra cosa podría pensar? -preguntó ella, sacudiendo el brazalete-. Este lugar es más seguro que la caja fuerte de un banco. Tiene un ordenador que me dice dónde puedo ir y dónde no. Hay pantallas especiales en las ventanas para que no pueda escaparme. Soy su prisionera, ¿por qué no iba a espiarme?

– Entre otras cosas porque no necesito excitarme viéndola pasearse en ropa interior.

Dejó caer el paquete sobre la cama, se acercó a ella y la agarró por la muñeca. Antes de que Madison hubiera podido reaccionar, la había bajado al suelo. Madison lo fulminó con la mirada.

– Podría haber bajado sola.

– Estoy seguro.

La arrastró fuera de la habitación a pesar de sus protestas. Cuando se acercaron a la sala de control, presionó el control remoto que guardaba en el bolsillo para desactivar la alarma. Después, la llevó hasta el panel de control, le soltó la mano y lo señaló.

Madison se frotó la mano.

– ¿Hay algún motivo por el que no haya podido pedirme que lo acompañara? Le aseguro que pretendo colaborar. No tiene por qué llevarme a rastras a todas partes.

– ¿Se está quejando del trato?

– Sí.

Lo miró con los ojos entrecerrados.

– Pero no está mirando -le advirtió Tanner, señalando hacia el monitor.

– ¿Adónde? -se volvió lentamente y miró la pantalla.

En la imagen aparecía un plano de la casa con el nombre de cada una de las habitaciones y justamente en el centro, había un punto rojo.

– ¿Yo soy ese punto?

– Ande un poco para que pueda comprobarlo usted misma.

Madison se acercó a la ventana y después a la puerta. El punto de la pantalla se movía con ella.

– Ni siquiera tenemos una cámara -le explicó Tanner.

– ¿Entonces la imagen se transmite desde este brazalete?

Tanner asintió.

– Oh, sí, supongo que es lo más lógico -añadió ella.

Tenía los ojos azules. Tanner lo había visto antes, pero no les había prestado atención. En aquel momento, advirtió que eran de un color intenso, auténtico. Por alguna razón extraña, la cicatriz le pareció entonces más pronunciada. Y volvió a preguntarse cómo se la habría hecho.

Tenía la melena con la que los adolescentes soñaban despiertos, una melena rubia lisa y larga. Incluso con la cicatriz era hermosa. Pero, por supuesto, él no tenía el menor interés en ella.

– Sí, lógico. Pero además no soy la clase de hombre al que le gusta mirar.

Madison arqueó sus delicadas cejas.

– Yo pensaba que en eso todos los hombres eran iguales.

– Quizá en otras circunstancias.

– Es bueno saberlo -miró a su alrededor-. ¿Puedo preguntar para qué sirve todo este equipo?

– Son ordenadores principalmente. Algunos son localizadores. Tengo toda la casa monitorizada.

– Así que nadie puede salir ni entrar de esta casa.

– No, sin mi permiso.

– ¿Ésta es su casa? -preguntó sin dejar de mirar a su alrededor.

– No, ya le he dicho que es una casa de seguridad.

– ¿A quién más ha traído aquí?

– Lo siento, pero ésa es información clasificada.

– Por supuesto. Pero no puedo dejar de preguntármelo. Exactamente, ¿a qué se dedica para tener una casa como ésta?

– Tengo esta casa por si alguno de mis clientes puede necesitarla.

– Y en este momento, ¿quién es su cliente? ¿Christopher o yo?

– En este momento estoy improvisando.

– No me parece la clase de hombre que improvise a menudo.

Tanner se encogió de hombros.

– Intento ser flexible.

Se miraron a los ojos. Tanner leyó muchas preguntas en los de Madison. Pero no había miedo en ellos. Madison no era como él pensaba. Quizá no fuera tan inútil como todas las mujeres como ella. Tenía fuerza y más que un ligero…

Lo sintió entonces. Sutilmente al principio, pero fue creciendo poco a poco. Llenaba la habitación, lo presionaba, le robaba el aire, caldeaba su aliento…

Una nueva conciencia… De Madison. Del irresistible olor de su piel, de su forma de moverse. En un abrir y cerrar de ojos, pasó de ser alguien a quien tenía que proteger a convertirse en una mujer.

¡Maldita fuera!, pensó malhumorado. Aquello no estaba permitido. No podía involucrarse sentimentalmente con sus clientes. Jamás.

– Le he traído algo de ropa -le dijo, y se dirigió hacia la cocina.

La oyó seguirlo y en cuanto estuvo fuera de la sala de control, reactivó el sistema de seguridad y se detuvo en la cocina a buscar el paquete.

– Lo ha traído uno de mis hombres -le explicó.

– No lo comprendo…

– ¿Qué es lo que le parece tan complicado? Uno de mis hombres ha ido a su casa y ha traído este paquete.

– ¿Ha entrado uno de sus hombres en mi casa? -parecía más sorprendida que indignada.

– No creo que se haya pasando mucho tiempo removiendo los cajones de la ropa interior. Lleva días con la misma ropa y he imaginado que le gustaría cambiarse.

– Sí, es cierto, gracias. Pero no estoy segura… ¿cómo ha conseguido entrar?¿Christopher no tiene vigilada mi casa?

– Sí, supongo que su ex tiene a alguien allí, pero no se preocupe, nadie ha visto a Ángel. Adelante -señaló la puerta-. Dúchese y cámbiese de ropa. Después comeremos. Necesito hacerle muchas preguntas sobre su marido.

– De acuerdo -tomó el paquete y sonrió-. Gracias.

Y sin más, se dirigió al pasillo. Tanner esperó a que desapareciera antes de dirigirse a la habitación de control. Observó el pequeño punto rojo moverse en la pantalla. Cuando abandonó el dormitorio para meterse en el cuarto de baño, tuvo que obligarse a mantener la atención en el trabajo y olvidarse de que había una mujer desnuda en la ducha.


Una ducha y una siesta de tres horas bastaron para animar a Madison. El tipo al que Tanner había enviado a su casa le había llevado las prendas básicas: vaqueros, camisetas, un par de camisones y algunos artículos de tocador. Intentó no asustarse ante la idea de que un desconocido hubiera estado hurgando en sus cajones y se recordó a sí misma que, al fin y al cabo, el que un extraño hubiera tocado sus sujetadores y sus bragas era el menor de sus problemas.

Después de lavar las bragas y el sujetador que había llevado puestos durante los últimos diez días, se secó el pelo. Y mientras estaba guardando el secador, advirtió que olía a comida. El delicioso aroma de la salsa de tomate y ajo le hizo la boca agua. Mientras se dirigía a la cocina guiada por aquel olor, se sentía como un muñeco de los dibujos animados siguiendo la estela de un manjar delicioso.

Tanner estaba frente a la cocina. Cuando entró Madison, se volvió hacia ella y sonrió. Madison no estaba segura de qué fue lo que más la sorprendió, si el hecho de que estuviera cocinando o la sonrisa.

Le sonó el estómago. Estaba tan hambrienta que se creyó a punto de desmayarse.

– Creo que debería comer algo…

Tanner señaló la mesa con un gesto de cabeza.

– Entonces, siéntese.

La mesa ya estaba puesta. Madison se sentó justo en el momento en el que Tanner estaba llevando una fuente de pasta y un cuenco de ensalada a la mesa.

– ¿Qué le apetece beber?

– Agua.

– Al ataque -la animó Tanner.

Madison decidió tomarle la palabra. Se sirvió una generosa ración de pasta con carne. La ensalada podía esperar. De momento necesitaba algo más sustancial.

El primero bocado le pareció exquisito. Las especias perfectas y el punto de cocción, exacto.

Tanner regresó con una botella de agua a la mesa y se la dejó al lado del plato. Madison asintió para darle las gracias, pero no dejó de comer. Y hasta que terminó la pasta y se sirvió la ensalada, no volvió a mirarlo.

– Siento estar comiendo de esta manera.

– No sufra -se sentó frente a ella y se sirvió pasta-. ¿Por qué no comía cuando estaba secuestrada?

Madison se encogió de hombros.

– No era algo planeado. Durante el primer par de días, estaba demasiado asustada. Cada vez que intentaba comer, vomitaba. Sólo podía comer una tostada por la mañana o un plato de sopa por la tarde. Hay personas que comen más cuando están estresadas. Yo tiendo a comer menos. Los secuestradores no me creían y me amenazaban con alimentarme a la fuerza, pero nunca lo hicieron.

Tanner la estudió en silencio mientras hablaba. A Madison le habría encantado saber lo que estaba pensando; o quizá no, decidió. Aquel hombre ya le había dejado muy claro que le tenía una especial antipatía. ¿Por qué arriesgarse a oírselo decir otra vez?

Comieron en silencio. Madison se sirvió dos platos de pasta y tres de ensalada. Cuando terminó, se reclinó en la silla y suspiró.

– ¿Se encuentra mejor? -preguntó Tanner.

– Sí, mucho mejor. Gracias por hacer la comida. Ha hecho un excelente trabajo.

– Sí, soy capaz de cocer la pasta mejor que nadie -respondió Tanner con una sonrisa.

Su humor la intrigaba. Hasta ese momento, su anfitrión había sido estrictamente profesional. La sonrisa le suavizaba la expresión y añadía luz a sus ojos. Era casi como si lo hiciera accesible. Continuaba siendo peligroso, pero era agradable saber que se escondía una persona tras aquel duro perfil.

– Tengo algunas preguntas que hacerle -dijo Tanner-. Quiero conseguir toda la información posible sobre su ex marido. Cuanto más me cuente, más me ayudará en la investigación.

– Le diré todo lo que sé.

La sonrisa de Tanner desapareció como si nunca hubiera existido y reapareció el guerrero. Agarró una libreta del mostrador.

– Empezaremos por el principio. ¿Cómo se conocieron Hilliard y usted?


Capítulo 5

– Mi padre trajo a Christopher a cenar a casa una noche -le explicó Madison-. Se habían conocido en un congreso. Christopher era un hombre admirable. Sus padres habían muerto cuando él estaba todavía estudiando, pero aun así, consiguió terminar la carrera y dirigir la empresa de la familia al mismo tiempo. Mi padre admiraba su talento y su entrega al trabajo.

– ¿Y usted qué admiraba?

– ¿Perdón?

– Se casó con él. Supongo que tenía algo que le gustaba.

Sí, por supuesto. Madison consideró la pregunta y se planteó cómo contestarla. Para ella, había pasado toda una vida desde entonces.

– En aquella época era diferente -dijo lentamente. Inquieta, se levantó y comenzó a despejar la mesa-. Christopher era un hombre inteligente, encantador y sofisticado. Me enamoró por completo. Nos comprometimos a los dos meses de habernos conocido y nos casamos dos meses después. No conocí al verdadero Christopher hasta más tarde.

– ¿Quién es el verdadero Christopher?

No había nada en la voz de Tanner que pudiera dar pistas sobre lo que estaba pensando. Madison enjuagó los platos y los metió en el lavavajillas mientras intentaba encontrar una respuesta.

– Christopher tiene un lado oscuro. Le gusta jugar. Puede jugarse un millón de dólares sin pestañear. Y también tiene genio.

– Interesante, pero no son necesariamente las características de una persona que está dispuesta a secuestrar o a matar.

– ¿No me cree?

– Necesito algo más que eso. Hábleme de su empresa. Me ha dicho que se hizo cargo de ella cuando sus padres murieron. ¿Cómo fallecieron?

Madison enjuagó el cuenco de la ensalada y lo metió también en el lavavajillas.

– En un accidente de coche. Habían ido a esquiar y perdieron el control del vehículo en una carretera helada.

– ¿Hubo alguna investigación después de su muerte?

– No, ¿por qué iba a haberla?

– Si usted cree que Hilliard es capaz de secuestrarla y matarla, ¿por qué no iba a hacer lo mismo con sus padres?

– Pero él… -la idea la dejó estupefacta. ¿Sería posible?-. No lo sé. Sí, quizá sea capaz de hacer algo así.

– Hábleme de la empresa de su padre.

Madison limpió las encimeras y volvió a sentarse a la mesa.

– Adams Electronics fabrica equipos de rastreo para el ejército. En cuanto alguien inventa algo, otros intentan averiguar la manera de que ese material quede obsoleto. La compañía de mi padre tiene varios contratos con el ejército.

– Pero supongo que la fortuna de la familia no procede únicamente de esos contratos.

– No. Siempre terminan fabricándose productos derivados de esos descubrimientos y es de ahí de donde procede verdaderamente el dinero.

Tanner continuaba escribiendo. Su actitud impersonal ayudaba a Madison a hablar del pasado.

– Usted es hija única.

– Sí. Mi padre quería tener más hijos. Por lo menos un varón que siguiera sus pasos. A mí nunca me ha interesado mucho el negocio de la familia. No tengo el gen de las matemáticas.

– Nadie lo tiene. ¿Y su madre?

Madison se reclinó en la silla y cruzó los brazos.

– Ella… murió. Murió hace diez años. Tampoco tenía el gen de las matemáticas. Procedía de una familia de dinero de la costa este. Mi padre era un científico que consiguió quitársela a su prometido.

– ¿Y en qué está trabajando Hilliard exactamente?

– En un programa para eludir todo tipo de radares. Por lo que tengo entendido, está trabajando en un dispositivo infalible. Por ejemplo, si alguien estuviera intentando localizar su avión y usted fuera capaz de interferir sus señales de radar, podría volar siendo virtualmente invisible.

– Un dispositivo muy poderoso.

– Si consiguiera sacarlo adelante, valdría millones de dólares.

Tanner tamborileó con el bolígrafo en la mesa.

– Quizá los suficientes como para estar dispuesto a matar por ello.

Algo en lo que Madison prefería no pensar.

– ¿Christopher es suficientemente inteligente como para sacarlo adelante?

– No lo sé. Mi padre cree que sí. Lleva todo un año emocionado con este proyecto.

– ¿Su padre ha llegado a algún trato con Hilliard?

Madison sabía lo que quería decir. ¿Estarían trabajando juntos su padre y Christopher para aumentar las expectativas de mercado? Blaine Adams decía que el día que apareciera un dispositivo que él no fuera capaz de burlar, Santa Claus anunciaría que renunciaba a repartir regalos.

– No creo que mi padre sea capaz de una cosa así -dijo con calma-. Es un buen hombre. Un poco descuidado con las relaciones personales, pero en absoluto con su trabajo. Es un hombre íntegro.

– Eso no significa que no lo puedan comprar.

– Para él el dinero no es importante.

Tanner quería creerla, pero no podía ignorar aquella posibilidad.

– Si Hilliard tiene tanto dinero, ¿por qué no paga sus deudas?

– No lo sé. Casi es una cuestión de honor para él. La mayoría de la gente no toma medidas contra él. Se limitan a enfadarse. Hubo un par de persona que intentaron denunciarlo, pero al final renunciaron.

No estaba pintando una imagen muy amable de aquel tipo, pensó Tanner. ¿Cómo podía haberse enamorado de él?