Cuando Madison terminó de escribir sus correos, entró en una de sus páginas favoritas para comprar. Aunque no tenía intención alguna de comprarse unos zapatos, no le haría ningún daño mirar.

Estuvo consultando diferentes páginas de Internet antes de detenerse a contemplar unas sandalias de tiras a las que no estaba en absoluto acostumbrada.

– Pero son tan bonitas… -musitó.

Movió el cursor para seleccionar el número, pero antes de que pudiera hacer clic, apareció un mensaje en el centro de la pantalla. El mensaje contenía exactamente dos palabras: «Hola, Madison».

Madison se levantó bruscamente de la cama y salió de la habitación.

– ¡Tanner! -gritó-. ¡Tanner, me ha encontrado! ¡Me ha encontrado!

Tanner estaba ya a medio pasillo. Madison se precipitó hacia él.

– ¿De qué estás hablando? ¿Cómo es posible que te haya encontrado?

– No lo sé. Pero está ahí, en mi ordenador.

Tanner no cambió de expresión. La envolvió en sus brazos y la estrechó contra él.

– Tranquilízate. Encontrarte en Internet no es lo mismo que localizarte físicamente.

– Pero puede rastrear mi conexión.

– No, no puede -respondió Tanner con una sonrisa.

– ¿Me lo prometes?

Tanner se llevó la mano al corazón.

– Vamos. Veamos lo que tiene que decir.

Encontraron un segundo mensaje en el ordenador. Decía: «Madison, ¿estás ahí?»

Madison miró a Tanner.

– ¿Debería contestar?

– ¿Por qué no? Estás a salvo. A lo mejor podemos hacerle sufrir un poco. O podemos jugar con él.

A Madison le gustó la idea.

– ¿A qué clase de juego?

– Puedes hacerle creer que tiene alguna posibilidad de recuperarte. Eso podría funcionar a nuestro favor.

– De acuerdo. Me parece bien -se sentó en la cama y se colocó el portátil en el regazo-. ¿Qué debería contestarle?

– Que te sorprende haber tenido noticias suyas.

Madison tecleó la frase y esperó. Tanner se sentó a su lado. El colchón cedió ligeramente y Madison se descubrió deslizándose hacia él. Sus muslos y sus caderas se rozaron de una forma que la hizo ser consciente de su fortaleza física. Algo que en aquel momento le resultaba muy tranquilizador.

«Siento todo lo que ha pasado, debes de estar muy asustada», escribió Christopher.

– No lo sabe. No tiene la menor idea de que sé que ha sido él quien me ha secuestrado. El muy mentiroso…

Esperó un segundo y tecleó:

«Están pasando muchas cosas extrañas. No sé qué pensar de todo esto».

«Es lógico», respondió él. «Madison, estoy preocupado por ti. Por favor, vuelve a casa conmigo».

– Por nada del mundo -dijo Madison en voz alta.

Pero tecleó: «No confío en ti».

– Eso se lo creerá -le dijo a Tanner.

La respuesta llegó unos segundo después.

«Estoy dispuesto a hacer lo que quieras para recuperar tu confianza».

– Dile que tienes que pensártelo -le recomendó Tanner.

– De acuerdo -contestó ella, y lo tecleó.

– Ahora desconecta. Es preferible que esté pendiente de ti.

Madison estaba encantada de cortar la conexión. En cuanto lo hizo, dejó el ordenador en la mesilla y se volvió hacia Tanner.

– ¿Cómo pudo saber que estaba conectada? -le preguntó.

– Para él no es difícil seguir el rastro de un ordenador. Pero saber que estás utilizando un ordenador no es lo mismo que saber dónde vives.

Le acarició la mejilla mientras hablaba. Y al sentir el calor de su mano, Madison recordó que había corrido a buscarlo en cuanto se había sentido amenazada. Y comprendió que le gustaba que la acariciara.

El calor que emanaba de su cuerpo parecía extenderse por su piel, haciéndola desear inclinarse hacia él. Posó la mirada en su boca. ¿Cómo sería Tanner cuando estaba con una mujer? ¿Duro? ¿Tierno? ¿Intenso?

Tanner se levantó de pronto y hundió las manos en los bolsillos.

– Quiero entrar mañana por la noche en su casa.

– ¿Tienes toda la información que necesitas?

– Sí, los últimos detalles me los darán mañana por la mañana.

– Iré contigo.

– No.

– Conozco la casa y sé dónde está la caja fuerte. Además, es mi vida la que estamos intentando proteger.

– Eres una aficionada, además del objetivo de Hilliard. Tienes que permanecer a salvo, y eso significa que tendrás que quedarte aquí. Y estoy hablando en serio, Madison.

– Esa decisión no puedes tomarla tú. Pienso ir. Además, me lo debes.

Tanner no movió un solo músculo, pero Madison sintió el cambio sutil que se produjo en su interior. Y en ese momento supo que había ganado.

– No quiero que te maten -dijo Tanner con rotundidad.

– Y yo tampoco, pero sigo queriendo ir.

Tanner sacudió la cabeza como si estuviera lamentando su decisión al tiempo que la tomaba.


Capítulo 12

Madison se vistió de negro a petición de Tanner. Le gustaba sentirse como un extra en una película de James Bond y hacía todo lo que podía para concentrarse en su papel en vez de en los nervios que se acumulaban en su estómago. En cualquier caso, quería participar en aquella operación, principalmente para demostrarse a sí misma que no iba a dejarse vencer por el miedo.

No había terminado de formular aquel pensamiento cuando Tanner ya estaba llamando a la puerta de su dormitorio.

– Está abierta -contestó ella, mientras agarraba unos zapatos negros.

– ¿Estás lista? -le preguntó Tanner en cuanto entró.

– Ahora mismo me siento casi invisible -se puso los zapatos.

– Estupendo. Toma -le dio una gorra negra.

Madison inspeccionó la parte delantera de la gorra, como si esperara encontrar algún logotipo, pero la gorra no tenía ningún dibujo.

– No, no tenemos mascota -comentó Tanner secamente.

– Deberías buscar una -contestó Madison con una sonrisa-. Un gato negro, o un murciélago, quizá.

– No somos vampiros.

– Me alegro de saberlo.

Tanner se quedó mirándola fijamente.

– Imaginaba que estarías nerviosa.

– Y lo estoy pero lo disimulo con el buen humor. Inteligente, ¿verdad?

– Brillante. Ángel aparecerá en cualquier momento, repasaremos el plan y saldremos. Por cierto, ¿cuánto café has tomado?

Ya eran casi las doce. Tanner le había advertido que el plan era entrar en casa de Christopher alrededor de las dos de la madrugada y Madison había estado muy preocupada porque temía no estar suficientemente despierta para entonces.

– Cinco tazas desde las ocho de la noche -le dijo, sintiendo la cafeína corriendo por sus venas.

– Genial. Así que estás completamente alerta.

– Y preparada para la acción.

– Cuando se te pase el efecto de la cafeína, te vas a venir abajo.

– Lo sé, pero de momento me ayudará a entrar en la casa.

Tanner continuaba sin parecer muy convencido, pero no se quejó.

– Vamos, te presentaré a Ángel -dijo de pronto.

– ¿Ya está aquí?

Justo en ese momento, llamaron a la puerta. Madison se puso la gorra y siguió a Tanner al pasillo.

– ¿Cómo has hecho eso? ¿Cómo sabías que ya estaba aquí?

– Por experiencia.


Físicamente, Ángel era más atractivo que Tanner, pero el color gris de sus ojos le resultó a Madison aterrador. Advirtió que tenía una cicatriz en el cuello y se preguntó quién habría intentado matarlo y qué le habría ocurrido después de haber fracasado. Dudaba que estuviera vivo para contarlo.

– Madison -dijo Tanner, haciéndole un gesto para que se acercara-, éste es Ángel.

– Hola, soy Madison -lo saludó con una sonrisa.

Ángel la recorrió de pies a cabeza con una mirada que la hizo sentirse desnuda y le tendió la mano.

– Encantado.

Se estrecharon la mano y Madison se escondió detrás de Tanner.

– Parece que la pongo nerviosa -comentó Ángel con una sonrisa.

– No, no me pones nerviosa -protestó Madison-, pero con todo lo que me ha pasado durante este par de semanas, tengo cierto recelo hacia los extraños.

– Yo le confiaría mi vida a Ángel -dijo Tanner-. Y tú también puedes hacerlo.

– Me alegro de saberlo.

Se acercaron a la sala de control y allí los hombres se pusieron los cinturones en los que llevaban el equipo. Madison reconoció las navajas y las linternas, pero poco más.

Habían repasado varias veces el plan, de modo que se sentía ya muy cómoda con la teoría. Era la realidad lo que la preocupaba.

Tanner se acercó al armario, sacó un chaleco y le hizo un gesto a Madison para que se acercara.

– ¿Crees que habrá un tiroteo? -le preguntó ella, repentinamente asustada.

– No, pero es mejor estar preparados.

Le sostuvo el chaleco mientras se lo ponía y la ayudó a atárselo. La prenda era sorprendentemente rígida y pesada.

– No me gustaría tener que correr con esto -comentó Madison.

– No deberíamos tener por qué hacerlo.

Tanner buscó de nuevo en el armario y le tendió una pistola.

– No puedo…

– No es una pistola normal -la interrumpió Tanner-. Esta pistola dispara un sedante de acción instantánea. Si alguien va por ti, apunta y dispara.

– De acuerdo.

Tanner le enseñó a asegurar y a amartillar la pistola y después le colocó la pistolera en las caderas. Le entregó también una linterna y un teléfono móvil del que ya habían hablado.

– En el caso de que ocurriera algo, aléjate del radio de acción y presiona la tecla que te indiqué. Inmediatamente estarás en contacto con un hombre llamado Jack. Cuéntale lo que ha pasado e irá a buscarte en menos de cinco minutos.

– Eso quiere decir que algo puede salir mal.

– Siempre hay alguna posibilidad. Yo preferiría que te quedaras aquí. ¿Prefieres quedarte?

– No, necesito hacer esto.

No sabía por qué, pero la sensación era suficientemente fuerte como para ayudarla a vencer el miedo.

Salieron los tres juntos al garaje, donde los estaba esperando la furgoneta. Tanner y Ángel se sentaron delante, con el primero de ellos al volante. Treinta minutos después, llegaron a una de las calles cercanas a la casa. Tanner apagó el motor mientras Ángel hablaba con voz queda a través de una especie de walkie-talkie. Menos de diez segundos después, Tanner se volvía hacia ella.

– Madison, si quieres puedes quedarte en la furgoneta.

– Ni lo sueñes.

Era una noche nublada y silenciosa. Madison se estremeció ligeramente al salir, pero no se quejó. No quería que Tanner tuviera ninguna excusa para obligarla a quedarse atrás.

– Alarmas desconectadas -susurró Ángel.

– A partir de ahora -le advirtió Tanner-, no hables y no te alejes de mí. Si la situación se complica, vuelve a la camioneta y si en diez segundos no hemos aparecido ni Ángel ni yo, utiliza el teléfono móvil, sal de la camioneta y dirígete hacia el sur -señaló hacia la izquierda.

– Sé dónde está el sur -lo que no sabía era si iba a ser capaz de marcharse sabiendo que podía estar ocurriéndole algo a él.

– Tendrás que marcharte -le dijo Tanner como si le hubiera leído el pensamiento-. Si no lo haces, Hilliard podrá atraparte, y ninguno de nosotros quiere que eso ocurra.

Entraron al jardín de la casa a través del de los vecinos, utilizando una puerta de la que Madison ya le había hablado. Una vez en el jardín de Christopher, se acercaron escondidos tras los arbustos hasta los guardias de seguridad y doblaron la esquina.

Madison jamás había hecho nada parecido y le producía una extraña sensación de irrealidad estar haciendo algo así en la casa en la que antes vivía.

Tanner se agachó al lado de las puertas que daban a la casa. Ángel se acercó a su lado. Y Madison acababa de unirse a ellos cuando las puertas se abrieron. Accedieron al interior. Como habían desconectado la alarma, el vigilante jamás sabría que habían entrado. Buen truco, pensó Madison con cierto humor antes de mirar a su alrededor.

Todo estaba exactamente como lo recordaba. No había cambiado nada desde que ella se había marchado.

– ¿Dónde está su despacho? -musitó Tanner.

Madison señaló con la cabeza la dirección. Cruzaron el salón y entraron en el estudio. Ángel y Tanner se acercaron hasta el cuadro que había detrás del escritorio y presionaron un botón. El cuadro se deslizó lentamente. Madison se acercó hasta la caja fuerte y sintió que el corazón se le caía a los pies.

– No es la misma -imaginaba que eso era lo único que Tanner había cambiado en toda la casa-. ¿Ahora no la podremos abrir?

Tanner sonrió de oreja a oreja.

– Eso depende. ¿Te importa que no seamos muy sutiles?

– No, pero…

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería exactamente, sacó un cilindro del cinturón y apuntó con él hacia la cerradura de la caja. Echó un chorro de un líquido que desprendía un olor intenso y un segundo después, lo que antes era una cerradura infranqueable se había convertido en una masa pegajosa de metal líquido. Ángel abrió la puerta de la caja y sacó el ordenador.

Madison se puso de puntillas para mirar hacia el interior de la caja por detrás de Ángel.

– ¿Hay alguna joya? He echado de menos unos pendientes de diamantes que eran de mi abuela.

Ángel volvió a meter la mano en la caja después de contar con el asentimiento de Tanner y buscó entre los papeles hasta dar con una cajita de terciopelo que le tendió inmediatamente a Madison.

Madison abrió la cajita y encontró dentro los pendientes en cuestión.

– ¡Genial! Me dijo que los debía de haber perdido yo. ¡Qué canalla!

– Supongo que eres consciente de que de esa forma sabrá que tú has participado en esto. No pensábamos llevarnos de aquí ni documentos ni dinero.

– Podemos llevárnoslos también, aunque sólo sea para despistar.

– No creo que tenga ninguna duda sobre quién ha hecho esto, pero si quieres llevarte algo, adelante.

Madison negó con la cabeza. No quería nada de Christopher, excepto lo que le pertenecía legítimamente.

Tanner se colocó la mochila a la espalda.

– Vamos.

Madison retrocedió para dejarlos pasar, pero al hacerlo, golpeó el cuadro que escondía la caja fuerte. El cuadro comenzó a moverse. Madison contuvo la respiración. Ángel y Tanner se lanzaron hacia el marco, pero ya era demasiado tarde. El marco golpeó la puerta de la caja fuerte, que comenzó a cerrarse.

Hubo un segundo de silencio, seguido por el ensordecedor sonido de una alarma. Tanner gritó algo, la agarró del brazo y la sacó del estudio. Se encendieron las luces del piso de arriba.

Madison estaba horrorizada. No quería que la atraparan, pero tampoco quería que les ocurriera nada a Tanner o a Ángel. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

Ángel fue el primero en alcanzar la puerta de la calle y la mantuvo abierta. En vez de correr hacia la furgoneta, giró hacia una esquina. Tanner continuaba arrastrándola a ella.

El aullido de la alarma los seguía por toda la calle. Iban encendiéndose las luces de las casas cercanas. En cuanto se acercaron a la furgoneta, Tanner presionó el control remoto, las puertas se abrieron y el motor se puso en marcha.

– ¡Móntate detrás! -le gritó a Madison.

Madison obedeció y en cuanto estuvo en el interior, se asomó a la ventanilla. Vio salir al guardia de seguridad desde la parte de atrás de la casa; el guardia cruzó corriendo el jardín y de pronto se desplomó. Ángel apareció desde detrás de un arbusto y comenzó a correr en paralelo a la furgoneta.