Blaine le sonrió.

– No me habías dicho que faltaba tan poco para que terminaras con esa investigación.

Christopher sonrió en respuesta.

– Pues sí. Es un trabajo de lo más emocionante, Blaine. Apenas puedo alejarme del laboratorio. Sé que dirigir la empresa es importante, pero cuando disfruto verdaderamente es con la investigación.

– No podría estar más de acuerdo contigo. Tus padres estarían muy orgulloso de ti, hijo.

Christopher inclinó la cabeza como si fuera demasiado modesto para recibir elogios.

– Ellos esperaban grandes cosas para la empresa y yo he tratado de cumplir sus sueños. Y ahora, con este nuevo desarrollo tecnológico, por fin podré hacer lo que ellos siempre desearon.

– Eres muy duro contigo -dijo Blaine-, pero es una buena cualidad. Eso te hace trabajar más -alzó su copa de vino-. Sí, creo que ha llegado el momento. Anunciaremos la fusión de nuestras empresas. Todavía habrá que cerrar todos los detalles, pero por mí ya está cerrado el trato, ¿de acuerdo?

Christopher alzó también su copa.

– De acuerdo.

Así de fácil, pensó mientras bebía. Problema resuelto. Tendría los quince millones de Stanislav y los cinco para pagar sus deudas de juego y ya no le importaba nada no volver a ver a Madison en toda su vida.

De momento no la mataría. Por una parte, no quería que nada distrajera a Blaine y por otra, no sabía dónde estaba aquella bruja.

Esperaba que no hubiera conseguido convencer a Tanner. En realidad dudaba que hubiera podido hacerlo. Aquel hombre tenía fama de ser duro como el hielo. Era un profesional, de modo que, ¿cómo iba a convencerlo su estúpida ex mujer no sólo de que la protegiera sino de que trabajara para ella?

Christopher sabía que era él el que estaba detrás del robo del portátil, pero no le preocupaba. No tenía manera de descifrar el contenido de su ordenador. Pero lo irritaba que se hubiera atrevido a entrar en su casa para llevarse los pendientes de Madison.

Quería a Madison y quería a Keane. Tenía a dos equipos de hombres buscándolos, pero hasta entonces no habían encontrado nada. Y le habían advertido que Keane era capaz de desaparecer como el humo.

Pero los encontraría y cuando lo hiciera, encerraría a Madison de verdad. Y en cuanto estuviera finalizada la fusión, la mataría de forma que pareciera que se había suicidado.

– Siempre me ha preocupado lo que pasaría con mi empresa cuando muriera. No podía dejársela a Madison. Con la fusión, tú estarás a cargo de ella. Y así sabré también que habrá alguien cuidando siempre a Madison.

– Tienes mi palabra -dijo Christopher mientras se levantaba-. ¿Me perdonas un momento? Tengo que ir a comprobar algo relacionado con el trabajo.

Christopher salió del estudio y se metió en su despacho. Allí descolgó el teléfono y marcó un número que se sabía de memoria.

– Soy Hilliard -dijo en cuanto contestaron-. Tendré el dinero dentro de cuarenta y ocho horas.

– Muy bien -dijo Stanislav-. Y yo los dos últimos componentes. Haremos el intercambio en el lugar habitual. ¿A las siete en punto?

– Allí estaré.


Madison se estiró en el sofá y miró a través de la ventana abierta el cielo oscuro de la noche.

Después de la experiencia del secuestro y de haber pasado dos días enteros con los ojos vendados, pensaba que no soportaría volver a estar a oscuras. Y quizás hubiera sido así con cualquier otra persona, pero no con Tanner. No sólo confiaba en él, sino que le gustaba que no jugara con ella.

– ¿En qué estás pensando? -le preguntó Tanner deslizando la mano por su brazo desnudo.

– En que no juegas conmigo -respondió-. No intentas engañarme.

– Ése no es mi estilo.

Madison sonrió.

– Y me alegro. ¡Ah! Y además tampoco te interesa mi dinero.

Tanner hizo una mueca.

– Ni lo más mínimo. Además, tengo mi propio dinero.

– ¿Tanto como yo? -preguntó Madison con una sonrisa.

– Tú sólo tienes una parte de las acciones de la empresa de tu padre. ¿Cuánto valdrán?

– Unos diez millones solamente. Dinero de bolsillo.

– Sí, creo que tienes más dinero que yo.

Madison soltó una carcajada.

– No te preocupes por eso. Además, en realidad yo no tengo el dinero. Tengo las acciones, lo que significa que tengo que venderlas para poder conseguir dinero. Y también tengo el dinero que me dejó mi madre, que es de lo que vivo.

– Podrías pedirle a la fundación para la que trabajas que te pagara.

– Podría, pero no lo haré. ¿Cómo voy a aceptar un salario que no necesito cuando con ese dinero podemos operar a otro niño? En cualquier caso, me alegro de que no te interese mi dinero. Sé que era una de las cosas que más le interesaban a Christopher. Lo más curioso del caso es que, precisamente por su apellido y por el dinero que yo pensaba que él tenía, jamás se me ocurrió pensar que podía importarle mi fortuna. Cuando lo descubrí, no me lo podía creer.

– ¿Qué ocurrió?

– Fue en una fiesta a la que asistían numerosos científicos. Yo circulaba de grupo en grupo, haciendo las veces de anfitriona, pero todo el mundo estaba muy ocupado hablando de chips de ordenadores y de todo ese tipo de cosas. Así que me limitaba a mirar y a estar atractiva.

– ¿Y qué ocurrió? -le preguntó.

– Oí a Christopher hablando con uno de esos científicos. A su interlocutor le sorprendía que yo no supiera nada sobre su trabajo. Christopher señaló un jarrón que había encima de la mesa y dijo que yo era exactamente eso: una obra de arte completamente vacía.

Tanner le dio un beso en la frente.

– Sólo un idiota podría no ver lo que hay detrás de esos enormes ojos azules.

– Me quedé completamente estupefacta y pasé los siguientes días pensando en lo que había dicho. Decidí que de alguna manera, tenía razón. Entonces fue cuando comencé a cambiar, a convertirme en una persona mejor. Unos meses después, empecé a trabajar con los niños.

– ¿Qué le respondió el científico a Hilliard?

Madison se encogió de hombros.

– Era un científico ruso que había abandonado a su mujer y a sus hijos porque eran menos importantes que el trabajo para él. No creo que le sorprendiera.

– ¿Un científico ruso? -preguntó Tanner, mirándola fijamente.

– Claro. Había muchos. Algunos ni siquiera hablaban inglés. Yo aprendí algunas frases en ruso para poder hablar con ellos, pero Christopher me dijo que dejara de intentarlo, que sólo conseguía ponernos en ridículo.

– ¿Ruso?

– Sí, ruso, ¿por qué?

– Porque podría ser la información que necesitamos. ¿Te acuerdas de cómo se llamaba ese hombre?

– No, pero seguramente tendré la lista de invitados en el ordenador. Conservaba todas las listas de invitados para saber a quién habíamos invitado y cuándo.

– ¿Puedes acceder a esa información?

– Claro.

Tanner se sentó y le enmarcó el rostro con las manos.

– Después de aquella fiesta, ¿cuánto tiempo pasó hasta que Christopher comenzó a trabajar en ese nuevo producto tecnológico?

Madison intentó recordar.

– Varios meses. Seis quizá.

– Si yo fuera él, no lo vendería inmediatamente -dijo Tanner, hablando para sí-. De hecho, intentaría retrasar el proceso para que pareciera que yo mismo lo he inventado…

– ¿Qué quieres decir? -Madison se levantó y corrió a su lado-. ¿Que ha comprado la tecnología para eludir radares a los rusos?

– Quizás. El único posible vendedor tiene que ser la mafia rusa. Claro, de esta forma todo tiene sentido.

Regresaron a la sala de control, y Tanner la hizo sentarse frente a uno de los ordenadores, desde el que podía acceder a los contenidos de su portátil. Madison buscó las listas de invitados.

– ¿Quieres que te ayude? -le preguntó Tanner.

– Por supuesto.

Cuanto antes averiguaran que se proponía Hilliard, antes podrían atraparlo.

– ¿Cuánto puede costar un dispositivo como ese? -preguntó Madison.

– Millones. Cientos de millones, quizás.

– Así que podría haber necesitado el dinero de mi secuestro para comprarlo.

– Seguramente. Y probablemente también eso le ha supuesto problemas con el vendedor. La mafia rusa no tiene mucha paciencia.

– No me gusta que esté tan desesperado. Podría poner a mi padre en peligro.

– Lo sé. Pero mi equipo continúa vigilando a tu padre. -Tanner extendió las listas sobre la mesa-. Eliminaremos los nombres repetidos y cuando tengamos una lista reducida, intentaré averiguar quien es quien.


A las tres de la tarde siguiente, Madison encontró por fin respuesta para al menos una de las muchas preguntas que se acumulaban en su cabeza. Excepto durante las tres horas que había dedicado a dormir, no se había separado del ordenador. Habían conseguido seleccionar a todos los posibles sospechosos y habían terminado reduciendo la lista a cuatro personas.

Cuando vio que tenía un mensaje esperándola, hizo clic en el icono correspondiente y descubrió que se trataba de un mensaje de la empresa de su padre. En cuanto lo abrió y leyó el titular, comprendió que los problemas económicos de Christopher acababan de solucionarse.

– Christopher y mi padre han fusionado sus empresas -le dijo a Tanner, que trabajaba sentado frente a otro de los ordenadores de la sala de control-. No sé si es una buena o una mala noticia. Lo han anunciado cuando la bolsa estaba cerrada, pero mañana, las acciones de Christopher alcanzarán un precio espectacular. Su empresa es mucho más pequeña que la de mi padre, pero sé que tenía acciones. Ahora puede venderlas y sacar una buena cantidad.

– ¿Veinte millones?

– Posiblemente. ¿Crees que esto mejora o empeora la situación de mi padre?

– Hilliard no va a hacer nada públicamente. Durante las próximas semanas, ambas empresas van a estar bajo un riguroso control.

– Y necesitará que también mi padre aparezca en público. Así que hemos ganado algún tiempo para él.

Tanner se acercó hasta ella y se agachó al lado de su silla.

– Ni siquiera sabemos si tu padre ha corrido nunca algún peligro. Hilliard no mata por placer. Siempre tiene un plan.

– Lo sé. Lo que me asusta es lo mucho que mi padre confía en él. ¿Por qué no será capaz de darse cuenta de la verdad?

– Quizá porque no quiere. Tú misma me dijiste que no le gusta complicarse la vida.

Madison asintió.

– Si fuera capaz de ver a Christopher como lo que es, todo cambiaría. Pasé toda una época de mi vida deseando hacer feliz a mi padre. Incluso estudié matemáticas y física durante los primeros años de universidad, pero él ni siquiera se dio cuenta. Al final, dejé de intentarlo.

– ¿Querías participar en el negocio de la familia?

– No lo sé. En realidad no era una opción. Mi padre siempre ha creído que soy como mi madre.

– Y si Hilliard continúa alimentando la historia de que tienes alguna debilidad mental, jamás podrá creerse que estás bien.

– Exacto.

– Pero quizá las cosas cambien.

– Quizás. Yo podría… -en ese momento apareció un nuevo mensaje en su buzón-. A lo mejor es otra noticia sobre la fusión.

Marcó el mensaje y se sorprendió al ver que era de Christopher. Inmediatamente sintió frío y el miedo se transformó en un nudo en la boca de su estómago. Tanner se levantó, agarró la silla más cercana y se sentó a su lado, dispuesto a ayudarla.

– Adelante, estoy contigo.

Madison abrió el mensaje.

“Madison, sé que piensas que todo esto es un truco, pero tu padre está muy enfermo. El problema es que está empeorando su corazón. Ésa es la razón por la que por fin se ha mostrado de acuerdo en fundir las empresas. Quiere que lo hagamos antes de que sea demasiado tarde. No sabes lo preocupado que está por ti. Tu ausencia lo está matando. Si no me crees, ponte en contacto con su médico y pregúntale por su última cita. Me parece bien todo lo que puedas pensar de mí, pero tienes que ver a tu padre. Es posible que no te quede mucho tiempo.”

– Es muy bueno -reconoció Tanner.

Madison no podía hablar. Se le había secado la boca y apenas podía respirar.

– No… no es cierto, ¿verdad? -preguntó en un susurro.

– Sabes que no. Tu padre está bajo vigilancia y sabemos que no ha ido al médico. Hilliard está jugando sucio.

– Quiero creerte, Tanner.

– ¿Cómo puedo convencerte, Madison? ¿Quieres que consiga una copia de sus informes médicos?

– ¿Podrías hacerlo?

– Claro. Me llevará un día o dos, pero lo conseguiré. No dejes que todo esto te afecte, Madison. Forma parte de su juego.

– Lo sé y no quiero preocuparme, pero no puedo evitarlo. Mi padre es la única familia que tengo. Si le ocurriera algo…

– No le sucederá nada, te lo prometo. Conseguiré esos informes. ¿Y qué más puedo hacer para que te quedes tranquila?

Madison quería pedirle que le permitiera ver a su padre, pero sabía que sería un error que los pondría a los dos en peligro. Sabía además que aunque lo viera, no podría decirle la verdad. Aquella rocambolesca historia sólo serviría para confirmar los peores temores de su padre sobre su salud mental.

– Ya has hecho mucho por tranquilizarme.

– Puedo hacer más.

– No, de verdad, ponte a trabajar.

Se inclinó hacia él para darle un beso antes de que Tanner se acercara su ordenador. Inmediatamente volvió a prestar atención a la pantalla, pero en vez de ver en ella las letras del ordenador, vio el rostro de Tanner ofreciéndole cualquier cosa que pudiera necesitar para tranquilizarse.

Era un buen hombre. Jamás había conocido a nadie como él. Pertenecían a mundos muy diferentes, pero parecían llevarse muy bien en aquellas circunstancias.

Pero, ¿qué sucedería después?, se preguntó. Cuando atraparan a Christopher, ¿volvería Tanner a su vida y ella a la suya? Madison sabía que jamás podría olvidarlo, que Tanner le había hecho cambiar para bien. Se sentía más fuerte después de haberlo conocido. Aquel hombre había sabido llegarle al corazón.

¿Y quería algo más de él? Poco importaba la respuesta. Conociéndolo como lo conocía, comprendía que Tanner siempre viviría en la sombra. Un hombre como él necesitaba una buena razón para salir a la luz. Y no sabía si ella era una razón suficientemente buena.


Capítulo 16

Tanner se despertó a causa de un pitido suave, pero insistente. Tardó un par de segundos en ubicarse y orientarse, pero cuando lo hizo se dio cuenta de que se había quedado dormido en el sofá de la sala de control. No era muy inteligente por su parte, pensó mientras se levantaba y se estiraba para desentumecer los músculos. Pero había querido estar lejos del dormitorio para evitar la tentación de reunirse con ella en su cama. Sabía que su relación era temporal y no tenía ningún sentido acostumbrarse a nada. Así que había decidido quedarse en el sofá y sus doloridos músculos estaban sufriendo las consecuencias.

Siguió la dirección de aquel insistente pitido y sonrió de oreja a oreja.

– ¡Genial!

Su programa de descodificación estaba empezando a funcionar: había conseguido acceder al ordenador portátil de Hilliard. Tenía todos y cada uno de sus ficheros a su disposición.