Le había gustado verlo relacionarse con su familia. Se había mostrado cariñoso y comprensivo con las docenas de niños que pululaban por allí y muy atento con sus hermanos. Stephanie se había quedado impresionada al saber cómo se ganaba la vida. No había acertado mucho al pensar que era profesor o vendía zapatos. Nash trabajaba en un mundo oscuro y peligroso, lo que contribuía a hacer de él un hombre todavía más atractivo.

Stephanie se dijo a sí misma que tenía que dejar de pensar en Nash como en un cavernícola de torso desnudo que la empujaba hacia el lado salvaje. El pobre sólo había firmado como huésped de su posada, no como estrella protagonista de sus fantasías eróticas. Si él supiera lo que estaba pensando, probablemente se vería obligado a salir corriendo en medio de la noche pegando gritos.

Stephanie sacó los ingredientes necesarios para hacer galletas de chocolate y los dejó sobre la encimera.

– ¿Te ayudo? -preguntó Nash haciendo amago de levantarse de la silla en la que se había sentado. Ella negó con la cabeza.

– Las he hecho tantas veces que ni siquiera tengo que mirar la receta. Pero si te portas bien te dejaré probar una recién sacada del horno.

– Trato hecho.

– Bueno, ¿qué te ha parecido esta noche? -preguntó Stephanie rompiendo un par de huevos y echándolos sobre la harina.

– Ha estado bien. Pero no sería capaz de recordar el nombre de casi nadie.

– Yo que tú ni lo intentaría -aseguró ella calculando la medida del azúcar moreno-. ¿En qué parte de Chicago vives?

– Tengo una casa al lado del lago. Puedo ir caminando a los mejores restaurantes y cerca hay un buen circuito para correr.

– Yo nunca he estado allí, pero me imagino que no podrás correr mucho en invierno.

– Es cierto. Entonces me machaco en el gimnasio.

Desde luego su cuerpo daba fe de ello. Aunque dudaba mucho de que Nash se entrenara para presumir. No había duda de que lo necesitaba por su trabajo. Stephanie trató de no suspirar al imaginárselo en camiseta sin mangas y pantalones cortos levantando pesas. Concentró todas sus energías en batir vigorosamente los huevos.

– Crecí sólo con mi hermano y con mi madre -dijo Nash con calma-. Hasta ahora no he sabido lo que es una familia numerosa.

– Tardarás un tiempo en acostumbrarte a los Haynes -aseguró ella-. Pero vale la pena el esfuerzo.

Nash asintió con la cabeza.

– ¿Y qué me dices de ti? ¿Eres la mediana de siete hermanos?

– No exactamente -contestó Stephanie abriendo el bote de la vainilla en polvo-. Soy hija única. Mis padres eran artistas. Estaban muy centrados en sí mismos -aseguró con una sonrisa-. No les interesaba el mundo exterior. Cosas como la factura de la luz o la nevera vacía no iban con ellos. Tuve que crecer muy deprisa. Alguien tenía que ser el responsable y me tocó a mí.

– ¿Fue muy duro? -le preguntó Nash mirándola a los ojos.

– A veces sí. Pero también aprendí muchas cosas. Cuando terminé la universidad estaba más que preparada para enfrentarme al mundo real.

– ¿Querías tener familia numerosa?

– Claro. Cuando era pequeña pensaba que eso sería fantástico. Lo tenía todo planeado: mi marido, cinco hijos y un buen surtido de perros, gatos y roedores.

Había seguido pensando lo mismo cuando se casó con Marty. Pero cuando se dio cuenta de que había cometido un terrible error y descubrió casi al mismo tiempo que estaba embarazada, cambió de planes. Se resignó a tener sólo un hijo. Los gemelos habían sido un accidente. Una bendición, pero no planeada.

Si al menos Marty hubiera estado dispuesto a ser un adulto en lugar de un niño grande… Si al menos ella hubiera descubierto antes la verdad… Pero entonces no tendría a sus hijos, y los quería más que a nada en el mundo.

– ¿Stephanie?

– ¿Sí? -preguntó ella alzando la vista y cruzándose con sus ojos.

– ¿Estás bien? Te has quedado muy callada.

– Lo siento. Estaba pensando.

– ¿En tu marido? -preguntó Nash poniéndose de pie.

– Sí, pero no en el modo en que tú crees.

– ¿Es por haber ido conmigo a ese circo familiar?

– No. Eso ha estado muy bien. Esta noche me he divertido mucho.

Stephanie trató de sonreír, pero Nash estaba a escasos centímetros de ella, y su mirada oscura y brillante clavada en sus ojos le impedía respirar con normalidad.

– Es que no salgo mucho -matizó aclarándose la garganta.

– Con tres hijos y tu propio negocio seguramente no tendrás demasiado tiempo para citas.

– ¿Citas? -preguntó ella riéndose-. No, nunca.

– ¿Por qué no?

– Buena pregunta.

Stephanie mezcló los ingredientes secos con la mantequilla y comenzó a batir. Cuando la mezcla se hizo más espesa comenzó a costarle trabajo mover la cuchara.

– Yo lo haré -se ofreció Nash rodeando la isla central de la cocina y acercándose a ella.

Antes de que Stephanie se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, él ya le había quitado la cuchara y removía la masa con rapidez. Ella parpadeó sorprendida.

– ¿Por qué has hecho eso? -le preguntó-. ¿Por qué estás siempre dispuesto a ayudar?

– ¿Y por qué no?

No quería compartir con él la respuesta que tenía en mente. No quería decirle que había aprendido hacía tiempo a no depender de nadie.

– ¿Ahora va esto? -preguntó Nash señalando con la cabeza la bolsa abierta que contenía los trocitos de chocolate.

– Sí -respondió ella vertiendo el contenido en la masa.

– ¿Y por qué no sales con nadie?

Stephanie clavó la vista en la mezcla que tenía entre manos en lugar de arriesgarse a mirarlo. Aquélla era una pregunta muy, muy peligrosa.

– Es que… no hay muchos hombres interesados y yo no conozco a muchos.

– ¿No conoces a muchos hombres interesados?

– No conozco a muchos hombres.

– Así que no es que tú no estés interesada…

– Yo…

Las preguntas estaban yendo de mal en peor. ¿Interesada? ¿Lo estaba? No en el amor, desde luego. Había aprendido la lección. Pero en un hombre bueno… Alguien que fuera divertido y cariñoso… Alguien que pudiera abrazarla y satisfacerla…

– Podría estar interesada -reconoció con suavidad.

– Bien.

Nash dejó la cuchara de madera en el recipiente y se giró hacia ella. Antes de que Stephanie se diera cuenta de lo que estaba pasando, antes de que pudiera respirar o pararse siquiera a considerar si aquello era tan absurdo como parecía, él la estrechó entre sus brazos. Tal cual. Ella notó al instante el contacto de su cuerpo duro y viril. Luego vio cómo su rostro se acercaba cada vez más y supo que iba a besarla.

El último pensamiento racional de Stephanie fue que habían pasado doce años desde que otro hombre que no fuera Marty la besara y que había muchas posibilidades de que hubiera olvidado lo que había que hacer.

Entonces Nash reclamó su boca con un beso cálido, tierno y erótico que le paralizó el corazón y le dejó el cerebro totalmente seco. No podía pensar en nada, sólo sentir. Sentir y actuar.

Él apretó los labios contra los suyos con la presión justa para hacerle desear más a Stephanie.

Sintió unas manos grandes sobre la espalda. Sintió sus dedos, el calor de sus palmas, el roce de sus muslos sobre los suyos. El aroma de Nash la envolvió, la hechizó, provocó que las piernas le flaquearan y se le derritieran los músculos. Tuvo que rodearle el cuello con los brazos para mantenerse en pie.

Entonces Nash le recorrió los labios con la boca. Lentamente, descubriendo, explorando. Le lamió el labio inferior con la lengua. Ella no tenía ya voluntad y abrió los labios. Sintió una oleada de deseo. El sonido de su propia respiración le latía en la cabeza. Lo deseaba con una desesperación tal que tendría que haberla asustado pero que sólo conseguía crear en ella más ansia. Quería abandonarse salvajemente y hundirse en sus tórridos besos. Quería sentir sus manos por todas partes. Quería tocar y ser tocada, sentirse húmeda, sentirse llena. Quería perderse en un orgasmo que sacudiera los cimientos de la galaxia entera.

Por eso, cuando Nash volvió a deslizar la lengua por su labio inferior ella gimió desde la garganta. Y cuando entró en su boca sin vacilar, permitiéndole que lo saboreara, que lo sintiera, que bailara a su mismo son, Stephanie respondió con una intensidad que resultó tan desconocida para ella misma como el furioso deseo que sentía en su interior.

Lo besó apasionadamente, acompasando cada embiste de su lengua con la suya propia. Cuando Nash deslizó las manos desde su espalda hasta el trasero ella se arqueó, acercando el vientre a su impresionante erección.

Ambos parecían luchar desesperadamente por acercarse todavía más. Ladeando las cabezas, uniendo las lenguas, deslizando las manos… Se besaron, gimieron y se acariciaron.

Stephanie le recorrió la espina dorsal y luego sintió la dureza de su trasero. Mientras sus dedos se hundían en su carne, la erección de Nash se estrechó contra su estómago. Él le deslizó las manos por las caderas y subió después hasta la cintura. Al mismo tiempo apartó la boca de la suya y comenzó a besarla en el cuello y después subió a la oreja. Saboreó aquella piel tan sensible y mientras se perdía en el placer de aquellas sensaciones le mordisqueó el lóbulo. Al mismo tiempo le cerró las manos sobre los senos.

Stephanie tuvo que morderse el labio para contener un grito. Los largos dedos de Nash se ajustaban a sus curvas mientras le acariciaba con las yemas de los pulgares los pezones, completamente sensibilizados. Se sintió atravesada por una nueva ola de placer. Necesitaba más. Quería quitarse la ropa y quitarle a él la suya. Quería que la hiciera suya allí mismo, en la encimera. Quería que la tomara rápido y con fuerza, que le abriera las piernas, se hundiera entre ellas y la embistiera una y otra vez hasta que ambos perdieran completamente el control en un escalofrío de placer.

– Nash… -susurró al tiempo que empezaba a desabrocharle los botones.

Él le estaba subiendo el jersey cuando escucharon un crujido en el piso de arriba.

Stephanie sabía que eran los ajustes de la casa, que gemía cuando la temperatura caía en el exterior. Pero aquello fue suficiente para recordarle que estaban en la cocina y que en el piso de arriba dormían sus tres hijos. Se puso tensa casi imperceptiblemente. Nash captó de inmediato la señal y dio un paso atrás al instante.

Tenía el rostro enrojecido, los ojos dilatados y la boca húmeda de sus besos. Tenía el aspecto de un hombre más que preparado para dar una vuelta por el lado salvaje. Stephanie tenía la impresión de que ella parecería igual de excitada.

Pero se dijo a sí misma que mejor sería no pensar en cuánto tiempo llevaba sin hacer el amor. La realidad sería demasiado deprimente.

En medio del silencio de la cocina sólo se escuchaba el sonido de sus respiraciones agitadas. Nash fue el primero en recobrarse lo suficiente como para poder hablar. O tal vez no estuviera tan nervioso como ella.

– Hacía mucho que no besaba a nadie -confesó con voz entrecortada por el deseo-. No lo recordaba así.

– Yo tampoco -dijo Stephanie tras aclararse la garganta.

– ¿Estás bien?

Ella asintió con la cabeza.

– ¿Quieres que me disculpe?

– No. A menos que estés arrepentido.

– En absoluto -aseguró Nash sonriendo levemente.

Entonces alzó la mano en dirección hacia ella pero volvió a dejarla caer.

– Será mejor que suba antes de que… Bueno, antes de que empecemos otra vez.

Stephanie no quería que se fuera, pero sabía que aquello era lo mejor. Cosas de la madurez. ¿Por qué no sería igual de divertido que actuar como una jovencita irresponsable?

– Que duermas bien -dijo Nash antes de darse la vuelta.

– Lo dudo mucho -respondió ella sin poder evitarlo.

Él la miró fijamente y sonrió.

– Qué me vas a decir a mí.


Capítulo 7

Stephanie pensó en la posibilidad de mirar el reloj, pero la última vez que lo había hecho eran casi las cuatro de la mañana. Y no había pasado mucho tiempo desde entonces. Había conseguido adormilarse durante unas horas pero la mitad de la noche se la había pasado rememorando los maravillosos besos que había compartido con Nash y la otra mitad tapándose la cara con la almohada para ocultar lo avergonzada que estaba.

¿En qué estaría pensando? ¿O acaso no había pensado en nada?

No, se dijo a sí misma. No había pensado en nada. Se había limitado a reaccionar. Se había dedicado a sentir, a tocar y a desear. Pero no a pensar.

Si se hubiera tomado su tiempo para pensar en lo que estaba haciendo nunca hubiera respondido con semejante avidez. Se había vuelto loca de pasión, una experiencia nueva para ella. Su deseo se había desatado por completo en menos de diez segundos. ¿Qué decía aquello de ella?

Stephanie no tenía una respuesta. En todos los años que había estado casada con Marty nunca se sintió tan deseosa. Tan viva. Tan desesperada.

– Desesperada -murmuró en medio del silencio de la noche.

No le gustaba cómo sonaba aquella palabra. Le hacía pensar en gente digna de lástima que hacía cosas inapropiadas sin pensar en las consecuencias.

Cosas como hacer el amor sobre la encimera encima de la masa de las galletas.

Stephanie se cubrió la cara con la almohada y ahogó un quejido.

Ella no estaba desesperada, se aseguró a sí misma con firmeza. Si lo estuviera andaría por la ciudad en busca de padres separados. Había conocido a varios en las reuniones del colegio. Un par de ellos incluso la invitaron a salir. Stephanie agradeció la invitación, pero no había nada en ellos que le provocara espasmos sexuales como le ocurría con Nash. Eran hombres amables y simpáticos que no la atraían ni lo más mínimo. Le había resultado excesivamente fácil recordar que no quería tener ninguna relación con nadie porque salir con un hombre implicaba adquirir más responsabilidades. Gracias pero no.

Con Nash era distinto. Le había resultado infinitamente más sencillo olvidarse de sus normas y concentrarse en el aspecto de aquel hombre cuando entraba en una habitación. Podía pasarse horas recordando su boca, su voz, sus manos… Y todo eso había sido antes de que la besara. Ahora que tenía la prueba evidente de su potencial podía pasarse fácilmente la mayor parte del día considerando las posibilidades sexuales que tenía. Podrían…

Stephanie se sentó en la cama y encendió la lamparita de la mesilla de noche.

– Basta ya -dijo en voz alta-. Eres una mujer madura y responsable con un próspero negocio y tres niños. Dentro de unos días vendrán más huéspedes, las vacaciones de verano empiezan a finales de esta semana y la colada se multiplicará como una camada de conejos. No puedes pasarte todo el día pensando en hacer el amor con Nash Harmon. No está bien. No es sano. No va a ocurrir nunca.

Lo último era lo más triste de todo, pensó mientras se dejaba caer de nuevo sobre la cama. Si al menos Nash entrara sigilosamente en su dormitorio en mitad de la noche y se aprovechara de ella… Si al menos…