Otra vez. Billie lo había derribado otra vez. Al menos las dos primeras veces había durado casi tres minutos. Esta vez lo derribó en menos de cuarenta segundos.

La irritación se convirtió en rabia contra sí mismo. Recorrió la sala con los ojos, y por fin localizó a Billie saliendo de su aparato. Con la falda vaquera corta y camiseta ceñida, parecía más una estudiante universitaria que una instructora de aviones de guerra. La larga melena rubia le caía por la espalda, y llevaba unas sandalias de tacón altísimas. Jefri no sabía si quería estrangularla o empujarla contra la pared y hacerla suya.

Algo ensombreció los ojos femeninos. Jefri vio un destello de algo que podía ser desilusión, pero enseguida ella cuadró los hombros, alzó la barbilla y se dirigió hacia él.

Jefri reconoció el gesto. Se estaba preparando para aguantar su reacción, para soportar su mal genio. Algo que debía de pasarle con mucha frecuencia.

– Sé qué estás molesto -dijo ella, acercándose a él-. La última vez te has puesto muy gallito y no has pensado. Es importante respetar siempre a tu oponente, porque el precio que se paga es la muerte.

La luz que se filtraba por la ventana iluminaba la pálida piel femenina. Tenía las mejillas sonrosadas, probablemente más por el enfado que por el maquillaje.

– Tienes que olvidarte de que soy una mujer – insistió ella-. Puedes aprender mucho de mí, eso es lo importante.

Billie continuó hablando, repitiendo tópico tras tópico en un intento de devolver la confianza a un ego malherido.

Claro, pensó él. Era lo que hacía siempre. Cada nuevo cliente tenía pilotos que se molestaban con su superioridad simplemente porque era una mujer. ¿Cuántas veces se habría disculpado por ser la mejor?

Era una mujer increíble. Inteligente, incansable, y de gran talento. Además de eróticamente muy sensual.

Él la deseaba con cada célula de su ser, pero incluso más que eso.

– Reúnete conmigo dentro de una hora -dijo él, interrumpiéndola en mitad de una frase.

– ¿Perdona? -parpadeó ella.

– Reúnete conmigo dentro de una hora delante de vuestra oficina -repitió. Miró la minifalda y la camiseta ceñida-. Tráete una chaqueta.

– Tengo clases. Tengo otros alumnos que…

Él la calló poniéndole un dedo en los labios.

– Por favor -dijo-. Quiero enseñarte una cosa.


Capítulo 5

Billie fue a la entrada de la oficina de los Van Horn, como Jefri le había pedido. Incluso llevaba una chaqueta, aunque no sabía cómo reaccionar ante aquella situación. Todavía estaba pensándolo cuando Jefri detuvo un Jeep descapotable a su lado y la invitó a subir.

– Sé que eres el príncipe y todo eso – dijo ella, montando -, pero eso no les importa a los demás alumnos. Tengo una responsabilidad con ellos, y no puedo desaparecer de repente sin avisar.

Jefri sonrió y atravesó el aeropuerto.

– Claro que puedes. Te prometo que ninguno de ellos se quejará.

– Porque la fuerza aérea está bajo tu mando, ¿no?

– Sí.

Era evidente que no estaba logrando comunicarle el mensaje.

– El poder debe utilizarse para hacer el bien, no el mal.

Los ojos oscuros se arrugaron por los extremos.

– Te prometo que hoy no pasará nada malo.

– No sé si eso es suficiente.

– Tendrás que confiar en mí.

Pero ella no estaba preparada, al menos no por completo. Jefri era un hombre que no soportaba perder y las derrotas que Billie le infringía una y otra vez podían traer problemas. Lo malo era que no sabía qué hacer. Normalmente, aceptaba la situación sin darle más importancia, pero con Jefri…

Si no la hubiera besado tan maravillosamente nada de eso importaría. O si los latidos de su corazón no se dispararan cada vez que lo veía.

– Dejar de pensar -dijo él-. Estás aquí para disfrutar y dejarte impresionar.

– Esto no tiene nada que ver con volar, ¿verdad? -preguntó ella-. Porque no es un buen tema para impresionarme.

El sonrió.

– Ya veremos.

Quizá podía fingirlo, se dijo, mientras rodeaban los hangares de Bahania Air y se dirigían hacia una inmensa nave. Jefri detuvo el vehículo junto a la puerta.

– Cuando te bajes, quiero que te tapes los ojos.

Billie lo miró.

– No es precisamente mi estilo.

– Por favor. Quiero que sea una sorpresa.

Y ella quería volver a verlo sonreír.

– Está bien.

Billie se apeó y se cubrió los ojos con una mano. Jefri le tomó la otra mano y la llevó al interior del edificio.

– No te muevas -dijo, haciéndose a un lado.

Billie oyó unos pasos y el ruido de unos interruptores.

– Ahora -dijo él.

Ella abrió los ojos y miró a su alrededor. La exclamación que escapó de su garganta no tuvo que ser fingida. Era muy sentida.

– No puede ser -dijo, en voz baja.

El hangar estaba lleno de aviones antiguos restaurados. Había un Tiger Moth, un Fokker, incluso un Spitfire. Billie sintió una presión en el pecho que apenas la dejaba respirar.

– No puedo creerlo -jadeó-. ¿Son tuyos?

– Es una parte de mi colección -dijo él, dirigiéndose hacia las inmensas puertas del hangar, donde pulsó un botón.

Las puertas empezaron a abrirse.

– Algunos están en el Museo Nacional, y otros participan en exhibiciones aéreas.

Jefri se acercó a ella y le tomó la mano. Después la llevó hacia el Tiger Moth.

– Ahí tienes gafas y auriculares -la informó él, señalándole una mesa junto al avión.

Billie abrió la boca, incrédulo.

– ¿Vamos a pilotarlos?

– Claro -sonrió él-. Todos funcionan perfectamente.

– Hmmm… yo… tú.

Estaba tan perpleja que no podía hablar. Mejor cerrar el pico, se dijo.

Rodeó el avión y acarició el fuselaje con las manos.

– Increíble -susurró.

– Toma.

Jefri le dio un casco de cuero y unas gafas. Billie se puso la chaqueta, y después el casco. Más complicado iba a ser subir a la cabina. Entre la distancia, la falda corta y las sandalias de tacón, sólo había una solución. Se descalzó y llevó los zapatos en una mano; después se metió las gafas en el bolsillo de la cazadora y por fin se encaramó hasta la cabina sin mirar hacia abajo. Seguro que había dado todo un espectáculo a Jefri, pero estaba demasiado contenta para pensar en ello.

– Es fabuloso -dijo ella, mientras él se sentaba detrás.

– Es mi favorito -reconoció él.

Dos hombres en monos grises retiraron los bloques de las ruedas y Jefri puso el motor en marcha. Mientras el avión avanzaba lentamente hacia la puerta, Billie estudió el sencillo diseño de la cabina, que sólo proporcionaba la información imprescindible.

Pero lo que le faltaba en tecnología lo compensaba con el placer de volar, pensó ella, mientras avanzaban por la pista y despegaban. La velocidad era muy inferior a la de los reactores que ella estaba acostumbrada a pilotar, pero ahora podía sentir el aire a medida que ascendían. Cuanto más ascendían, la temperatura era cada vez más fría, y se alegró de la cazadora. El aeropuerto fue haciéndose cada vez más pequeño.

– Toma. Prueba tú -dijo Jefri, desde atrás.

Billie tomó la palanca y probó la respuesta del viejo avión. Aminoró la velocidad, y después aceleró para hacerse con los parámetros antes de intentar unos cuantos círculos en el aire y un ascenso casi en picado.

– Reconócelo -gritó él desde atrás -. Estás impresionada.

Billie se echó a reír.

– Por supuesto que sí. Yo quiero uno.

– No son muy difíciles de encontrar.

Quizá no, pero ella vivía con la maleta a cuestas. A veces era incluso difícil conseguir una habitación con bañera. Aunque quizá mereciera la pena intentarlo.

Sobrevoló la ciudad. La vista era diferente a la del reactor. Ahora tenía tiempo para estudiar los distintos edificios y ver la ordenación urbanística de la ciudad, así como la clara línea de demarcación entre la civilización y el vacío del desierto.

– Creo que dejé los aviones pequeños demasiado pronto -dijo ella-. Estaba impaciente por volar cada vez más deprisa. Aunque no sé muy bien por qué.

– Estos eran muy potentes en su época -dijo él -. Fueron los que se utilizaron para hacer los mapas del desierto. Era demasiado peligroso a pie.

Una época diferente, pensó ella. Más sencilla.

– Me habría encantado hacer ese trabajo -dijo.

Claro que habría sido una mujer en un mundo de hombres, y probablemente una época mucho más difícil para las mujeres.

– Habrías corrido un grave peligro -dijo él.

– ¿En qué sentido?

Jefri se echó a reír.

– Entonces no estábamos tan civilizados. El harén estaba lleno de mujeres hermosas. Si hubieras volado sobre nuestro desierto, sospecho que te habrían detenido y te habrían entregado a mi bisabuelo como regalo.

– No sé muy bien qué pensar de eso.

– Habría sido un gran honor.

– ¿Ser una más entre mil? No, gracias – Billie dibujó un ocho en el aire-. ¿Sigue habiendo harén?

– Esa parte del palacio todavía existe, pero estaba vacío desde la época de mi abuelo.

– ¿No lo echas de menos?

Jefri se echó a reír.

– No necesito tener a mujeres cautivas para que estén a mi lado.

Eso ya se lo imaginaba, pensó ella. Sólo tenía que mover un dedo y seguro que las mujeres se le echaban encima. A ella le gustaba pensar que era diferente y que intentaría resistirse, pero sabía que estaba equivocada.

– Ve hacia el norte -dijo él -. Unos cincuenta kilómetros.

Billie colocó el avión en la ruta marcada. Abajo, varias carreteras atravesaban el desierto. Billie buscó indicios de tribus nómadas, pero no vio nada. Probablemente preferían instalarse en lugares más alejados.

Unos minutos después, Jefri le indicó que girara hacia el este. Entonces Billie vio un pequeño oasis y lo que parecía una rudimentaria pista de aterrizaje.

– Lo hará solo -dijo él -. Déjalo ir descendiendo despacio.

Billie fue descendiendo hasta hacer aterrizar el aparato con suavidad, primero sobre las ruedas traseras. Una nube de polvo se levantó a su paso, y por fin el avión se detuvo.

– Bienvenida a mi paraíso particular -dijo él.

Billie se quitó las gafas.

– ¿De verdad es tuyo?

– Lo pedí cuando lo sobrevolé por primera vez, a los doce años. Nadie me ha disputado su propiedad, así que sí, es mío.

«Eso debe de estar bien», pensó ella, recogiendo los zapatos y saliendo de la cabina.

– Espera -dijo Jefri, y saltó él primero para ayudarla a bajar.

De pie en el suelo, Jefri abrió los brazos.

Ah, qué dura era la vida de una piloto de reactores, pensó ella feliz, rindiéndose a la fuerza de gravedad y permitiendo que Jefri la sujetara contra su cuerpo.

La mantuvo así una décima de segundo más de lo necesario, que a ella no le importó, antes de ayudarla con los zapatos. Dejaron las cazadoras, los cascos y las gafas en el avión y caminaron hacia las palmeras y árboles que crecían junto al agua.

– ¿Hay manantiales subterráneos? -preguntó ella.

– Cientos. Mi hermano Reyhan tiene una casa en el desierto justo encima de un manantial. Ahora vive allí con su esposa. Y dicen que la legendaria Ciudad de los Ladrones estaba a orillas de un río subterráneo.

Billie frunció el ceño.

– Recuerdo haber leído algo sobre la Ciudad de los Ladrones. Una ciudad construida de tal manera que los edificios se confunden con el suelo, o algo así. En algún sitio leí que también hay un castillo medieval.

– Qué interesante -dijo Jefri, con voz neutra.

– ¿Existe de verdad? ¿La ciudad?

Jefri la acercó a ella y le puso la mano sobre el brazo.

– Bahania es un país de gran belleza y muchos misterios. Deberías darte un tiempo para descubrirlos.

– Eso no es una respuesta -gruñó ella, aunque sin mucha energía.

Ante la belleza de aquel oasis, ¿por qué preocuparse por una ciudad mítica que ni siquiera sabía si existía con seguridad?

Jefri señaló los diferentes tipos de árboles y arbustos. Billie se agachó para sentir la suavidad de la hierba que crecía en la orilla del estanque que había en mitad del oasis. El agua rompía contra la orilla, como impulsada por una fuerza misteriosa.

– ¿Por qué se mueve tanto? -preguntó ella.

– Por la presión del manantial.

– Pero si el manantial lo alimenta constantemente de agua, ¿por qué no se desborda? No se evapora tan deprisa y no veo ningún tipo de desagüe.

Él sonrió.

– Otro misterio que hay que resolver. Las cosas son más complejas de lo que parecen a primera vista.

Jefri la llevó hacia un bosquecillo de palmeras donde había un par de tumbonas con una pequeña mesa en medio. En el suelo había una nevera con una cesta de fruta encima.

– ¿Lo has planeado tú? -preguntó ella, sorprendida.

– Hasta el último detalle. Comeremos más tarde.

– Sé que no estaba en el avión. ¿Has encargado a alguien que lo traiga?

– Claro que sí.

Vaya con la realeza, pensó ella mientras se dejaba llevar a una de las tumbonas. Ella tenía suerte si lograba que uno de sus hermanos le trajera un paquete de chicles del supermercado.

Jefri abrió la nevera. Dentro había refrescos, zumos y agua embotellada. Billie se alegró de que no hubiera alcohol. Todavía tenían que volar para regresar a la capital.

Después, Billie contempló la belleza y el silencio del desierto.

– ¿Venías aquí de niño, cuando te metías en líos? -preguntó ella, estirándose en la tumbona con un vaso en la mano.

– A veces. Pero mi padre se dio cuenta enseguida de que la mejor manera de tenerme a raya era amenazarme con quitarme los aviones.

– Te entiendo perfectamente. En mi casa el castigo habitual era quedarse en tierra.

Jefri se echó a reír.

– Dudo que escucharas tantos sermones sobre tus deberes con el pueblo y la responsabilidad de mantener una tradición milenaria como yo.

– Eso me lo ahorré, cierto -dijo ella.

– Era el sermón favorito de mi padre -dijo Jefri, encogiéndose de hombres-. Según él, yo defraudaba a nuestros antepasados con una regularidad increíble. Pero a mí me gustaba explorar, y no tardaba en volver a saltarme las normas.

– Algo me dice que sigues haciéndolo.

En lugar de responder, Jefri le tomó la mano.

– Háblame de tu infancia. Tú no tuviste que aguantar los sermones de un rey.

– No, pero mi padre estaba acostumbrado a mandar. Con tres hijos varones, no le quedaba más remedio que mantenerse firme.

Jefri le acarició el dorso de la mano con el pulgar, y ella sintió un estremecimiento.

– ¿Y contigo?

– Hasta la muerte de mi madre, ella se ocupó de educarme. Estábamos mucho tiempo juntas, y siempre nos llevamos bien. Decía que como éramos sólo las dos teníamos que estar unidas.

– Su muerte debió de ser un duro golpe.

– Lo fue. Estaba entrando en la adolescencia, justo cuando una chica necesita más a su madre. Tenía cáncer, y sólo tuvimos unas semanas para hacernos a la idea. Cuando se dio cuenta de que estaba enferma, ya era demasiado tarde. Mis padres eran novios desde el instituto, y cuando mi madre se puso enferma, mi padre lo pasó muy mal.

Billie miró hacia el horizonte.

– Mi padre viajaba mucho -continuó-, y yo creía que no la quería tanto, pero me equivoqué. Recuerdo un par de días después del diagnóstico que fui a su habitación para hablar con ella. Mi padre estaba allí, abrazándola, y llorando. Nunca lo había visto llorar. Quise irme, pero no pude. El le pedía que no se muriera, que no podría continuar sin ella. Se querían mucho. Entonces me juré que algún día yo encontraría a alguien que me quisiera tanto.