Nash recordaba que los otros dos eran gemelos idénticos, así que aquél debía de ser el mayor.

– Hola -lo saludó con una sonrisa.

El chico no se la devolvió. Se cruzó de brazos y entornó los ojos sin dejar de estudiar a Nash.

– Usted no es el técnico.

– Tienes razón. Soy Nash Harmon. Me alojo en la posada -dijo tendiéndole la mano, que previamente se había limpiado con un trapo.

– Brett Wynne -se presentó el chico tras vacilar unos instantes antes de estrecharle la mano-. ¿Qué estás haciendo con la lavadora? Si la rompes mamá se pondrá como loca y tendrás que pagar la reparación.

– Creo que más bien la he arreglado -aseguró Nash-. Pero ahora tengo que volver a montarla. Sólo me faltan algunas piezas. ¿Quieres ayudarme?

– Sí -se apresuró a responder Brett con buen ánimo-. Bueno, la verdad es que no tengo nada mejor que hacer -rectificó de inmediato encogiéndose de hombros.

– Aprieta donde yo te diga -le pidió Nash haciéndole entrega de una llave inglesa.

Quince minutos más tarde la lavadora estaba casi montada.

– Se te da muy bien la mecánica -alabó Nash a muchacho-. Manejas muy bien las herramientas.

– Ya lo sé -respondió Brett tratando de aparentar indiferencia.

En aquel momento alguien carraspeó. Nash miró por encima del hombro y se encontró con Stephanie en el umbral del lavadero. Los gemelos estaban justos detrás de ella, uno a cada lado. No parecía muy contenta.

– Sé que quiere ayudar, señor Harmon, pero, esto no es cosa suya.

Antes de que Nash pudiera decir nada Brett se puso de pie.

– No pasa nada, mamá. Creo que la hemos arreglado. Podemos probarla ahora a ver qué pasa.

– Brett, la lavadora no es un juguete -aseguró su madre frunciendo el ceño.

– Me alegro -intervino Nash incorporándose también-. Porque yo no estaba jugando.


Capítulo 3

Aquel hombre era tan alto que Stephanie tuvo que echar la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarlo a los ojos. Cuando sus miradas se cruzaron se convenció de que ni un terremoto bastaría para romper aquella conexión entre ellos.

¿En qué se basaba aquella atracción? ¿En su inmejorable aspecto físico? ¿En la sombra de tristeza que cruzaba por su rostro cuando sonreía? ¿En aquel cuerpo ligeramente musculado? ¿En la falta de sexo? ¿En aquella voz?

«Yo no estaba jugando». Stephanie sabía a qué se refería con aquellas palabras. No estaba jugando al técnico en reparaciones. Sólo quería ayudar. Pero ella deseó que hubiera querido decir otra cosa. Deseó que hubiera querido decir que la encontraba sexy, misteriosa y que para él era una fantasía irresistible. Deseó que hubiera querido decir que no estaba jugando con ella.

Sí, claro. Y con ayuda del genio de la lámpara conseguiría también que toda la pila de ropa sucia se lavara y se planchara sola.

– Dime qué es exactamente lo que has hecho -le pidió a Nash-. Así podré decírselo al técnico cuando venga.

– Hay un modo mejor de demostrártelo -aseguró él acercándose a la lavadora.

Stephanie y Brett observaron cómo cerraba la tapa y giraba la rueda del programa. Tras un segundo de silencio sonó un clic. Y luego, asombrosamente la vieja máquina cobró vida y se escuchó el sonido de agua deslizándose por las tuberías.

– No puedo creerlo -musitó Stephanie entre dientes-. Funciona.

– Tengo hambre, mamá -dijo Adam, uno de los gemelos, tirándole de la camisa-. Quiero merendar.

– Yo también -lo secundó su hermano Jason.

– Esperadme en la cocina -les pidió ella girándose hacia Nash-. No sé cómo agradecértelo. Por supuesto, te lo descontaré del precio de la habitación. La última vez que vino el técnico me cobró cien dólares.

– Olvídalo -contestó Nash agachándose a recoger las herramientas-. Si quieres agradecérmelo invítame a merendar.

– Por supuesto. ¿Te apetecen unas galletas caseras y una taza de café?

– Suena estupendo -aseguró él cerrando la caja de las herramientas.

– Te lo llevaré al comedor en cinco minutos.

Stephanie se metió en la cocina. Todas y cada una de las células de su cuerpo estaban alerta tras aquel encuentro. ¿Quemaría calorías la atracción sexual? Eso sería estupendo.

Puso una cafetera al fuego y tras ponerles a los niños unos vasos de leche con galletas y fruta llevó una bandeja con el café y las galletas recién hechas al comedor.

Nash estaba sentado frente a la ventana mirando a la calle. Cuando la oyó entrar giró muy despacio la cabeza y alzó las cejas.

Stephanie se aclaró la garganta y pensó en algo que decir. Pero no se le ocurrió nada.

– Debes de echar de menos a tu familia de Chicago -dijo finalmente.

– No tengo a nadie allí. No estoy casado.

«Un cero a favor de mis hormonas», pensó Stephanie tratando de disimular el alivio que sentía.

– Muy bien -dijo aspirando con fuerza el aire-. Puedes decirme que no. Es una locura completa y no debería ni preguntártelo. ¿Por qué ibas a querer? -preguntó negando con la cabeza-. Olvídalo.

– ¿Me has preguntado algo y yo no me he enterado? -dijo Nash parpadeando.

– Creo que no -reconoció ella yendo hacia la cocina-. Estoy con los niños en la cocina y… y eres bienvenido si quieres reunirte con nosotros.

Nash pareció sorprendido y desde luego nada cómodo con la idea. Por supuesto. Era un hombre de éxito, sensual y soltero. Los hombres así no se mezclaban con madres solteras con tres hijos.

Stephanie sintió cómo se le subían los colores.

– No importa -dijo con firmeza-. Ha sido una estupidez sugerírtelo.

Se giró para dirigirse a la puerta de la cocina pero antes de que hubiera dado dos pasos Nash la llamó.

– Me gustaría estar con vosotros -le dijo con una sonrisa-. Será divertido.

Ella sintió cómo sus órganos internos hacían un movimiento sincronizado. Ahora que había aceptado sentía que era una estupidez de invitación pero era demasiado tarde para echarse atrás.

– Adelante -dijo haciéndole un gesto con la cabeza en dirección a la cocina mientras le llevaba la bandeja.

– Las galletas estaban muy buenas -aseguró Nash después de merendar y que los chicos hubieran salido de la cocina.

– Gracias. No te diré toda la mantequilla que tienen.

– Te lo agradezco.

Nash agarró su plato y lo llevó al fregadero, lo que fue para ella toda una sorpresa. Y luego, antes de que pudiera decir nada, abrió el grifo y empezó a enjuagarlo.

Stephanie estuvo a punto de frotarse los ojos. Seguro que estaba siendo víctima de una alucinación. ¿Un hombre trabajando? Aquello era algo desconocido para ella.

– No tienes por qué hacerlo -dijo tratando de no aparentar demasiada sorpresa.

– No me importa ayudar.

Mientras hablaba recogió los platos de los chicos, los enjuagó y los metió en el lavavajillas. Stephanie seguía sin dar crédito. Marty ni siquiera sabía dónde estaba aquel electrodoméstico, ni mucho menos para qué se utilizaba. Stephanie sólo volvió en sí cuando vio que Nash iba en busca de los vasos.

– Oye, yo soy la que cobra por hacer este trabajo, no tú -dijo dando un paso adelante para quitarle el vaso.

Sus dedos se rozaron. Sólo durante un segundo, pero aquello fue suficiente. Stephanie no sólo escuchó campanillas sino que además habría jurado que vio saltar las chispas entre ellos. Cielo santo. Chispas. No pensaba que ese tipo de cosas ocurrían después de cumplir los treinta.

Nash la miró. Sus ojos oscuros brillaban con lo que a ella le hubiera gusta que fuera el fuego de la pasión, aunque seguramente se trataría del reflejo de la lámpara. Sintió un escalofrío de deseo que le puso la piel de gallina y provocó en ella las ganas de lanzarse a sus brazos y besarlo durante al menos seis horas antes de hacer el amor con él hasta la extenuación. Allí mismo, en la cocina.

Stephanie tragó saliva y dio un paso atrás. Algo no iba bien en su interior ¿Se trataría de la alergia? ¿Demasiada televisión? ¿Demasiado poca? Se sentía húmeda y suave. Se sentía inquieta. Todo aquello le resultaba tan poco habitual, tan inesperado y tan intenso… que sería gracioso si no estuviera tan aterrorizada.


Capítulo 4

Nash se quedó a cenar con ellos. Stephanie no tenía la menor idea de por qué, ni tampoco fue capaz de decidir si aquello era algo malo o algo bueno. Era un hombre agradable, los gemelos parecían adorarlo y a Brett también le caía bien aunque procurara disimularlo. Ella agradecía la oportunidad de conversar con un adulto para variar. Así que tendría que estar contenta con la situación.

Pero no entendía qué buscaba Nash. ¿Por qué un hombre inteligente y atractivo querría pasar el rato con ella y con sus hijos? ¿Por qué no se había retirada a la tranquilidad y la intimidad de su habitación o por qué no había salido a cenar?

– Ya hemos terminado -dijo Brett.

Stephanie se dio la vuelta y vio que la mesa estaba totalmente recogida y los platos descansaban en el fregadero.

– Buen trabajo -aseguró su madre-. ¿Habéis hecho los deberes?

Tres cabezas asintieron firmemente.

– Entonces supongo que esta noche podéis ver un poco la televisión -concluyó ella con una sonrisa.

– ¡Bien!

Brett golpeó el aire con el puño. Los gemelos salieron corriendo de la cocina. Stephanie escuchó sus pasos en el suelo de madera y supo hacia dónde se dirigían.

– Quietos -les gritó-. Tenemos un huésped. Ved la televisión de arriba.

– ¿Por qué? -preguntó Nash desde el rincón de la encimera en que se había apoyado.

Stephanie se giró hacia él tratando de ignorar el constante impacto sexual que le suponía su presencia. No sólo no quería hacer el ridículo, sino que además su hijo mayor seguía en la cocina.

– La televisión de abajo es para los clientes.

Nash le dedicó una sonrisa lenta y sensual capaz de derretir todo el hielo del Polo Norte.

– No soy muy de televisión. A mi no me importa, si no te importa a ti.

Stephanie decidió no discutir aquel punto. Si el hombre quería ser generoso, sus hijos estarían encantados.

– Al parecer hoy es vuestro día de suerte -dijo sonriendo a Brett-. Ve a decírselo a tus hermanos. Pero no la pongáis muy alta.

Brett compuso una mueca y salió corriendo por el pasillo.

– ¡Podemos verla aquí! -gritó.

– Los placeres sencillos -dijo Stephanie girándose hacia el fregadero-. Si la vida siguiera siendo tan fácil después…

– Las complicaciones vienen con la edad adulta -aseguró él acercándose también al fregadero y agarrando los platos.

– ¿Quién te ha entrenado para esto? -preguntó Stephanie al verlo utilizar el estropajo para limpiar las manchas más arraigadas-. La mayoría de los hombres no se manejan con tanta desenvoltura en la cocina.

– Estuve casado durante algún tiempo -respondió él abriendo el lavaplatos-, pero la mayor parte de mi entrenamiento, como tú lo llamas, lo recibí de pequeño. Mi madre trabajaba muchas horas y llegaba a casa agotada, así que aprendí a echarle una mano.

– Perdona que te lo pregunte, pero… ¿qué ocurrió con tu matrimonio? -preguntó Stephanie tras aclararse la garganta.

– Tina falleció hace un par de años -respondió él colocando los tres últimos vasos en el lavaplatos.

– Lo siento.

Las palabras le salieron solas. Nash debía de tener unos treinta y pocos años, lo que significaba que su mujer sería más o menos de la misma edad. ¿Qué podría haberse llevado a una mujer tan joven? ¿Un cáncer? ¿Un conductor borracho?

– ¿Qué te trajo a Glenwood? -le preguntó Nash-. ¿O eres de aquí?

Aquel cambio de tema tan mal disimulado disipó de un plumazo sus dudas sobre preguntarle algo al respecto.

– La suerte -contestó Stephanie-. Siempre estábamos de aquí para allá. Marty, mi marido, quería vivir en todos lo sitios divertidos que pudieran existir.

Aquello no era exactamente verdad, pensó con tristeza. Aquélla era la versión edulcorada de su matrimonio, la que le contaba a la gente, especialmente a sus hijos.

– Pasamos ocho meses viviendo en el bosque y casi un año trabajando en una granja. También pasamos un verano entero en un banco de pesca y un invierno en un faro.

– ¿Con los niños? -preguntó Nash cruzándose de brazos y apoyándose contra la encimera.

– Para ellos fue una experiencia inolvidable -aseguró ella tratando de aparentar entusiasmo-. Guardan muy buenos recuerdos.

Todos buenos. Stephanie había hecho lo imposible para que así fuera. Ella tenía su propia opinión respecto a su marido, pero quería que los niños recordaran a su padre con amor y con alegría.

– Yo les daba clases en casa. Brett aprobó el tercer curso porque es muy inteligente. Pero Marty y yo estábamos preocupados por la socialización. Sabíamos que había llegado el momento de instalarse.

Las cosas no habían sido exactamente así, recordó. Marty quería seguir viajando pero ella deseaba instalarse. Incluso lo amenazó con abandonarlo si no lo hacían. El invierno anterior Adam tuvo una fiebre de más de cuarenta grados mientras estaban atrapados en aquel dichoso faro en medio de una tormenta y sin modo alguno de llegar a tierra para buscar un médico. Stephanie vivió un infierno durante treinta y seis horas, preguntándose si su hijo moriría. En las oscuras horas anteriores al alba, justo antes de que la fiebre remitiera, prometió que ya no seguiría viviendo de aquel modo.

– El día que llegamos a Glenwood nos enteramos de que habíamos heredado. Nos enamoramos de la ciudad al mismo tiempo que supimos que teníamos dinero suficiente para comprar una casa e instalarnos -aseguró con una sonrisa algo forzada-. Este lugar estaba en venta y no pudimos resistirnos. Era la oportunidad perfecta para tener un hogar que fuera al mismo tiempo un negocio.

– Has hecho un buen trabajo aquí -dijo Nash echándole un vistazo a la cocina reformada.

– Gracias.

Lo que no le contó fue que la antigua mansión victoriana estaba hipotecada. Tampoco le mencionó las peleas que tuvo con Marty. Tenían dinero suficiente como para comprar una casa normal a las afueras en lugar de aquélla, pero a él le pareció demasiado aburrido. Y como la herencia provenía de la familia de su marido no se vio con la fuerza moral de insistir.

– Todo llegó junto -continuó explicando Stephanie-. Comenzamos las obras para llevar a cabo la reforma y los niños empezaron el colegio. Estábamos integrándonos en la comunidad cuando Marty murió.

– Así que ha pasado bastante tiempo -comentó Nash mirándola con intensidad.

– Casi tres años. Marty murió en un accidente de tráfico.

– Y te dejó sola con tres hijos. Debió de ser muy duro.

Ella asintió lentamente porque aquello era lo que se suponía que debía hacer. Por supuesto que no le deseaba la muerte a su marido, pero para cuando murió ya hacía mucho tiempo que no sentía amor hacia él. Sólo le quedaba un sentimiento de responsabilidad.

– Brett fue el que más lo lamentó -continuó diciendo-. Los gemelos tenían sólo cinco años. Les queda algún recuerdo vago y Brett les cuenta historias pero no es mucho. Ojalá tuvieran algo más.