– ¿Me lo robaste cuando me secuestraste o después? -le preguntó.

Christopher se limitó a sonreír.

– Vamos -le dijo, señalando la puerta.

Christopher le hizo montarse en el asiento trasero de una limusina y después se montó él. Por la mampara que la separaba del asiento delantero, Madison no podía ver al conductor, pero ya debía de estar allí, puesto que en cuanto Christopher cerró la puerta de atrás, puso el motor en marcha.

– Sólo para que sepas que no bromeo -le dijo Christopher a Madison, y marcó un teléfono con el móvil-. ¿Blaine? ¿Cómo va ese viaje?

Escuchó un segundo y miró a Madison.

– Tengo una sorpresa para ti. Espera -le pasó el teléfono a Madison y sacó el dispositivo del bolsillo del traje.

– ¿Papá?

– ¡Madison! Cuánto me alegro de oírte. ¿Te encuentras bien?

– Sí, estoy bien, ¿y tú?

– Nunca he estado mejor. Ahora voy hacia San Francisco para dar una conferencia. Fue el propio Christopher el que me sugirió el viaje. Una idea estupenda. Esta zona es preciosa. Deberíamos ir los tres a pasar un fin de semana a Carmel.

A Madison se le llenaron los ojos de lágrimas, pero parpadeó para apartarlas. Su padre estaba bien. Siempre había estado bien. ¿Por qué no habría confiado en Tanner?

– Sí, sería estupendo -contestó.

– ¿Ya te ha hablado Christopher de la fusión? ¿No te parece una noticia maravillosa?

– Sí, magnífica -susurró.

– Christopher está a cargo de todo, como siempre. No sé que haría sin él -suspiró-. Sé que tenéis vuestras diferencias, pero me gustaría que os reconciliarais. Madison, Christopher es un buen hombre y te quiere mucho. Durante estas semanas ha estado destrozado, primero con el secuestro y después porque no querías regresar.

Contener las lágrimas se estaba convirtiendo en una tarea imposible. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, a Madison le habría extrañado que fuera tan fácil engañarla. Pero su padre era un hombre entregado a su trabajo. Para él, el resto del mundo no existía. Christopher le había ayudado a hacer su vida más fácil y él se lo agradecía.

– Te quiero, papá.

– Yo también te quiero, Madison.

Christopher la fulminó con la mirada y le arrebató el teléfono.

– No queremos distraerte mientras conduces, Blaine. Esas carreteras son terribles, ten mucho cuidado.

Madison sabía que Christopher sería capaz de matar a su padre sin pensárselo dos veces. Nada le importaba; él sólo quería dinero y poder.


Su agente de bolsa tenía el despacho en el quinto piso de un rascacielos. Madison subió en el ascensor en silencio, salió al elegante vestíbulo y preguntó por Jonathan Williams.

– Lo siento -le dijo la recepcionista-. El señor Williams está de vacaciones. ¿Tenía una cita?

Madison se volvió hacia Christopher.

– ¿Tenías una cita?

Éste asintió.

– Paul Nelson se está encargando de la transacción.

– Entonces nos atenderá el señor Nelson -dijo Madison.

– Por supuesto. Le diré que están aquí -esperó educadamente a que le dijeran sus nombres.

Christopher le pasó a Madison el brazo por los hombros y la estrechó contra él.

– Dígale que están aquí el señor y la señora Hilliard.

– Por supuesto.

En cuestión de minutos, se encontraron con un hombre alto y atractivo que los condujo a una sala de reuniones.

– Señora Hilliard -dijo el agente mientras le ofrecía asiento a Madison-. Tengo entendido que quiere hacer algunos cambios en su cuenta.

Madison se sentó y se obligó a sonreír.

– Sí, por favor. Quiero transferir algunos activos a la cuenta de mi marido.

El agente arqueó las cejas, pero no hizo ningún comentario.

– ¿Ya sabe lo que le quiere transferir? -preguntó educadamente.

Christopher le pasó entonces una lista que Madison ni siquiera se molestó en leer.

– Son unos diez millones de dólares -dijo Paul.

– Sí. Si hay algún problema, puedo identificarme.

– No, no, no hay ningún problema. Señor Hilliard, ¿quiere meter el dinero en la cuenta que tiene con nosotros?

– Sí.

Paul salió de la sala y cerró la puerta tras él. Madison se levantó y se acercó a la ventana.

– ¿Qué va a pasar después de esto? -preguntó.

Sabía que Christopher no la dejaría marchar.

– Nos volveremos a casar y de esa forma sellaremos la fusión. Dentro de unos meses podremos divorciarnos. Me quedaré con casi todo, pero te dejaré lo suficiente para vivir.

Mentiras, pensó Madison. Seguramente la obligaría a casarse otra vez, pero no habría un segundo divorcio. Sabía que moriría inesperadamente y que Christopher representaría a la perfección el papel de viudo desconsolado.

Recordaba lo que había dicho Tanner de la muerte de sus padres. Un accidente de coche. Algo sobre un fallo en los frenos. ¿A cuántas personas habría matado Christopher?

Christopher sacó un teléfono del bolsillo y dio media vuelta para comenzar a hablar. Justo en aquel momento, regresó Paul a la sala.

– Sólo un par de preguntas rápidas -dijo Paul mientras buscaba en el bolsillo de la chaqueta y sacaba una pistola.

Madison estaba demasiado atónita como para decir palabra y Christopher estaba de espaldas, de modo que no vio a los tres hombres, todos vestidos de negro, que entraron detrás de Paul. Madison fijó su incrédula mirada en uno de ellos: ¡Tanner!

Desgraciadamente, justo en aquel momento Christopher se volvió y vio a Paul sosteniendo la pistola. Tiró el teléfono al suelo y sacó su propia arma. Mientras apuntaba a los hombres, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

– ¡No! -gritó Madison y se abalanzó hacia él.

Si presionaba el dispositivo, mataría a su padre.

Christopher sacó el dispositivo, pero Tanner lo agarró por la muñeca y se la retorció de forma brutal. El dispositivo cayó al suelo. Madison corrió hacia él, a pesar de que Christopher la había agarrado. En alguna parte, detrás de ella, Madison oyó el sonido de la recámara de una pistola. Un segundo después, disparaban una bala detrás de su cabeza y mientras ella protegía el dispositivo con las manos, oyó a los hombres de Tanner reduciendo a Christopher. Cerró la caja del dispositivo y suspiró aliviada.

Sólo entonces se volvió y vio a Christopher esposado. Paul Nelson enfundó la pistola y le palmeó a Tanner el hombro.

– Buen trabajo.

– Sí, el tuyo también.

Madison miró a los dos hombres.

– ¿Es ese amigo tuyo que trabajaba para el gobierno?

– Sí -se acercó a ella y se agachó a su lado-. ¿Estás bien?

Madison asintió, se levantó y le tendió el dispositivo.

– Está conectado al coche de mi padre -le dijo-. Si presionas un botón, se quedará sin frenos.

– ¿Tienes el número de teléfono de tu padre?

– Sí.

Tanner sacó el móvil de Christopher y se lo tendió.

– Llámalo y dile que baje del coche inmediatamente. Yo me pondré en contacto con la policía para que vayan a buscarlo.

No había nada en la expresión de Tanner que reflejara lo que estaba pensando. La trataba como si fuera un cliente más. En cualquier caso, lo más importante en aquel momento era salvar a su padre. Los dedos le temblaban mientras lo llamaba.

– ¿Papá? Soy Madison.

– Hola, cariño. ¿Cómo te encuentras?

– Estoy bien, papá. Escucha, tienes que parar el coche inmediatamente, por favor. Tienes un problema en el motor.

Esperó conteniendo la respiración, deseando que la creyera.

– Madison, ¿estás tomándote la medicación? Es muy importante que hagas caso a los médicos. Hemos sufrido mucho. Todos queremos que te pongas bien, pero tienes que seguir el tratamiento.

– ¡Papá, no estoy loca! ¡Tienes que hacerme caso!

– ¿Qué es todo ese ruido, Madison? ¿Dónde estás?

– En el despacho de mi agente de bolsa. Christopher me ha traído aquí para que le transfiriera acciones por valor de diez millones de dólares. Necesita ese dinero para…

¿Qué importaba? Su padre nunca la creería.

Se volvió mientras los hombres de Tanner sacaban a Christopher de la habitación.

– ¡Te atraparé! -le gritó Christopher a Madison mientras salía-. Todo esto es culpa tuya. Te atraparé y me aseguraré de que desees estar muerta, ¿me has oído?

En aquel momento la abandonaron las fuerzas. Incapaz de seguir soportando la situación, Madison le tendió a Tanner el teléfono.

– Mi padre no me hará ningún caso. A lo mejor tú puedes convencerlo.

Y se aferró a una silla antes de que le fallaran las piernas.


Tanner permanecía en la pista esperando a que llegara el helicóptero. Tenía un coche preparado para llevar a Blaine Adams a su casa, donde por fin podría ver a su hija y ser interrogado por la policía.

Había sido un día infernal, pensó Tanner. Hilliard había sido arrestado y había una orden de busca y captura contra sus amigos de la mafia rusa, pero imaginaba que eran escasas las posibilidades de atraparlos.

Vio el helicóptero en la distancia y se recordó a sí mismo que no era una buena idea darle un puñetazo al padre de Madison. Pero era precisamente eso lo que le apetecía. Sacudirlo por haber puesto a su hija en peligro. Tanner sabía que Adams había actuado movido por la ignorancia, pero eso no justificaba lo que había pasado. Madison había estado a punto de morir porque su padre no era capaz de abandonar su trabajo el tiempo suficiente como para enterarse de lo que estaba pasando a su alrededor.

Esperó a que aterrizara el helicóptero y se acercó a él para ayudar a bajar a su único pasajero.

– ¿Señor Keane? -le preguntó Blaine Adams en cuanto bajó del helicóptero-. Me dijeron que se reuniría conmigo. Quizá usted pueda explicarme lo que está pasando. No le encuentro sentido a nada de lo que me han contado.

– No me sorprende. ¿Sabe quién soy?

– Por supuesto. Usted es el hombre al que contrató mi yerno para rescatar a mi hija.

– Christopher Hilliard, que ya no está casado con su hija, ha sido detenido. Está acusado de varios delitos, entre ellos secuestro, extorsión e intento de asesinato. Es posible que lo juzguen también por la muerte de sus padres. Siempre ha habido algunas sospechas por la forma en la que les fallaron los frenos. Con el dispositivo que la policía ha encontrado en los frenos de su coche, señor Adams, tendrán todas las pruebas que necesitan.

Blaine palideció y se apoyó en la limusina que lo estaba esperando.

– No lo entiendo. ¿Qué está usted diciendo? Christopher nunca…

– Hilliard es capaz de hacer muchas cosas y las ha hecho. Esos inventos de los que está tan orgulloso y en los que ha trabajado durante meses, se los ha comprado a la mafia rusa. Lo único que ha hecho Hilliard ha sido convencer a todo el mundo de que los había inventado él. Organizó ese secuestro para conseguir los quince millones que necesitaba para pagar su invento. Los otros cinco eran para deudas de juego.

– No, es imposible. Christopher es como un hijo para mí, como un hermano.

– Christopher es un mentiroso que ha intentado matar a su hija. Su hija estaba conmigo y no en un psiquiátrico. Engañó a su hija intentando convencerla de que usted había sufrido un ataque al corazón y ella puso en riesgo su vida para venir a verlo. -Tanner lo fulminó con la mirada-. En lo que a Madison concierne, está usted completamente ciego. No sé nada de su esposa, pero el único problema mental de Madison es lo mucho que lo quiere a pesar de que le ha dado la espalda. Madison es una mujer inteligente y decidida. Es mucho más de lo que usted se merece.

– No lo comprendo -susurró Blaine-. ¿Christopher ha intentado matar a Madison?

– ¿Cómo cree que se hizo esa cicatriz que tiene en la cara?

– Ella me dijo que se había caído.

– La empujó Christopher. Y también la amenazó, la secuestró y le dijo que si no le entregaba diez millones de dólares, pondría en funcionamiento el dispositivo para destrozarle los frenos del coche y lo mataría.

– ¡Oh, Dios mío!

Temiendo que el padre de Madison pudiera desmayarse, Tanner le abrió la puerta de atrás de la limusina y lo ayudó a subir.

– Este coche lo llevará a su casa. Allí lo está esperando la policía para interrogarlo. Madison llegará más tarde. Y le sugiero que intente que sea muy, muy feliz. Si me entero de que ha intentado defender a Christopher delante de ella, lo perseguiré hasta hacerle desear la muerte. ¿Ha quedado claro?

– Señor Keane, no necesito que me diga cómo tengo que cuidar de mi hija.

– ¿Ah, no? Ha estado ignorándola y minusvalorándola durante años. Alguien tendrá que cuidarla.

– Y supongo que cree que esa persona es usted.

– No creo que haya nadie mejor.

Tanner retrocedió y cerró la puerta. Cuando la limusina se alejó, regresó a su coche y se dispuso a conducir hacia la casa de seguridad. Madison ya habría terminado la primera ronda de interrogatorios. Tanner le había pedido a Ángel que la llevara a la casa de seguridad para que recogiera sus cosas y aunque quizá fuera una tontería, Tanner quería verla por última vez.


Capítulo 19

Madison terminó de guardar sus cosas. Ya había metido el ordenador portátil en la maleta y había recogido sus útiles de aseo del cuarto de baño. No le quedaba mucho por hacer, lo que significaba que no tenía excusa para prolongar su marcha. Pero quería ver a Tanner antes de irse. Ángel le había dicho que pensaba dejarse caer por allí, pero no había sido más concreto y Madison tenía la sensación de que si no veía a Tanner en aquel momento, desaparecería de su vida para siempre.

Cerró el maletín. El sonido de unos pasos en el pasillo la hizo tensarse. Se volvió, pensando encontrarse con Ángel, pero fue a Tanner al que vio en el marco de la puerta.

El corazón le dio un vuelco y sintió un inmenso alivio. Tanner había vuelto.

Hablar le resultaba imposible, de modo que hizo lo único que parecía tener sentido. Corrió hacia él.

Tanner la agarró y la estrechó contra su pecho como si no quisiera soltarla jamás. Madison podía sentir su calor, su fuerza y la firmeza de los latidos de su corazón. Por fin, pensó con inmensa gratitud.

– Lo siento -susurró sin dejar de abrazarse a él-. Lo siento mucho.

– No lo sientas.

Retrocedió lo suficiente como para mirarla a los ojos y sonrió.

– Leí el correo que te envió la secretaria de tu padre. Esa mujer llevaba años trabajando con él. La conocías desde que eras una niña, ¿por qué no ibas a fiarte de ella?

– Debería haber sabido que Christopher podía convencer a cualquiera. Y después de hablar con ella llamé al hospital. Todo parecía tan real…

– Lo sé. Christopher habría hecho cualquier cosa para obligarte a salir. No te culpes por lo ocurrido.

– ¿Y a quién voy a culpar si no? -le preguntó-. ¿Estás bien? ¿Te hizo algún daño el sedante?

– Me produjo un ligero dolor de cabeza, pero ya me he recuperado.

Madison estudió su rostro, miró atentamente sus ojos y aquella boca que podía llevarla al paraíso.

– ¿Cómo conseguiste encontrarme? Sabía que podías seguirme hasta el hospital, pero después de eso…