Jefri se inclinó y la besó con una pasión que la dejó sin fuerzas. Le acarició el cuerpo, a medida que le quitaba la ropa. Ella hizo lo mismo con él, con la continua distracción de cosas como su boca en los pezones o sus dedos entre las piernas.

La acarició y la amó hasta dejarla sin capacidad para pensar ni para respirar, sólo para sentir.

Colocándose entre sus muslos, Jefri la miró a los ojos.

– Quédate -jadeó él-. Quédate conmigo.

Ella se perdió en sus ojos negros.

– Claro que me quedaré.

– Quiero que te cases conmigo. Que seas la madre de mis hijos. Que seas parte de mí, y parte de mi país. No puedo vivir sin ti.

A Billie le ardían los ojos y pestañeó para apartar las lágrimas.

– Te quiero, Jefri. No me imagino en ningún otro sitio.

– ¿Es eso un «sí»?

– Un «sí, para siempre».

Entonces él entró en ella y la poseyó con una intensidad que la llevó a otra dimensión.

Más tarde, cuando recuperaron la respiración, ella se acurrucó a su lado.

– Supongo que ahora no me la tengo que quitar nunca -dijo, alzando la muñeca y contemplando la pulsera.

– No tienes que preocuparte -le aseguró él-. Mi pueblo siempre te amará tanto como yo. Éste será tu hogar. El palacio y los cielos de Bahania.

Billie apoyó la barbilla en su pecho y lo miró.

– ¿Así que no vas a pedirme que deje de volar?

– Por supuesto que no. Tu sitio está entre las nubes. La diferencia es que ahora estaré yo allí arriba contigo.

– Te advierto que seguiré ganándote. No creas que casándote conmigo te dejaré ganar.

Jefri se echó a reír.

– Ahora tengo toda una vida para practicar. Algún día te ganaré.

– Ni en sueños.

– Tú eres mi sueño. Mi fantasía. Para siempre.

Billie suspiró.

– Esto se te da muy bien.

– Estoy muy enamorado.

– Yo también. De hecho…

Unos rasguños en la puerta llamaron su atención.

– Oh, espera un segundo. Muffin quiere salir. Voy a abrirle la puerta.

Billie se levantó, se puso la camisa de Jefri y abrió la puerta de la suite para que Muffin saliera al pasillo. Después volvió corriendo al dormitorio.

– ¿Dónde estábamos? -preguntó, metiéndose otra vez bajo las sábanas.

Jefri la abrazó.

– Creo que aquí.


Muffin trotó por el largo pasillo del palacio, ignorando a todos los gatos que encontraba a su paso. Al llegar a las inmensas puertas talladas de madera, esperó a que el guardia la dejara pasar y después corrió al sofá junto a la ventana.

– Ya estás aquí -le dijo el rey-, ¿Has visto? Te dije que todo saldría bien.

Muffin saltó junto al rey. El gato negro que había en el sofá se movió para hacerle sitio y después empezó a lamerle la cara.

La perrita suspiró de placer.

– Ahora sólo nos queda Murat-dijo el rey-. Pero no os preocupéis. Lo he pensado mucho y tengo un plan maravilloso. ¿Queréis que os lo cuente?


SUSAN MALLERY

Изображение к книге El Jeque y el Amor
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