– ¡Oh, Nash! -dijo Stephanie apoyándose sobre él con un suspiro-. Ya me lo has demostrado cientos de veces. Te amo y quiero estar contigo para siempre. Sí, me casaré contigo -aseguró mirándolo a los ojos-. No hay nada que desee más.

– Muy bien -dijo Nash tomándola en brazos y levantándola del suelo-. ¡Me ha dicho que sí! -exclamó.

Hubo un grito de júbilo colectivo. Entonces Stephanie se dio cuenta de que todo el clan familiar se había reunido a su alrededor.

– Tenemos público -murmuró.

– Lo sé. Es mi familia. Y ahora es la tuya. Tal vez deberíamos darles un poco de espectáculo.

Nash la inclinó hacia el suelo y apretó la boca contra la suya. Fue un beso de amor. De pasión y de promesa de futuro. Stephanie lo correspondió mientras las palabras de felicitación sonaban a su alrededor.

«Mi familia», pensó Nash con orgullo. Ya no era un hombre solitario y apartado que contemplaba la vida desde fuera, reflexionó con alegría. Ahora era uno más, formaba parte de Stephanie. Había llegado a casa.


SUSAN MALLERY

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