Jefri le rozó la mejilla con la mano.

– Dime sus nombres. Yo me ocuparé de traerlos aquí para que respondan ante la justicia y tengan el castigo que se merecen.

– ¿Qué castigo?

– Cárcel. Azotes. Quizá la muerte.

– ¿Muerte? -preguntó ella, abriendo mucho los ojos.

– Ningún hombre tiene derecho a abusar de una mujer. Nunca. Aquí ha sido así desde hace trescientos años.

– Una buena razón para vivir aquí -murmuró ella-. Escucha, agradezco tu preocupación, pero estoy bien. Eso fue hace nueve años. Lo he superado.

Jefri oyó las palabras pero no las creyó. Había una fragilidad en los ojos femeninos que hablaba de los fantasmas que todavía continuaban acosándola al bajar la guardia.

– Ahora entiendo la preocupación de tus hermanos.

– Al principio era normal -dijo Billie-. Yo estaba nerviosa y asustada, pero las cosas han cambiado. Ahora puedo cuidarme sola.

Quizá fuera cierto, pero no debería ser necesario.

– ¿Podemos cambiar de tema? -preguntó ella, tomando un poco de arroz.

– Claro. Deberías probar el pescado. Se pesca aquí.

Billie probó un bocado y después ofreció un poco a Muffin, mientras Jefri hacía un esfuerzo para olvidar lo sucedido. Aunque tenía sed de justicia, se dijo que no le correspondía a él impartirla.

Pero quería que le correspondiera, pensó. Quería tener derecho a defenderla con todo el poder de las leyes de su país y de su posición social. Quería protegerla tanto como reclamarla como suya.

Observó sus movimientos, y las largas piernas desnudas y torneadas eran una tentación difícil de resistir. La deseaba intensamente, pero sus planes acababan de cambiar. Necesitaba tiempo para entender el pasado y ver cómo influía en su relación. Tendría que ir mucho más despacio con ella.

¿Cuántos hombres había habido en su vida desde aquella horrible noche? ¿Cuántos amantes?

No muchos, probablemente. A pesar de toda su fuerza y energía, Billie seguía teniendo un cierto halo de inocencia.

– ¿Qué te pasa? -preguntó ella, entrecerrando los ojos-. Dime exactamente qué estás pensando.

Él se encogió de hombros.

– Nada importante.

– ¿Por qué sé que mientes? No tenía que haberte contado nada. Ahora vas a portarte como si fuera del cristal o algo así. ¡Qué típico de los hombres!

– Estás enfadada, pero no entiendo por qué.

Billie dobló las rodillas y lo miró con indignación.

– Ahora ya no vas a querer besarme, ni tocarme, ni nada, ¿verdad? Tenía que haberlo imaginado.

Jefri hizo un esfuerzo para no sonreír.

– ¿Eso es lo que crees?

– Por supuesto. Tienes miedo de que me ponga rara, o que crea que me estás atacando -dijo ella, con los hombros hundidos -. ¡Pues no! Eso pasó hace mucho tiempo y lo he superado por completo.

– Crees saberlo todo sobre mí.

Billie torció los labios.

– No eres tan inescrutable.

– Entonces tendré que demostrarte que te equivocas y mucho.

Y sin darle tiempo a responder, Jefri la abrazó y la besó.


Capítulo 7

Aunque Billie tenía que admitir que Jefri la abrazaba como si fuera un objeto delicado, no creía que fuera por su pasado. En los brazos posesivos y en la intensidad del beso había también mucha pasión.

Mientras le acariciaba la espalda con los brazos y le tomaba la boca, ella deseó relajarse contra él y dejarse llevar. Quería decirle que le acariciara no sólo la espalda, y que quizá podrían hacer algo más que besarse.

Hacía mucho tiempo que no había deseado a ningún hombre como lo deseaba a él.

Jefri ladeó la cabeza e intensificó el beso. Cuanto más la acariciaba, más la deseaba. Deseaba explorar las curvas sinuosas de su cuerpo y darle placer de mil maneras diferentes. Hundió los dedos en la rubia y larga melena rizada e imaginó a Billie besándole el pecho desnudo y rozándole el torso con el pelo. Cuando ella le rodeó el cuello con los brazos y pegó los senos contra él, deseó tomarlos en la palma de las manos y después saborear los pezones duros y erectos.

Su propia erección empezaba a ser dolorosa, pero sin embargo no hizo más que besarla, a pesar de la clara invitación de Billie, pidiéndole más.

Para empezar, no estaba seguro de que su hermano no apareciera de un momento a otro. Y por otro, quería asegurarse de que Billie estaba completamente recuperada de la experiencia sufrida. Si todavía quedaban cicatrices y heridas, quería respetar sus límites.

Sin embargo, era muy difícil resistirse a ella cuando la sintió jadear en su boca.

– Eres una tentación -dijo él, echándose hacia atrás y mirándola a los ojos-. Difícil de resistir.

– Lo mismo puedo decir de ti.

– Entonces nos controlaremos juntos -dijo él, sonriendo.

– ¿Es necesario? -preguntó ella, con una mueca.

– De momento.

– ¿Eso es una provocación o una promesa?

– ¿Cuál de las dos quieres que sea?

Billie le tomó la mano y la puso sobre su seno. La curva del pecho le hizo arder hasta el alma y disparó su erección. Le acarició el pezón con el pulgar y los dos contuvieron el aliento.

Jefri fue hacia ella a la vez que ella se inclinaba hacia él. Él empujó la mesa de centro y los dos cayeron al suelo abrazados y empujados por un intenso deseo. Billie se tendió de espaldas y él se apoyó en un codo, sobre ella. Cuando Jefri deslizó la mano bajo la camiseta, ella sonrió.

Un fuerte golpe en la puerta los interrumpió.

Jefri contuvo una maldición.

– Supongo que será tu hermano -dijo-. Tenía la sensación de que vendría a verte.

– ¿Qué? -dijo ella, incorporándose-. Dime que no es verdad.

Un nuevo golpe resonó en el salón.

– Billie, soy Doyle. Vengo a ver qué tal estás.

– Estoy bien. Vete.

– No. Déjame entrar.

Jefri se levantó y tiró de Billie para ponerla en pie.

– Le diré que se vaya -dijo ella.

Jefri sacudió la cabeza.

– Te veré mañana.

– Pero…

Jefri le tomó la mano y le besó los dedos.

– Pronto -prometió él, y salió por la puerta de la terraza.

Billie lo vio marchar y sintió ganas de tirarle la mesa de café a la cabeza. Entendía sus motivos, pero su reacción no le hizo ninguna gracia.

Después de arreglarse la camiseta y el resto de la ropa, fue a la puerta y la abrió.

– ¿Qué quieres? -preguntó.

Doyle estaba apoyado en el marco de la puerta.

– Verte. La cena ha sido fantástica. Deberías haberte quedado.

– Tú me has echado -dijo ella, furiosa, yendo al centro del salón y cruzando los brazos-. Déjame en paz. Te lo digo en serio.

Doyle entró en la habitación, y se detuvo a medio metro de ella.

– No puedo evitar preocuparme.

– Te lo agradezco, pero ya soy mayorcita, y no sería la primera vez que me acuesto con un hombre.

Tampoco había habido muchas, pero su hermano no tenía que saberlo.

Doyle puso una cara como si lo hubiera abofeteado.

– Dios mío, Billie, no me digas eso.

– ¿Por qué no? ¿No haces esto para proteger mi virtud? ¿No crees que el príncipe tiene muchas mujeres a su disposición? No creo que necesite forzar a ninguna.

Desde luego no a ella, pensó Billie. Estaba más que dispuesta a perderse en sus brazos. Y a juzgar por los besos, seguro que acostarse con él sería espectacular e inolvidable.

– No me preocupa tanto que te fuerce como que te rompa el corazón. Pertenecéis a mundos diferentes.

– Me niego a aceptar lecciones románticas de un hombre que nunca ha tenido una relación seria con ninguna mujer.

Doyle sonrió.

– Corro demasiado para que me pillen.

– Me imagino que la razón es más profunda, pero estoy demasiado cansada para pensarlo ahora. Éste es el trato: seguiré viendo a Jefri mientras los dos estemos interesados, y si continúas espiándome dejaré la empresa y buscaré trabajo en otro sitio.

Los ojos azules de Doyle, del mismo color que los de su hermana, la estudiaron brevemente.

– No hablas en broma, ¿verdad?

– No. Ya es bastante horrible ser la única chica de la familia, pero no permitiré que me trates como a una idiota.

– Esta bien -dijo su hermano, hundiendo los hombros-. Tú ganas. No volveré a seguirte. Te lo prometo.

Doyle era un hombre que siempre cumplía sus promesas, y Billie decidió creerlo.

– Bien, así no tendré que matarte.

Su hermano sonrió, y después sus ojos se dirigieron hacia la mesa de café.

– Qué buena pinta. ¿Me invitas?

– ¿No has cenado en el restaurante?

– Sí, pero ya sabes que siempre tengo sitio para más.


– A la izquierda -dijo Billie, al micrófono-. Después gira. Así, así. Ya te tengo, mutante cabezota.

Oyó la risa a través del auricular.

– Me temo que tanta intensidad tiene que ver con vengarte de tu hermano por lo de hace dos noches.

Como siempre, la agradable voz de Jefri le produjo un suave cosquilleo.

– En parte, sí -reconoció ella, sin apartar la vista del panel de instrumentos donde se marcaba la ruta de los cuatro aviones-. Lo tenemos. Está en las dos miras. Se va a quedar a cuadros.

– Cuando quieras -dijo Jefri.

Segundos más tarde, oyó la maldición de Doyle.

– ¡Billie, maldita seas! ¡Lo has hecho a propósito!

– A Doyle le ha ganado una chica -recitó ella, como una cancioncita infantil -. A Doyle le ha ganado una chica.

El avión desapareció al instante del radar. Segundos más tarde, la puerta del simulador se abrió y la cabeza de su hermano se asomó.

– ¡No vuelvas a decirme eso! -le dijo, esforzándose por parecer furioso.

A Billie no lo impresionó. Al revés, le sacó la lengua.

– Te he derribado en veintisiete segundos. Ridículo, ¿a que sí?

Doyle masculló algo entre dientes y salió.

– Tendré que tener mucho cuidado de no enfadarte mucho -le dijo Jefri a Billie, desde la puer¬ta-. Lo tuyo no es perdonar a tus enemigos.

– A mis hermanos desde luego que no. Me lo van a pagar con creces, por cretinos y entrometidos -respondió ella-. Bueno, esta mañana nos ha ido muy bien.

– Cierto -dijo él-, y he comprobado que prefiero volar contigo que contra ti.

– Muy inteligente por tu parte -sonrió ella.

– He pensado que podemos volver a cenar esta noche. ¿Estás libre?

Estaba tan libre y tan dispuesta que se lo hubiera suplicado de rodillas.

– Puedo intentarlo -dijo, con un guiño.

– Bien. Tengo un plan para evitar a la prensa.

– ¿Qué es?

– Una cena en otro país.


Aquella tarde sobrevolaron el desierto en un lujoso avión privado, aunque ninguno de los dos estaba a los mandos. Billie tomó la copa de champán que Jefri le ofrecía.

– Oh, por esto no pilotamos nosotros -dijo ella.

– ¿Por qué si no?

Billie bebió un sorbo de champán, tratando de ignorar la intensa mirada de Jefri, así como las llamaradas de pasión que recoman su cuerpo.

Todo era exquisito, pensó ella, mirando la lujosa decoración del interior del avión. Demasiado lujo, demasiado hombre y demasiada clase. Jefri estaba increíble con un traje negro a medida, pero ella, tras el último desastre, había decidido ponerse un sencillo vestido negro de cóctel.

– ¿Adonde vamos? -preguntó, más por distraerse que por auténtico interés en su destino.

– A El Bahar.

– Oh. No está muy lejos.

– Cierto, pero allí nadie nos molestará.

– No he estado nunca, pero me han dicho que es precioso. Aunque es una lástima que sea de noche, nos estamos perdiendo el desierto.

– Puedes sobrevolarlo siempre que quieras.

– No todo -dijo ella con una sonrisa-. Hay algunos espacios aéreos restringidos.

En mitad del desierto. Lo comprobó la primera vez que voló sobre Bahania.

– ¿Qué demonios escondéis en mitad del desierto?

– Es un secreto.

– ¿De qué tipo? ¿Un secreto militar?

Jefri sacudió la cabeza.

– Más bien lo consideramos un tesoro.

Billie bebió un sorbo de champán y recordó lo que había leído sobre la legendaria Ciudad de los Ladrones, una ciudad aparentemente inexistente pero que aparecía en muchos libros y documentos antiguos.

¿Una ciudad secreta?

– ¿Es más grande que una panera? -preguntó ella.

– Mucho más -respondió él sonriendo.

– Si fuera en coche en lugar de en avión, ¿la vería?

– ¿Qué te gustaría ver?

– No estoy segura.

– Cuando lo decidas, hablaremos sobre ello.

– No eres exactamente lo que esperaba -dijo Billie-. Pensaba que un príncipe sería diferente.

– ¿En qué sentido?

– No estoy segura.

– Soy un hombre sencillo, como cualquier otro.

– En absoluto -le aseguró ella-. Pero no importa.

Se inclinó hacia él y le rozó los labios con los suyos.

– Me alegro.


A Billie no la sorprendió encontrar una limusina esperándolos en el aeropuerto. Habían aterrizado en una pista privada junto al aeropuerto internacional de la capital de El Bahar, y aunque Jefri le dijo que llevara el pasaporte, el paso de aduanas se limitó a unos saludos por parte de los guardias de seguridad.

La limusina los llevó al centro de la ciudad, donde se detuvo delante de un pequeño restaurante.

– Ni cámaras ni mis hermanos -dijo ella, apeándose-. Esto me gusta mucho más.

– A muchas mujeres les gusta ser el centro de atención -dijo él.

– A mí no. Me pone nerviosa.

En el interior del restaurante fueron conducidos a una mesa en un comedor privado. Jefri pidió una botella de vino y echaron un vistazo a la carta, pero Billie no podía dejar de pensar en lo increíble de la situación. Estaba cenando con un hombre que la había llevado a otro país a pasar la velada porque era un príncipe y la prensa no lo dejaba tranquilo. Y su padre era un rey, un rey con palacio y todo.

– ¿Qué te pasa? -preguntó él, cuando se alejó el camarero.

– Acabo de darme cuenta de quién eres en realidad.

– ¿En qué sentido?

– Empecemos con algo más sencillo. Quién soy yo. Mi padre tiene una empresa que nos mantiene, pero no nadamos en millones. Me crié rodeada de aviones y mecánicos, y cursé mis estudios por correspondencia. Sé más de volar a cuatro veces la velocidad del sonido que de bailes de graduación, y en situaciones sociales estresantes suelo meter la pata hasta el cuello.

Jefri se inclinó hacia delante y le tomó la mano.

– ¿Adonde quieres ir a parar?

Billie se echó a reír.

– A que no entiendo qué haces conmigo. He visto el tipo de mujeres con las que sueles salir en las revistas. Son hermosísimas. Estrellas de cine, divas e hijas de grandes fortunas.

– Entiendo. ¿Y tú no te consideras como ellas?

– No me siento inferior -dijo ella. Bueno, quizá sólo un poco-. Sólo diferente.

Jefri le besó los labios.

– Pues haces muy bien. Estoy encantado contigo y me siento muy honrado con tu presencia.

– Vaya, tú sí que sabes seducir a una chica.

– Dudas de mi sinceridad.

– En absoluto. Sólo intento mantenerme a la altura de las circunstancias.

– Esto no es un concurso, y mi mundo no es como crees. A los nueve años me mandaron a estudiar a un internado británico. A los diecisiete, fui a la universidad en Estados Unidos. Mi hermano Reyhan cometió el error de decir quién era cuando entró en la universidad, y tuvo a la prensa detrás durante los cuatro años -volvió a besarle los dedos-. Yo aprendí de su error y decidí mantener en secreto mi identidad.