– ¿Y por eso tenemos que ser los tres desgraciados?

Billie no quería pensar en eso.

– El tiempo lo cura todo.

– ¿Crees que con el tiempo llegaré a amarla? Sabiendo lo que siento por ti, ¿crees que algún día podré amarla? No puede haber dos mujeres más diferentes.

– Tienes que intentarlo.

Jefri la abrazó una vez más y la besó.

– Será imposible -susurró después -. ¿Y tú? ¿Buscarás a otro hombre?

– Tendré que hacerlo -dijo ella, bajando los ojos-. Quiero tener una familia. Quiero tener hijos.

Jefri le dio la espalda. Billie sintió su dolor como si fuera el suyo propio.

– Lo siento.

– No, tienes razón. Soy un tonto. Quiero tener lo que no puedo y me niego a aceptar nada que no sea eso.

Entonces se volvió hacia ella y se metió una mano en el bolsillo.

– Tengo una cosa para ti. La llevo desde hace tiempo, pero no estaba seguro de que la aceptaras.

Extrajo una pulsera de oro tallada e incrustada con piedras preciosas.

– Pertenece a una colección muy antigua. Ésta es de principios del siglo X.

Billie tomó la deslumbrante pulsera y la giró en la mano.

– No se puede abrir.

Jefri sonrió.

– Ahí está parte de su encanto. Es una versión efe una pulsera de esclavas. El mecanismo para abrir estaba oculto en el diseño. Algunas se hacían para las mujeres del harén. Así si escapaban se sabía que eran propiedad del rey. Otras, como ésta, se hacían para la mujer que poseía el corazón del rey. Ofrecían protección y eran un salvoconducto en todo el país. Quienes ayudaban a su propietaria eran recompensados.

Jefri volvió a meterse la mano en el bolsillo y sacó una diminuta llave que colgaba de una delicada cadena de oro.

– ¿Ves los diamantes que rodean el zafiro?

Billie asintió.

– La llave se mete aquí. Si decides llevar la pulsera, debes saber que aquí siempre tendrás tu hogar. Cuando estés lista, quítatela.

Billie entendió perfectamente el significado de sus palabras. Cuando se enamorara de otro hombre, quitarse la pulsera sería la señal del olvido.

Debería exponerse en un museo -dijo ella.

– Prefiero que la lleves tú.

Jefri abrió la pulsera y se la deslizó en la muñeca. Después la cerró. El frío metal encajó perfectamente en la delicada muñeca de Billie.

Jefri le colgó la cadena al cuello y ella metió la llave debajo de la blusa.

– Ahora sabes que estás protegida -dijo él -. Si te pierdes sólo tienes que pedir ayuda y te traerán hasta mí. Pase lo que pase, estés donde estés, aquí siempre habrá un lugar seguro para ti. Incluso después de mi muerte, mis herederos honrarán la promesa de la pulsera hasta el día de tu último aliento.

Jefri recitó las palabras como si fueran una oración, o un juramento. Billie le tomó la mano en las suyas y se apoyó en él.

– No sé si soy bastante fuerte para hacer esto. Quizá lo que quiero es huir contigo y que nos olvidemos del mundo.

Jefri le rozó los labios con los dedos.

– Sólo tienes que decirlo.

Billie miró la pulsera y después a él y supo que lo decía en serio. Si ella se lo pedía, él lo dejaría todo por ella. ¿Pero a qué precio? ¿A cuántas personas harían daño? No sólo a Tahira. También al resto de su familia. ¿Y cuánto tiempo soportaría él estar separado de ellos?

– Dilo -repitió él.

Billie respiró profundamente, tratando de sacar fuerza de donde sólo había dolor.

– No.

– ¿Está segura? -pregunto él, con una inmensa tristeza.

No lo estaba, pero asintió porque era lo único que podía ser.

– Por favor, llévame al palacio -susurró ella-. Voy a necesitar un baño caliente y un montón de chocolate para superar este día.

Jefri la besó.

– Te querré siempre.

– Y yo también.

Regresaron al palacio en la limusina. Billie se acurrucó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro. Cerró los ojos para no ver la ciudad que había llegado a amar, sabiendo que el tiempo que le quedaba en ella era limitado. Sintió el peso de la pulsera en la muñeca y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que estuviera dispuesta a quitársela.

Se imaginó de anciana, apareciendo en las puertas del palacio y pidiendo refugio. Un joven príncipe aparecería y le hablaría de la muerte de su padre, y de cómo la había amado hasta el final. Después la llevaría a una magnífica habitación donde ella descansaría los últimos días de su vida.

Todo muy romántico, pensó, y muy trágico. Además, ella quería pasar los últimos días de su vida rodeada de una numerosa familia, no sola en un país extranjero donde no conocía a nadie.

Por eso, con el tiempo tendría que encontrar la forma de olvidar y buscar a un hombre que la hiciera feliz. Aunque quizá no necesitara a un hombre. Podía adoptar y formar una familia ella sola. Tenía mucho que ofrecer, un gran corazón y mucho amor.

La limusina entró en el palacio. En ese momento, varios guardias se acercaron e indicaron al conductor que se detuviera.

La puerta trasera se abrió.

– Disculpe, príncipe Jefri, tenemos órdenes de registrar todos los vehículos.

Jefri bajó del coche, y Billie lo siguió. A unos pocos metros, estaba su padre hablando con un hombre. Al verlo, fue hacia él.

– Por fin has vuelto -dijo, entre enfadado y preocupado.

– ¿Qué ha ocurrido? -pregunto Jefri.

– Tahira ha desaparecido, y también Doy le Van Horn.


Capítulo 15

Jefri siguió a su padre hasta una sala privada junto al vestíbulo. Hasta que el rey bajó la vista, no se dio cuenta de que Billie y él todavía estaban con las manos unidas.

– ¿Cuándo la han visto por última vez? -preguntó sin importarle lo que pensara nadie, incluido el rey.

– No sé lo que está ocurriendo -dijo Billie tocándole ligeramente el brazo-, pero sé que mi hermano no le haría daño.

– Confío en tu hermano -le aseguró Jefri antes de volverse hacia su padre-. ¿Estás seguro de que están juntos? ¿Han dejado alguna nota?

El rey le entregó una breve nota escrita con la letra perfecta de Tahira. No puedo hacerlo, había escrito. Perdón por esta deshonra, pero debo escapar.

– No dice nada de Doyle -murmuró Billie-. A lo mejor no estaba con ella.

– Están juntos -afirmó el rey -. Han estado mucho juntos. Los he visto varias veces en los jardines. No mencioné nada porque pensé que era sólo amistad, nada más.

Billie soltó los dedos de Jefri y escondió el brazo de la pulsera a la espalda.

– ¿Quiere decir que están juntos como pareja? -preguntó, sorprendida.

– No sé hasta dónde han llegado. Pero si la ha mancillado…

Billie palideció al imaginar a su hermano delante de un pelotón de ejecución. Jefri le tocó el brazo.

– Aún no ha pasado nada. Pero no estoy tan preocupado porque se hayan ido juntos, sino porque Tahira es mi responsabilidad y me preocupa su bienestar.

– ¿Y si Doyle y ella han… ya sabes, que pasará?

Jefri entendió la pregunta. Si Tahira no era virgen, ¿se mantendría en pie el compromiso?

– Veamos primero qué es lo que ha ocurrido-dijo, sin querer hacerse demasiadas ilusiones.

Pero si Tahira se había enamorado de Doyle, todos sus problemas desaparecerían. Por eso acompañó a Billie a su dormitorio y después volvió con su padre, que estaba furioso ante el escándalo que se avecinaba.

– ¿Cómo ha podido hacerme esto? A mí, que la he tratado como a una hija -estaba farfullando su padre cuando entró.

Jefri trató de mantener la calma.

– Has dicho que los has visto juntos algunas veces.

– ¿Qué? -el rey se acercó hasta la ventana y miró al exterior-. Sí, varias tardes, en los jardines. No le di importancia.

A Jefri le resultó difícil de creer.

– Tahira tiene dieciocho años, pero su experiencia es la de una niña. ¿No se te ocurrió pensar que Doyle Van Hora podría seducirla fácilmente?

– ¡Confiaba en él! -protestó su padre-. ¡Era un invitado en mi palacio, y a cambio esperaba su respeto!

– Pero no interrumpiste sus encuentros -dijo Jefri en voz baja, tratando de buscar la lógica de la situación.

Su padre se volvió hacia él, furioso.

– ¿Qué estás insinuando?

– Que podías haberlo detenido hace tiempo, y no lo hiciste. Me pregunto por qué.

El rey se volvió de nuevo a la ventana sin responder. Jefri no pudo evitar pensar que aquello podía ser un plan premeditado de su padre. No la llegada de Tahira, eso lo había pedido él mismo, pero sí todo lo demás. En circunstancias normales, el rey jamás hubiera permitido a la futura esposa de uno de sus hijos estar a solas con otro hombre en los jardines del palacio. ¿Y si todo había sido un plan para calibrar hasta dónde llegaban sus sentimientos hacia Billie?

– Eres un viejo muy astuto -dijo Jefri, sacudiendo la cabeza.

Su padre lo miró, extrañado.

– ¿De qué estás hablando?

– Tienes muy poco que hacer. Primero con Reyhan y Emma, insistiendo en que estuvieran juntos antes de concederles el divorcio. Sospechabas que seguían enamorados y los obligaste a estar juntos hasta que no pudieron negar lo que sentían el uno por el otro.

Su padre sonrió.

– ¿Qué te hace pensar que Reyhan fue el primero? – preguntó, caminando hasta el centro de la sala.

Jefri lo miró. ¿También había intervenido su padre en el matrimonio de Sadik con Cleo? ¿Y también con él?


Dos horas después, una avergonzada Tahira y un pálido pero desafiante Doyle fueron obligados a regresar a palacio y a presentarse delante del rey en el salón del trono.

Jefri estaba a la derecha de su padre, y miró furioso a Doyle. Al margen de que quisiera o no casarse con Tahira, la joven estaba bajo su responsabilidad.

– Eras un invitado en mi casa -le dijo Jefri-. Fuiste tratado con honor y lo mismo esperaba de ti. En lugar de eso, has tomado uno de nuestros mayores tesoros para tu placer personal.

Doyle frunció el diseño.

– Tahira no es un cuadro o un jarrón. Es una mujer.

– Exacto, una joven muy especial y muy inteligente. No es tuya, Doyle Van Horn. No tenías derecho.

Tahira se colocó delante de Doyle.

– No le hagas daño, por favor. Sé que lo que he hecho es imperdonable, pero no le hagas daño.

Doyle le pasó un brazo por el hombro.

– No te disculpes. No has hecho nada malo.

– En eso tienes razón -dijo Jefri-. Aquí el acusado eres tú.

Doyle se irguió cuan alto era.

– No te tengo miedo.

– Deberías tenerlo -dijo el rey, con severidad-. Mantenemos la paz en el reino desde hace mil años y nadie tiene derecho a secuestrar a una joven inocente para sus perversiones.

– No la he secuestrado -dijo Doyle, con los dientes apretados-. Sólo quería ayudarla a escapar – miró a Jefri-. Tú no la quieres. Apenas la soportas y no estás enamorado de ella. ¿Por qué demonios insistes en casarte con ella? -sin darle tiempo responder, se volvió a Tahira-. Y tú eres igual. Di la verdad.

Tahira agachó la cabeza.

– Estoy aquí para someterme a los deseos del príncipe.

Doyle maldijo en voz baja.

– Tahira, por el amor de Dios, di lo que quieres de verdad, aunque sea por una vez. No pasará nada, te lo prometo.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

– Te matarán.

– No somos tan salvajes -dijo el rey.

Jefri ya había oído bastante. Bajó las escaleras y tomó la mano de Tahira.

– Ven conmigo -le dijo, amablemente-. Hablaremos en privado.

Y después de dar órdenes a los guardias de que custodiaran a Doyle, llevó a Tahira a una pequeña antesala detrás del trono. Allí la sentó en un sillón y le dio un vaso de agua.

– ¿Estás bien? -le preguntó.

Ella asintió, sujetando el vaso con las dos manos.

– Doyle no me ha hecho daño. Tienes que creerme.

– Te creo. Sé que no fuiste con él contra tu voluntad. Querías ir con él, ¿verdad?

Ella abrió los ojos y asintió.

– Durante las últimas semanas os habéis hecho amigos.

– Sí.

Bien. Al menos su padre le había dicho la verdad. Ahora necesitaba el resto de la información.

– ¿Estás enamorada de él?

Tahira se hundió en el sillón.

– No, no. Yo nunca… no hemos… Me has hecho un gran honor, y yo me siento muy agradecida.

– Tahira, no estoy interesado en tu gratitud. Quiero tu felicidad -la interrumpió él-. Pensaba que deseabas este matrimonio por encima de todo, pero ahora sé que no es cierto. ¿No sería más fácil decir lo que sientes de verdad y no arriesgarte a una vida desgraciada porque tienes miedo?

– Hablas como Doyle -dijo ella, y sonrió. Tras un silencio, añadió, hablando muy deprisa y apretando con fuerza el vaso de cristal -: No quiero casarme.

Profundamente aliviado, Jefri le quitó el vaso de la mano, temiendo que lo rompiera. De repente el futuro volvió a brillar ante él. Pero tenía que estar seguro.

– ¿Qué es lo que quieres? -preguntó.

– Me gustaría estudiar moda y diseño. En París. Es adonde íbamos Doyle y yo, para estar juntos-se sonrojó-. Bueno, no exactamente. Iba a ayudarme a encontrar un lugar para vivir y una escuela.

– ¿Hablas francés?

– Sí. E italiano. En Italia hacen unos zapatos preciosos.

Jefri sonrió.

– Eso he oído -le tomó la mano-. Tahira, me has honrado con tu lealtad. Siento que hayas tenido que tratar de escaparte para conseguir lo que deseabas. Nunca fue mi intención hacerte daño. Será un placer ayudarte a encontrar un lugar en París.

También se haría cargo de su situación económica, pero no había necesidad de aclarar eso ahora.

– ¿No estás enfadado? -preguntó ella, sorprendi¬da.

– No, estoy encantado.

Más que eso, de hecho, aunque no era una conversación innecesaria entre ellos.

Tahira se lanzó a su cuello y lo abrazó.

– Gracias, príncipe Jefri. Mil gracias. Y por favor, no le hagas nada a Doyle. No ha hecho nada malo.

– Y supongo que querrás continuar viéndolo.

Tahira asintió con entusiasmo.

– Es unos años mayor que tú -le recordó él-. Eso puede presentar algunos problemas.

– Los superaremos.

La seguridad con que habló lo hizo sonreír.

– Como quieras.


Billie paseaba nerviosa por su habitación, deteniéndose cada pocos minutos para escuchar pisadas. Cuando por fin oyó pasos en el pasillo, corrió a la puerta y la abrió de par en par.

– ¿Qué ha pasado? -quiso saber, mientras Jefri entraba en el dormitorio y la abrazaba.

– Te quiero -dijo él, cerrando la puerta de una patada y besándola.

– Yo también te quiero -murmuró ella, casi sin poder hablar.

Jefri la alzó en brazos y la llevó hacia el dormitorio. Allí la dejó de pie junto a la cama.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Billie otra vez, mientras él empezaba a desabrocharle los botones de la blusa.

– Tahira desea estudiar moda y diseño en París. No tiene ningún interés en casarse conmigo y parece bastante encantada con Doyle -le abrió la blusa y la contempló con admiración-. Eres preciosa.

Una oleada de calor la recorrió. Billie le sacó la camisa de los pantalones.

– Tú tampoco estás nada mal. ¿Así que no hay compromiso?

– Ya no. Sospecho que mi padre lo sabía todo desde el principio pero ha esperado a ver hasta qué punto me interesabas.

– Me estás tomando el pelo.

– No.