– ¿Lo has encontrado? -preguntó él.

Billie alzó las cejas.

– No estaríamos aquí de la mano si así fuera.

– Tienes razón.

Curioso. Había empezado a creer que nunca encontraría a nadie, y ahora que sabía que nadie se interesaba por ella a causa de las amenazas de sus hermanos, se sentía un poco mejor. Aunque tampoco estaba segura de querer a alguien que no fuera capaz de enfrentarse a sus hermanos por ella.

Qué lío, se dijo. Mejor lo dejaba para analizarlo en otro momento.

– Y cuando tu madre murió, ¿empezaste a viajar con tu padre?

Billie asintió.

– Sí. Mi padre había empezado a llevarse a mis hermanos durante los veranos. Ahora que no quedaba nadie en casa, íbamos todos. Contrató a un profesor particular para que nos diera clases. Cumplí los trece años en Sudamérica, y los dieciséis en Oriente Medio. A esa edad, la mayoría de las chicas tienen una gran fiesta de cumpleaños. Yo hice mi primer vuelo sola en un reactor.

– ¿Hubieras preferido la fiesta?

Billie lo miró como si estuviera loco.

– ¿Qué dices? Llevaba dos años suplicando a mi padre que me dejara pilotar sola. Me dijo que no entendía la información técnica, así que me puse a estudiar física y aerodinámica como una loca hasta que no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia.

Jefri vio la sucesión de diferentes emociones que se reflejaban en el rostro femenino. Era una mujer hermosa, pero no era difícil imaginarla sola y asustada tras la muerte de su madre.

– Has sobrevivido en un mundo de hombres- dijo él.

Billie se echó a reír.

– Al principio intenté ser como ellos. Pensé que así conseguiría el respeto de mi padre. Pero con el tiempo, llegué a la conclusión de que nunca sería otro de sus hijos, así que dejé de intentarlo.

– No sabes lo mucho que me alivia oír eso.

– Veo que no te apetece mucho salir con Doyle -bromeó ella.

– Ni lo más mínimo.

– Cuando cumplí diecinueve años, decidí cambiar. Estábamos en Francia, y pasé dos días arreglándome el pelo, pintándome las uñas y de compras. Cambié las botas militares por tacones de diez centímetros, y nunca me he arrepentido.

– ¿Qué dijeron tu padre y tus hermanos?

– Al principio no se dieron ni cuenta. La mitad de las faldas les parecían muy cortas, y mis hermanos se metieron conmigo por el peinado. Los reté a un combate aéreo, y fue la primera vez que les gané a los tres. A partir de entonces, no han podido conmigo.

– El poder de una mujer -dijo él, encantado con su victoria.

– Algo así -dijo ella, bebiendo un sorbo de refresco-. Quiero mucho a mi familia, no lo dudes. Llevamos una vida muy nómada y por eso apreciamos las veces que estamos juntos.

– ¿Tu padre no volvió a casarse?

– No. Ojalá lo hubiera hecho. Sé que quería a mi madre, pero no hay motivo para seguir solo tanto tiempo. No creo que ella lo hubiera querido – Billie lo miró -. Tu padre tampoco volvió a casarse después de la muerte de tu madre.

– Eso es cierto. Estaban muy enamorados también, aunque él había estado casado antes. De todos modos, mi padre hace largos viajes por Europa y Estados Unidos, y dudo que le falte compañía femenina.

– Sí, y yo dudo de que nadie se atreva a decirle que no está interesada.

Jefri arqueó las cejas.

– ¿Por eso estás conmigo? ¿Porque soy un príncipe y crees que no puedes rechazarme?

Ella lo miró a través de las pestañas entrecerradas.

– Por supuesto.

Pero la boca le temblaba. Y él se dio cuenta.

– Estás reprimiendo una carcajada -dijo.

– Tienes razón, pero tenías que haberte visto la cara cuando lo he dicho. Me has creído y te ha ofendido, y mucho -rió ella.

Jefri le soltó la mano y apoyó las piernas en el suelo.

– Veo que tendré que enseñarte más respeto hacia mi posición.

– Te respeto, Jefri, pero no te tengo miedo.

– Me alegra saberlo. ¿Lista para comer?

– Sí.


Para Billie, comer al aire libre significaba un sándwich y una lata de refresco. Sin embargo, hacerlo al estilo principesco de Bahania no tenía nada que ver. No sólo había una mesa de madera auténtica con sillas a juego, sino también un mantel de lino blanco y una lujosa vajilla de porcelana acompañada de una exquisita cristalería tallada.

Un sirviente enfundado en una chaqueta blanca y unos pantalones negros apareció mientras se dirigían hacia la mesa. Retiró la silla de Billie para que se sentara y después le ofreció la carta. Billie echó un vistazo a la lista de ensaladas y platos de carne y pescado, y después dejó la carta sobre la mesa y se inclinó hacia Jefri.

– Te estás esforzando mucho para impresionarme -dijo.

– Me dijiste que era imposible.

– Posiblemente mentí.

– Bien.

Se inclinó hacia ella y le rozó los labios con la boca, mandando llamaradas de pasión por todo su cuerpo.

– Pero recuerda-añadió él -. Esto son sólo cosas y lugares. No dicen nada sobre mi verdadero yo.

Billie entendió perfectamente sus palabras. Él era más que un hombre rico con un montón de criados. Pero ella sabía que era una equivocación pensar que su mundo no era parte de su verdadero yo.

– No eres exactamente cómo me había imaginado un príncipe -dijo ella.

– ¿La impresión es mejor o peor?

– Diferente -respondió ella-. Aunque no tengo mucha experiencia en el mundo de la realeza.

– Entonces estamos iguales, porque yo tengo poca experiencia con instructores de vuelo tan encantadoras y atractivas. Siempre me han enseñado hombres, muchos de ellos con bigote.

Billie sonrió.

– Me lo imagino.

Jefri tomó la carta y se la entregó.

– ¿Qué quieres comer?

– No preguntaré qué hay bueno, porque supongo que todo es fabuloso.

– Por supuesto. Oh, y si estás pensando en elegir algo para llevar las sobras a Muffin, mi padre me ha encargado que te diga que puedes pedir que te envíen un plato a tu habitación. No hace falta que te metas nada en el bolso.

Billie cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un gemido.

– ¿Todos se dieron cuenta? -gimió, mortificada.

– Por supuesto.

Billie abrió de nuevo los ojos y lo miró aterrada.

– Qué humillante.

– Todo lo contrario -le aseguró él -. Estábamos todos embelesados.

– Llevaba una bolsa de plástico dentro del bolso -trató de excusarse ella, sabiendo que era una débil justificación-. No la metí directamente en el bolso.

– Claro que no.

– ¿Así que no te parece raro?

El sonrió.

– Me parece rarísimo.

– Te burlas de mí.

– Por supuesto.


El placer de Billie en el oasis con Jefri duró exactamente veinticuatro horas y cuarenta y dos minutos, hasta el momento en que se encontró de nuevo a los mandos de un avión. Aunque esta vez en lugar de compartir el Tiger Moth, volaban en reactores separados y ella estaba a punto de derribarlo.

Lo que menos le gustaba era lo pronto que iba matarlo. Si al menos hubiera durado cuatro o cinco minutos, los dos se sentirían mejor. Pero el cronómetro especial integrado que era parte del programa de entrenamiento todavía no había llegado a los noventa segundos y Billie ya lo tenía en la mira.

Por el momento pensó en fingir no tenerlo, pero descartó la idea inmediatamente. Su trabajo consistía en preparar los mejores pilotos del mundo, y no podía dejarlos ganar. Maniobró el aparato para tener un disparo limpio y presionó el botón. El estridente sonido resonó una vez más en la cabina.

– Continúas sorprendiéndome-dijo él, después de suspirar con incredulidad.

– Por eso me pagan lo que me pagan-dijo ella.

Descendió tras él y cuando detuvo el reactor en tierra a su altura, titubeó un momento antes de bajar.

¿Qué le iba a decir? ¿Cómo podía explicarle que a ella no le importaba lo que ocurriera durante los vuelos de entrenamiento? Le gustaba estar con él, hablar con él, volar con él, y no pondría resistencia si él quería besarla otra vez.

– Quedándome aquí sentada no conseguiré nada-se dijo, y abrió la cubierta de la cabina.

Mientras cruzaba la pista, vio a Doyle caminar hacia Jefri. Se le hizo un nudo en el estómago, y aceleró el paso.

Pero llegó tarde, y cuando llegó a su altura, su hermano estaba dando una palmadita a Jefri en la espalda y diciéndole:

– Tiene que doler que te mate siempre la misma chica.

– Lo mismo que a ti -le recordó Billie, deseando que su hermano tuviera la boca cerrada.

Doyle sonrió.

– Sí, pero yo no soy un príncipe.

A Billie le entraron ganas de gritar de rabia. Pero en lugar de eso, apretó los dientes y se alejó. No quería conocer la opinión de Jefri, y fue directa a la tienda principal. Allí recogió su ropa de calle y se metió en el cuarto de baño. Se puso los pantalones cortos y la camiseta, y guardó el uniforme antes de recoger a Muffin.

– Esta situación es frustrante -dijo a su perra-. No puedo ganar. No puedo dejar de ser buena, y no quiero cambiarlo.

Salió de la tienda y casi se dio de bruces con Jefri.

– ¿Qué? -preguntó, sin más.

– Te estaba buscando.

– Bien, bien, pero escucha. No me disculparé por ser buena en lo que hago. Lo siento si eso te resulta frustrante.

– No considero que mis frustraciones sean tu responsabilidad.

Jefri habló sin levantar la voz, en un tono razonable. Eso la puso mucho más nerviosa.

– Sólo hago mi trabajo -continuó ella-. Aunque sé lo que dicen todos. Que soy una «destroza hombres». No es mi intención castrarte.

Jefri la sujetó por ambos brazos y la llevó a un lado de la tienda, junto a una pila de cajones de embalaje.

– Hablas demasiado -dijo, mirándola fijamente a la cara.

– Sólo quiero explicarlo.

– Lo entiendo perfectamente. Deja al perro en el suelo.

La orden era tan inesperada que Billie obedeció sin pensarlo. Y se alegró de haberlo hecho cuando él la tomó en brazos y la besó.

La cálida e insistente presión sobre los labios desvaneció todas sus preocupaciones. La boca masculina se movía despacio, como dándole tiempo a acostumbrarse al beso y a él. Billie hubiera podido decirle que no le importaba en absoluto. De hecho, le encantaba. Y quería más.

Pero en lugar de eso, apoyó las manos en los hombros masculinos y se inclinó hacia él. Ladeó la cabeza y abrió los labios, en una clara invitación.

Jefri reaccionó aspirando aire y acariciándole la lengua con la suya.

El beso fue tan espectacular como el de la primera noche. Billie sintió que las entrañas le temblaban y las rodillas le fallaban. Una oleada de calor la recorrió, despertando en ella un deseo de tal intensidad que apenas lo podía creer.

Jefri le enredó una mano en el pelo, y con la otra recorrió la espalda femenina hasta detenerse en las nalgas. Cuando la apretó, ella se arqueó hacia delante y sus vientres entraron en contacto.

Ahora fue ella quien jadeó al sentir su excitación. Jefri la deseaba. A pesar de todo lo que había ocurrido, y de lo que su hermano había dicho, Jefri la deseaba. Sin poder evitarlo, casi se echó a reír.

Jefri interrumpió el beso.

– ¿Qué te parece tan divertido? -preguntó en su boca.

– Todo esto.

– ¿Que quiera besarte?

– Es una sorpresa.

Jefri le tomó la barbilla y la miró a los ojos.

– ¿Por qué? Eres una mujer preciosa. Única, inteligente y deseable. Dudo que exista un hombre en todo el planeta que no esté dispuesto a vender su alma a cambio de una noche en tus brazos.

Billie parpadeó. Vaya, eso sí que era una frase digna de un amante real. Y en ese momento, lo que menos le importó era que Jefri lo sintiera sinceramente. Oírlo en sus labios era de momento más que suficiente.

– Vaya, gracias.

– De nada.

Jefri sonrió y le recorrió el labio inferior con el pulgar.

– Me gustaría cenar contigo esta noche.

En ese momento, ella lo hubiera seguido a la luna.

– Vale. Digo… estaré encantada -se corrigió, refinando la respuesta.

– Pasaré a recogerte a las siete. ¿Es buena hora?

Como pensaba pasarse el resto de la tarde en remojo y acicalándose, la hora era perfecta.

– Estaré preparada.

– Saldremos fuera-dijo él-. Tenemos algunos restaurantes excelentes. ¿Me permites que elija?

– Por supuesto.

– Entonces quedamos a las siete -depositó un breve beso en sus labios-. Deja a la perra en casa.


Capítulo 6

Billie repasó el armario. Le encantaba comprar, así que tenía un montón de trajes para elegir. Ya sabía que quería algo sexy y sofisticado a la vez, con un toque de elegancia.

– El negro siempre es perfecto-murmuró, sacando un vestido negro con un profundo escote y mangas transparentes-. Pero es tan predecible.

Quizá debía buscar algo de color. Rojo no, era demasiado llamativo.

– Quizá azul -dijo mientras sacaba un vestido azul oscuro que le había costado el salario de casi un mes en París.

La falda cortada al bies le caía justo por encima de las rodillas, y el corpiño sin mangas no era muy escotado, porque su encanto estaba en la tela, completamente transparente de cintura para arriba. Sin embargo, los dibujos que decoraban estratégicamente la tela transparente y el sujetador incorporado tapaban todo lo necesario. ¡Aunque dejaba la promesa de estar desnuda!

– Éste -se dijo, llevando el vestido al cuarto de baño, al que pensaba añadir unas altas sandalias de tacón.

Billie tenía que reconocer que su nerviosismo no se debía tanto al hecho de cenar con un príncipe como a la alegría de saber que Jefri quería seguir viéndola, a pesar de las reiteradas derrotas. Eso no le había ocurrido nunca.

Un golpe en la puerta la sobresaltó. Miró el reloj, pero era demasiado pronto para Jefri.

– ¿Quién es? -preguntó desde el centro del salón.

– Doyle.

Billie se acercó a la puerta y la abrió.

– No te enrolles -dijo ella-. Estoy ocupaba.

Doyle entró y miró a su alrededor.

– Nadie lo diría. Más bien parece que no estás haciendo nada de nada. Necesito tu ayuda con unos aparatos.

– No es mi departamento.

– Billie, lo digo en serio. Los mecánicos quieren hablar contigo sobre uno de los motores que están poniendo a punto. Tú sabes distinguir si algo no está bien por el sonido del motor.

– Sí, es un don del que todos podemos aprovecharnos mañana. Ahora fuera.

Empujó a su hermano hacia la puerta, pero éste apenas se movió, habida cuenta de que medía casi veinte centímetros más que ella y pesaba treinta kilos más.

– ¿Qué te pasa? -preguntó él.

– Ya te lo he dicho. Estoy ocupada.

Doyle cruzó los brazos y arqueó una ceja.

– ¿Con qué?

Billie apoyó las manos en las caderas.

– Tengo una cita.

La expresión de su hermano se endureció.

– ¿Con quién?

– Tengo más de veintiún años y no estoy bajo tu tutela, así que no tengo que decírtelo.

– No me iré hasta que no me des los detalles.

Billie se echó a reír.

– Doyle, no estamos en el siglo XIX. No hay detalles. Un hombre me ha invitado a cenar y he aceptado. Nada más.

– Tienes una responsabilidad con la empresa.

– Oh, por favor. ¿Cuántas veces te he sustituido? ¿Más de mil? Seguro. Creo que tengo derecho a una noche libre de vez en cuando.

– Es el maldito príncipe, ¿verdad?