Tanner la tomó por la barbilla y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

– Gracias a mi teléfono móvil. Tiene un localizador.

– Me alegro, porque estaba muy asustada. Sabía que el brazalete sólo funcionaba en el interior de la casa.

– Por cierto, deberíamos ocuparnos de eso. -Tanner la condujo con suavidad a la sala de control y le quitó rápidamente el brazalete-. ¿Mejor así?

– Supongo que sí.

Ya no estaban tocándose y Madison echaba de menos su contacto. Lo echaba de menos a él. Las últimas horas habían sido una locura. Pero no sabía qué decirle.

– Tanner, yo…

Tanner la silenció posando un dedo en sus labios.

– No digas nada, Madison. No tienes por qué decir nada.

– Sí, tengo algo que decir. Tú me has salvado, no sólo de mi ex marido, sino también en otros muchos sentidos. Había perdido la fe en mí misma y has sido tú quien me ha ayudado a recuperarla. Has conseguido demostrarme que soy una mujer fuerte y capaz de hacer muchas cosas.

– Siempre has sabido que lo eras.

– Quizás. Pero nunca había tenido que demostrarlo -se encogió de hombros-Te disparé, Tanner.

– E hiciste bien. Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir.

– Sí, y me entregué directamente al enemigo -añadió Madison.

– Pero no sabías que lo estabas haciendo. La cuestión es que necesitabas escapar de mí y conseguiste hacerlo.

– Tanner, debería haber confiado en ti.

– De eso ya hemos hablado -se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente-. La cuestión es que a mí sólo hacía diez días que me conocías. En una situación de peligro, todo se agudiza. Los sentidos, la realidad, los sentimientos… Pero cuando regreses a tu vida normal y analices lo que ha pasado, te darás cuenta de que hay muchas cosas de las que tienes que sentirte orgullosa. Eres una mujer fuerte, no renuncias jamás.

– Bonitas palabras. Casi suenan como un discurso de despedida.

– Y lo es.

– ¡Pero no puede ser! Hemos pasado por muchas cosas. Lo que hemos vivido tiene que significar algo…

– Por supuesto que significa algo. Eres una mujer sorprendente y jamás te olvidaré.

– ¿Pero?

– Pero esto no es real. Es tu manera de reaccionar ante el peligro.

– ¿Qué? ¿Estás insinuando que sufro el Síndrome de Estocolmo? ¿Que me he enamorado de ti por todo por lo que he pasado?

– Sé que puede parecerte cruel, pero con el tiempo comprenderás que tengo razón. Tienes que volver a tu propia vida. Ver a tus amigos, volver al trabajo, establecer una rutina… No estoy diciendo que tengas que olvidarte completamente de mí, pero dentro de algún tiempo, verás las cosas de otra forma. Si empezamos ahora una relación, te arrepentirás rápidamente, pero no serás capaz de decírmelo porque te sentirás culpable.

– Te equivocas. Estás completamente equivocado.

– No sabes cuánto me gustaría estarlo.

Madison vio el dolor que reflejaba su mirada mientras lo decía y reaccionó instintivamente, alargando el brazo hacia él. Tanner vaciló al principio, pero al final la estrechó contra él y devoró sus labios.

Fue un beso de desesperación, una última vez antes de despedirse para siempre. Madison se aferraba a él, esperando convencerlo con sus labios y su cuerpo de que aquélla era la relación más real que había establecido en su vida. Las lágrimas desbordaban sus ojos.

– Te quiero -susurró, acariciándole las mejillas con el pulgar-. ¿Por qué no me crees?

– No llores. No merece la pena que llores por mí.

– Por supuesto que sí.

Tanner le acarició la cicatriz.

– Quiero que pienses en los motivos por los que conservas esa cicatriz -le dijo, mirándola a los ojos-. Si es porque crees que te hace más fuerte, no cambies nada. Pero si lo haces por otros motivos, quizá vaya siendo hora de operarla. No dejes que Christopher defina tu futuro.

Madison no podía dejar de llorar. Los sollozos se acumulaban en su pecho, aunque se negaba a ceder a ellos.

– ¿Es que no me has oído? Te quiero, Tanner. ¿Y qué ocurrirá si siento lo mismo dentro de seis meses?

– No lo sentirás.

– Pero, ¿y si lo siento?

– Adiós, Madison.

– ¡No, Tanner!

Ya no era capaz de contener los sollozos. Se sentía sola, muy sola. Alguien se acercó a ella entonces, pero el brazo que le ofrecía apoyo era el de un desconocido. Cuando por fin pudo alzar la mirada, encontró frente a ella unos ojos claros y vacíos.

– Se ha ido -le dijo Ángel.

Madison asintió e intentó recuperarse. Todavía tenía que enfrentarse a su padre y ayudarlo a comprender todo lo ocurrido. Todavía le quedaba una vida que vivir. Pero no quería disfrutarla sin Tanner.

– ¿Ha sido porque no he confiado en él?

– No, eso lo comprende. Cualquiera de nosotros habría reaccionado de la misma manera.

– ¿Entonces por qué?

– Es como cuando estás de vacaciones. Todo el mundo quiere quedarse para siempre en la playa, pero eso no es la vida real. En algún momento tienes que volver a casa.

– Tanner es mi casa, pero él no quiere creerlo.

Ángel la miró en silencio durante largo rato. Al final, sacó una tarjeta del bolsillo de sus vaqueros en la que sólo había apuntado un número de teléfono.

– Si dentro de seis meses sientes lo mismo que ahora, llama a este número.

Seis meses. Le parecía una eternidad, pero tener una forma de ponerse en contacto con Tanner le daba alguna esperanza.


Madison estuvo durmiendo durante casi veinticuatro horas. Cuando se despertó, se encontró en el dormitorio en el que había crecido, rodeada de animales de peluche. Después de ducharse y vestirse, bajó las escaleras. Los recuerdos acechaban en cada rincón. Algunos agradables, otros menos.

Encontró a su padre en el estudio, pero en vez de estar absorto en sus papales, estaba en el sofá con una copa en la mano. Cuando la vio, dejó la copa, se levantó y se acercó a ella.

– Madison -le dijo antes de abrazarla.

Madison no era capaz de recordar la última vez que su padre la había abrazado.

– Lo siento mucho. He pasado la mayor parte de las últimas noches siendo interrogado por la policía. No sabes las cosas que me han dicho de Christopher… Todas las cosas que hizo -retrocedió, la miró atentamente y le acarició la cicatriz que cubría su mejilla-. Mi preciosa hija… Todavía me cuesta creer que te secuestrara, pero todo es cierto. Ahora está en la cárcel. Y también Alison. Tiene un hijo con problemas con las drogas. Christopher le pagó un centro de rehabilitación y cuando se escapó y volvió a las calles, se aseguró de que estuviera a salvo. Ella temía que matara a su hijo si me decía la verdad.

Madison se acercó al sofá y se sentó al lado de su padre.

– Son muchas las cosas que tenemos que asimilar.

– Sí, muchas. Nos ha engañado a todos -esbozó una mueca-. No, a ti no te engañó, ¿verdad? Intentaste decírmelo, pero no te creí. Y ha estado a punto de matarte.

– Cuando me casé con él, yo también lo creí. Pero al poco tiempo comprendí que algo andaba mal.

– Pensar que quería encerrarte y yo estaba dispuesto a permitírselo… Jamás me lo perdonaré.

– Estabas muy ocupado con tu trabajo.

Su padre esbozó una mueca.

– Qué razón tienes. Tengo un trabajo del que sentirme orgulloso, pero he estado a punto de perder a mi única hija. He estado pensando mucho, Madison, y no me gusta lo que he aprendido de mí mismo. He sido un egocéntrico al que le ha resultado mucho más fácil dejar que fueran otros los que se ocuparan de sus asuntos. Por eso ha podido engañarme Christopher. Le he dejado tomar decisiones para poder pasar más tiempo en el laboratorio, ¿pero a qué precio?

Madison lo abrazó. Aunque no podían cambiar lo ocurrido, quizá pudieran comenzar de nuevo.

– Por lo menos estamos a tiempo de detener la fusión -dijo Blaine-. No puedo creer que le dejara convencerme -suspiró-. No, incluso lo animé porque me hacía la vida más fácil. A partir de ahora, intentaré pasar menos tiempo en el laboratorio y más en el mundo real -le sonrió-. Supongo que no puedo convencerte de que formes parte de la compañía.

– No lo sé. Tengo mi trabajo, mis niños…

– ¿Qué niños? -su padre frunció el ceño-. Ah, ese trabajo voluntario, las operaciones. No sabía nada de eso. Lo siento, Madison. No sabía nada de muchas cosas. ¿Podrás perdonarme?

– Por supuesto.

– Quiero saberlo todo sobre su trabajo. ¿No te importará empezar desde el principio y poner al tanto a este pobre hombre de lo que ha sido tu vida?

– Lo haré encantada.

Y de pronto, comenzó a llorar.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó Blaine.

– Nada. Todo. Estoy muy confundida porque Tanner me ha dejado. Dice que no sé lo que siento por él, que sólo estoy reaccionando al peligro, pero no es cierto. Creo que lo quiero con toda mi alma.

Su padre le sonrió.

– Creo que soy la peor persona con la que puedes hablar de esa clase de problemas. No sé nada sobre relaciones. Ni siquiera sobre la amistad. Estos últimos dos días me lo han demostrado, pero me encantaría escucharte.

Madison se recostó en su hombro y suspiró.

– Entonces te lo contaré todo.


Capítulo 20

Dos semanas después

Madison agarró el teléfono con fuerza.

– Ángel, no estás colaborando.

– Lo sé, muñeca, la colaboración no es mi fuerte. Te di este número de teléfono por si continúas queriendo hablar con él dentro de seis meses, pero sólo han pasado catorce días.

Madison apretó los dientes con impaciencia.

– ¿Le dirás que he llamado?

– Probablemente no.

– Eres el hombre más irritante que conozco, Ángel.

– Sí, ya me lo has dicho. ¿Alguna cosa más?

– Christopher ha muerto.

– Sí, estamos enterados. Ha muerto en su celda. Supongo que habrán sido sus amigos de la mafia. No les gusta que las cosas salgan mal. Así que ya te has librado de él. Bueno, tengo que colgar.

– Ángel, espera… Dile… dile que lo echo de menos.

– Ni lo sueñes -y colgó el teléfono sin añadir nada más.

Madison dejó el auricular en su lugar y fijó la mirada en la ventana de su despacho. Había aceptado un puesto de trabajo en Adams Electronics y continuaba haciendo de voluntaria por las tardes. Quería mantener el contacto con los niños a los que ya había ayudado, pero no quería perder la oportunidad de trabajar con su padre después de tanto tiempo perdido.

Lentamente, su vida había vuelto a la normalidad. Sólo echaba de menos a Tanner. Cinco meses y dos semanas, se dijo. Y entonces no le quedaría más remedio que creerla.


Cinco semanas después

– Ángel, tengo que hablar con él.

– Dime por qué.

– No puedo.

– No quieres -replicó Ángel-. ¿Estás enferma?

– No.

Miró el palito de plástico que tenía frente a ella y que indicaba claramente que estaba embarazada y sonrió.

– No he estado más sana en toda mi vida. Ésa no es la cuestión.

– Ésa es precisamente la cuestión. Renuncia de una vez por todas, Madison.

– No puedo. Lo amo. Y tienes que conseguir que se ponga en contacto conmigo. Esto es muy importante. Hablo en serio, Ángel. Cuando se entere de lo que tengo que decirle, te lo agradecerá.

– La respuesta es no, y deja de llamarme. Todas las semanas tenemos que pasar por esto y todas las semanas termino diciéndote lo mismo.

Madison estaba demasiado contenta como para enfadarse con Ángel.

– Mira, ya hemos establecido una tradición. Cuando Tanner recupere la razón, vas a echarme de menos.

– Claro, como a los piojos. Escucha, muñeca…

– Ángel, estamos en el siglo veintiuno, deja de llamarme muñeca. Es irritante.

– Me alegro. ¿Y ahora vas a dejarme en paz?

– No. Volveré a llamarte la semana que viene.

– Esto es muy importante para ti, ¿verdad?

– Claro que sí. Oh, Ángel, ¿le has dicho alguna vez que he llamado?

Le había preguntado lo mismo todas las semanas y la respuesta siempre había sido negativa. En aquella ocasión, tardó algo más en contestar.

– Alguna.

– ¿Y él te ha dicho algo?

– No, él no me ha dicho nada.


Tres meses y una semana después

La buena noticia era que las náuseas habían remitido y que el pecho le había crecido por primera vez en su vida. Y una noticia incluso mejor era que el bebé estaba perfectamente saludable y estaba creciendo como debería.

La mala noticia era que echaba de menos a Tanner con una desesperación que aumentaba a medida que iban pasando los días.

Eran casi las nueve cuando tomó el teléfono para llamar a Ángel. Tenía la costumbre de llamarlo por las noches. Seis meses, se dijo. Aceptaría los seis meses que Tanner le había ofrecido y después llamaría por última vez. Le diría a Ángel lo del bebé. Le habría gustado decírselo directamente a Tanner, pero si él no quería hablar con ella, no tenía nada que hacer.

Ángel contestó al segundo timbrazo.

– Eres una mujer constante, eso tengo que reconocértelo.

– Gracias.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí, estoy bien.

– Me alegro.

– ¿Está siendo muy cabezota o crees que realmente Tanner no me quiere?

– ¡Maldita sea, Madison!

– Quiero saberlo. Esto es muy duro para mí, Ángel. Lo echo de menos y no voy a dejar de sentir lo que siento por él. Tú y yo lo sabemos.

– Ya conoces las normas.

– Al diablo con las normas. Lo quiero y si pudiera hablar directamente con él se lo diría. Le diría que lo echo de menos, que es el mejor hombre que he conocido nunca.

– Y él te diría que necesitas salir más.

– Quizás -sonrió-. ¿Qué tal estás?

– ¿Qué?

– Siempre hablamos de Tanner. ¿Cómo te van a ti las cosas? ¿Estás saliendo con alguien?

– No pienso hablar contigo de mi vida personal.

– Siempre haciéndote el duro, ¿eh? -bromeó-. Vamos, ¿cómo es? Te imagino con una modelo. O con una maestra. ¿Con una madre soltera, quizá?

Ángel gruñó y Madison se echó a reír.

– Vamos, Ángel, sígueme la corriente. Todavía nos quedan tres meses.

– ¿De verdad piensas aguantar tanto tiempo?

– Sí, a los seis meses dejaré de llamar, pero no de quererlo.

– ¿Lo prometes?

Madison escuchó aquellas palabras, pero no procedían del teléfono. El sonido le había llegado desde la puerta de su dormitorio. Madison dejó el teléfono encima del edredón y se volvió hacia la puerta. En medio de la oscuridad, no podía distinguir los detalles de su rostro, pero reconoció a Tanner al instante.

Demasiado estupefacta para poder hablar, sólo fue capaz de mirarlo mientras él cruzaba hacia la cama y levantaba el teléfono. Lo apagó antes de dejarlo de nuevo sobre el edredón y agacharse delante de Madison.

– ¿Estás segura? -le preguntó con voz grave.

La lámpara de la mesilla de noche iluminaba su rostro. Estaba muy delgado y tenía unas ojeras muy pronunciadas.

– ¿Qué te ha pasado? ¿Has estado enfermo? -le preguntó Madison acariciándole la mejilla.

– Te he echado de menos. Aceptaba todas las misiones peligrosas que podía para olvidarte. Eres parte de mí, Madison -le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los suyos-. Madison, ¿es cierto? ¿De verdad me quieres? Porque si no me quieres, no podré soportarlo. Todo esto me está matando.