La voz femenina se mantuvo firme. Billie cruzó los brazos y tragó saliva.

– Me acerqué a la ventana y entonces la vi. Dos de los gatos del vecino la tenían acorralada. Estaban jugando con ella. Torturándola. Llamé a gritos a mis hermanos para que me abrieran la puerta, pero no me oyeron. Mi madre había ido a comprar. Yo estuve encerraba casi dos horas. El tiempo que tardaron en matarla y comérsela.

Jefri hizo una mueca.

– ¿Lo viste todo? -preguntó, extrañado.

– Claro. No podía dejarla sola, era mi ratoncita – suspiró-. No sé cuánto lloré. Por fin mi madre me encontró e intentó convencerme de que no había sido Missy, pero yo sabía que era ella. ¿Cuántos ratones blancos viven silvestres en el campo?

– ¿Por eso no te gustan los gatos?

– ¿Tú que crees?

– Actuaron por instinto, no por malicia -dijo él.

– Vaya. ¿Y eso hace aceptable la muerte de Missy?

¿De verdad estaban hablando de un ratón?

– Claro que no.

– Tener un animal de compañía es duro, pero merece la pena -dijo ella, incorporándose-. Ahora tengo a Muffin y me aseguraré de que no le pase nada. Ningún gato, por muy palaciego que sea, se la zampará para cenar.

– Estos gatos están demasiado bien alimentados.

– Más vale -dijo ella, con un destello de rabia en los ojos.

¿Cómo habían cambiado tanto de tema de conversación?, se preguntó Jefri. A él le gustaría hablar de aviones, o de lo guapa que era, pero estaban hablando de ratones.

– Diré al servicio que mantenga a los gatos fuera de tus habitaciones -dijo él.

– Gracias -dijo ella, y miró a la bañera-. Si no me hubieras tentado con este magnífico cuarto de baño, seguramente habría vuelto a los barracones. Pero esto es irresistible.

Oh, encima. La bañera era irresistible, pero él no.

– Sobre tu estancia aquí -dijo él -. ¿Tienes que ir al aeropuerto todos los días?

– Sí. Tengo que cargarme a muchos novatos – sonrió ella, guiñándole un ojo con picardía.

– Estoy seguro de que mis hombres estarán encantados de aprender de ti -dijo él, ignorando la insinuación de que ella siempre lo vencería.

– Oh, aprenderán, aunque no disfruten mucho en el proceso -respondió ella, con una sonrisa.

– Te pondré un coche con chófer a tu disposición. Sólo dile adonde quieres ir, y él te llevará.

Billie abrió la boca, con incredulidad.

– ¿Un coche con chófer para mí sola?

– Puedes compartirlo si quieres.

Billie soltó una carcajada.

– No, no hace falta. Como he dicho antes, podría acostumbrarme a esto.

– Espero que disfrutes de tu estancia en mi país -dijo él, y con un asentimiento de cabeza se fue.

Billie terminó de secarse el pelo y se echó hacia atrás para contemplar el efecto.

– No está mal -murmuró a su reflejo, retocándose un rizo.

Siempre había tenido mucho pelo, y la falta de humedad en el país del desierto garantizaba que su peinado se mantendría por más tiempo.

Casi una hora en la inmensa bañera la había relajado, y ahora, enfundada de nuevo en un vestido de verano y sintiendo el cambio de horario, el cansancio empezaba a apoderarse de ella.

– Deberíamos dar un paseo -dijo a Muffin entrando en el salón de la suite-. Aunque un par de vueltas en esta habitación es casi lo mismo, ¿verdad? – dijo, sonriendo, mientras contemplaba los elegantes muebles de estilo occidental y los cuadros que decoraban las paredes.

En la zona del sofá había una exquisita alfombra persa, y a la izquierda una zona del comedor. La vista era espectacular y el silencioso aire acondicionado mantenía la habitación a unos agradables veinticuatro grados las veinticuatro horas del día.

– La buena vida -dijo, tomando a Muffin en brazos-. Bien, ¿qué tal si damos una vuelta y después pensamos en la cena? Supongo que el palacio tendrá servicio de habitaciones. Se me ha olvidado preguntárselo al príncipe.

Claro que el olvido era fácilmente explicable. ¿Quién se iba a acordar de eso mientras el hombre, tan alto y principesco, le enseñaba la habitación?

– El tío está como un tren -le dijo a la perrita saliendo al pasillo-. Ojalá fuera mi tipo.

Pero ella no tenía ningún tipo especial de hombre. Para decidir cuál era su tipo habría necesitado un mínimo número de relaciones sentimentales. Que ella no había tenido.

Billie fue hasta el final del pasillo y bajó las escaleras. Tenía un buen sentido de la orientación, y logró llegar al jardín en menos de cinco minutos.

O los jardines, mejor dicho. Distintos jardines que se sucedían en una exquisita variedad de estilos, desde el jardín inglés más formal rodeado de setos cuidadosamente podados a plácidos estanques rodeados de exótica vegetación tropical. Dejó a Muffin en el suelo con cautela, y vigiló la posible llegada de los gatos.

– No está mal -murmuró Billie, mientras Muffin empezaba a olisquear.

Las sandalias de tacón resonaban en el sendero de piedras. Caminó entre plantas, arbustos y árboles, deteniéndose de vez en cuando a oler una flor o aca¬riciar una hoja. No sabía mucho de plantas. Lo suyo eran los motores y la velocidad para romper la barrera del sonido. Sin embargo, podía apreciar la belleza y serenidad de lugar.

Dobló una esquina y vio a un hombre sentado en un banco. El la miró, y cuando ella se acercó, él se levantó.

– Buenas tardes -dijo éste con una sonrisa-. ¿Quién es usted?

El hombre era alto y atractivo, aunque mayor, de pelo canoso e intensos ojos negros. El elegante traje de corte clásico le recordó al presidente de un banco, o a un senador.

– Billie Van Horn -dijo ella, tendiéndole la mano.

– Ah, los expertos en aviones. Reconozco el nombre-dijo el hombre. Le estrechó la mano y le indicó el banco-. ¿Es miembro de la familia?

– La única chica. Un rollo, si quiere que le diga la verdad -dijo Billie, sentándose-. Por suerte soy una excelente piloto y si mis hermanos se pasan conmigo los desafío a un combate aéreo -sonrió-. Y perder conmigo es una buena cura de humildad.

– Me imagino.

Muffin se acercó a olisquear los zapatos del hombre.

– Mi perrita Muffin -dijo Billie-. Me habían dicho que había gatos, pero no esperaba tantos. No quiero que Muffin termine en la cazuela.

– No tiene que preocuparse. Esta perra parece muy capaz de cuidarse sola.

– No cuando son tantos. Ya ha habido una pelea en mi habitación.

El hombre arqueó las cejas.

– ¿Se aloja en palacio?

– Sí. El príncipe Jefri nos ha invitado a mi hermano y a mí -Billie se inclinó hacia él-. Debo confesar que me he dejado seducir por la bañera. ¿Quién puede negarse a vivir unas semanas en un palacio? Es un lugar increíble.

– Me alegro de que le guste.

Un gato se acercó paseando. Billie lo miró con desagrado.

– ¿Pilota reactores? -preguntó el hombre, acariciando un momento el lomo del animal-. ¿Ése es su trabajo?

– Me ocupo de los vuelos de entrenamiento, sí. También trabajo con los pilotos en los simuladores.

– ¿Se le da bien?

Billie sonrió.

– Soy la mejor. Esta mañana me he cargado al príncipe Jefri en menos de dos minutos. No literalmente, claro.

– Me alegro. Todavía no estoy preparado para perder a mi hijo menor.

Al escuchar las palabras, Billie abrió la boca, y enseguida la cerró.

– ¿Hi-hijo? -repitió, con la esperanza de haber oído mal-. ¿Usted es su padre?

– Sí.

Billie estudió un momento los ojos negros del respetable anciano y se dio cuenta del parecido.

– Entonces usted es…

– El rey.

– Oh, cielos.

Billie se levantó, pensando en El Rey y yo, y se preguntó si estaría autorizada a tener la cabeza por encima de la de él. ¿Era una ley de verdad, o sólo un musical?

– No puedo… -tragó saliva-. No sabía… -se cubrió la cara con las manos-. ¿Cuántas leyes he infringido?

– Sólo tres o cuatro.

El rey no parecía enfadado. Ni siquiera molesto. Más bien divertido.

– Podía habérmelo dicho.

– Ya lo he hecho.

– Me refiero antes, cuando he dicho «hola, soy Billie», usted podía haber contestado «hola, soy el rey».

– Así era más interesante. Y te ha permitido hablar con más libertad, si me permites que te tutee. Después de derribar a mi hijo, creo que estoy en mi derecho.

– Por supuesto. ¿Tengo que inclinarme o arrodillarme? -preguntó, titubeando.

– Ninguna de las dos cosas. Soy el rey Hassan de Bahania -dijo, con un formal movimiento de cabeza-. Bienvenida a mi país.

– Gracias. Su país es muy hermoso -Billie suspiró-. Supongo que tendré que disculparme por mi aversión a los gatos.

Un fuerte aullido interrumpió la conversación. Billie se puso en pie de un salto y salió corriendo, justo cuando un gato negro y blanco pasó volando delante de ella. Billie se hizo a un lado para evitar a la horrible criatura, pero resbaló y perdió el equilibrio.

De repente, un par de fuertes abrazos la sujetaron por detrás. Alguien la puso en pie, rescatándola de lo que habría sido una dolorosa caída. Billie contuvo el aliento al sentir los músculos duros como piedras, el increíble calor corporal y los fuertes latidos de su corazón.

Volvió la cabeza y se encontró con Jefri, que la miraba a unos centímetros de distancia.

– Me temo que tu perra ha vuelto a meterse en líos -dijo él, incorporándola-. Creo que le gustan. Los líos.

Billie se alisó el vestido con las manos.

– Me parece que con tantos gatos, no le queda otro remedio que protegerse -respondió ella. Pero entonces recordó la presencia del rey y tragó saliva-. Aunque los gatos son preciosos, por supuesto – añadió casi sin voz.

Jefri la miró extrañado, pero no dijo nada. El rey parecía divertido. Se acercó y tomó a la pequeña Muffin en brazos.

– Así que tú eres la alborotadora -dijo, mirando a la perrita a la cara-. Me temo que tienes que aprender cuál es tu lugar del mundo.

Billie cruzó los dedos para que no fuera una jaula. O las mazmorras.

– Viaja siempre conmigo. Está un poco consentida.

– Ya lo veo -dijo el rey, dejando a Muffin en el suelo. Le dio unas palmaditas en la cabeza-. Quisiera invitarlos a usted y a su hermano a cenar esta noche -añadió, incorporándose -. Si puede dejar a la pequeña en su habitación, claro.

¿Cenar con un rey? Eso no pasaba todos los días. De hecho no le había pasado nunca.

– Por supuesto-dijo Billie, y recorrió mentalmente su armario-. ¿Formal? ¿Informal?

– Sólo estará la familia -respondió él.

Lo que no aclaraba ni confirmaba la presencia del superbombón, el príncipe Jefri.

– Bien. ¿Quiere informar a su hermano?

Billie pensó en la reacción de su hermano. No le haría mucha gracia.

– Dejaré que lo haga usted -dijo ella, sabiendo que su hermano no se atrevería a rechazar la invitación de un rey-. Estará encantado.

Jefri torció la boca. ¿Le estaría leyendo el pensamiento?, pensó Billie.

No, se dijo. A los hombres como él no los preocupaba lo que pensaran las mujeres. Lo que querían… ¿qué querían de las mujeres los hombres como él?

Pero como no era ni una top model ni la heredera de ninguna fortuna ni grande ni pequeña, no tenía muchas posibilidades de averiguarlo.

– Entonces a las siete y media -dijo el rey.

– Allí estaré.

Billie se agachó, tomó a Muffin en brazos y volvió a su habitación. Si iba a cenar con el rey tenía que retocarse el peinado.

Jefri terminó de hacerse el nudo de la corbata y estudió la chaqueta, buscando pelos de gato.

– Prueba con esto -le dijo su hermano Murat lanzándole un cepillo de pelo.

– Gracias.

– ¿De verdad tiene un perro? -preguntó Murat, desde el sofá.

– Es más bien una rata con pelo.

Claro que a Billie parecían gustarle mucho los roedores, pensó recordando la tragedia de la raton-cita.

– ¿Y te ha derribado en pleno vuelo?

Jefri se puso la chaqueta y se volvió a mirar a su hermano.

– No literalmente.

– Eso ya lo veo -Murat sonrió-. Estoy impaciente por conocerla.

– Es imprevisible.

– Suena interesante.

Jefri no dijo nada. Sólo miró a su hermano, que se levantó, se desperezó y sonrió.

– Soy el príncipe heredero -dijo, como si Jefri no lo supiera-. Puedo tener lo que quiera.

– A ésta no.

Su hermano arqueó una ceja.

– ¿Por qué no?

Jefri esbozó una sonrisa.

– Es mía.

– Ah. ¿Lo sabe ella?

– Aún no, pero lo sabrá muy pronto.

– En ese caso, te deseo suerte, hermano.

– No la necesitaré.

Nada se interpondría entre él y Billie. Primero aprendería todos sus secretos, y después la haría suya en su cama.


Capítulo 3

Como a la mayoría de las niñas, a Billie le encantaba disfrazarse de mayor cuando era pequeña, así que ahora no iba a dejar pasar la oportunidad de arreglarse para una cena en el palacio de un rey acompañado de su real familia. Además, una de las ventajas de su trabajo era que cada dos años asistía a la Feria Aérea de París, lo que significaba que después de admirar los últimos avances tecnológicos para aviones con sus hermanos, ella se iba de compras a las boutiques más elegantes de la capital francesa.

Ahora se había puesto una de sus adquisiciones más exquisitas, un vestido de noche violeta oscuro que caía elegantemente hasta el suelo. Con unos pasadores se había recogido el pelo hacia atrás, dejando que la melena rubia y ligeramente ondulada cayera en cascada sobre su espalda. En los pies, unas sandalias plateadas de tiras de tacones altísimos la hacían sentirse como una diosa amazona.

– ¿Qué te parece? -preguntó a Muffin, enseñándole dos pendientes diferentes -. Éstos cuelgan más, pero éstos brillan.

Muffin ladró.

– Opino exactamente lo mismo. El brillo es mejor -dijo, y se puso los pendientes más pequeños de circonitas.

Se echó unas gotas de perfume y, satisfecha con el resultado, metió una bolsa de plástico en el bolso y prometió a Muffin traerle alguna exquisitez.

Lo difícil sería trasladar la carne o lo que fuera del plato a su bolsito, pero lo había hecho cientos de veces y casi nunca la habían pillado.

– Bien, pórtate bien. No volveré tarde.

Billie puso el reproductor de DVD en marcha y se dirigió a la puerta.

Al salir al pasillo del hermoso palacio rosa, tuvo la sensación por primera vez de ser casi una princesa.

– Mucho mejor que un disfraz de Halloween – murmuró, echando a andar hacia el ascensor.

Mientras esperaba, oyó una puerta que se cerraba y el sonido de pasos. Segundos más tarde, Jefri caminaba hacia ella.

– Buenas noches -dijo él, impresionante en su esmoquin negro.

Billie suspiró para sus adentros. No se había equivocado. Una cena familiar en círculos reales no significaba que se pudiera asistir en pantalones vaqueros.

Cuando Jefri se detuvo junto a ella, hizo un esfuerzo para no desvanecerse. Casi todos los hombres estaban bien en esmoquin, pero si uno ya era guapo de por sí la diferencia era espectacular. Y Jefri no era una excepción. El pelo negro cepillado hacia atrás marcaba aún más sus angulosas acciones, y el cuello blanco y los puños de la camisa resaltaban el bronceado de su piel.

Por su parte, Billie evitaba el sol en la medida de lo posible. Más que broncearse se quemaba, y no quería llegar a los cincuenta con una piel con aspecto de cuero curtido.