Billie se encogió de hombros.

– Esta tienda no es mi estilo.

– ¿Por qué sé que eso no es cierto? -dijo él, acercándose al expositor de vestidos y empezando a pasarlos de uno en uno.

Todos eran elegantes modelos de noche, pero ninguno llamó su atención hasta que vio uno en azul con pedrería. Los distintos tonos de azul eran tan hermosos como el Mar de Arabia y danzaban por la tela de forma deslumbrante.

– Este -dijo él, ofreciéndoselo.

– No, no puedo -dijo ella automáticamente.

– Claro que sí -dijo él, poniéndoselo en las manos.

Billie se lo colocó delante.

– Es más bien un traje de princesa, algo que yo no soy precisamente.

Jefri la miró, deseando lo que no podía tener e incapaz de desear lo que tenía.

– Pruébatelo -insistió.

Billie se rindió y desapareció en la zona de probadores.

Jefri se sentó en uno de los sillones tratando de no imaginar lo que Billie estaba haciendo en ese momento, desnudarse antes de ponerse el vestido. Desesperado, se puso en pie. Por un momento pensó en seguirla al pequeño probador y hacerla suya allí mismo. ¿Se resistiría a él? ¿O se entregaría sin reservas?

Él ya conocía la textura de su piel y la fragancia de su cuerpo. Y sabía cómo llevarla a lo más alto de una potente oleada de placer que la dejaría totalmente desmadejada y satisfecha entre sus brazos.

– ¿Príncipe Jefri?

La voz de Tahira lo obligó a volver a la realidad. Abrió los ojos y vio a la joven en un sencillo traje de noche negro. En ese momento, Billie apareció a su lado. La tela brillante y tornasolada abrazaba cada curva de su cuerpo como si hubiera sido hecho específicamente para ella. La luz que se reflejaba en las piedras daba un nuevo brillo a su piel.

Era una diosa al lado de una simple mortal.

Tahira miró su reflejo en el espejo y suspiró de frustración.

Billie dijo algo al príncipe, y éste se echó a reír. A Tahira le gustó el sonido de su risa, aunque no pudo imaginar nada que decir. Sin embargo, Billie siempre sabía qué decir y cómo comportarse. Era perfecta.

Tahira contempló a su amiga y el vestido azul que llevaba. Era espectacular. Jefri se acercó a las dos y les puso una mano a cada una en el hombro. Mientras Billie sonreía, Tahira estaba inmóvil, helada, sintiendo la mano como un peso casi insoportable en la piel.

La joven intentó relajarse. Ése era el hombre con el que iba a casarse. Sin embargo, no podía imaginarse junto al príncipe como pareja. Cuando él le decía algo, ella no sabía qué responder. Cuando estaban solos, ella se sentía cohibida y asustada. Nada de eso parecía amor.

Pero él le había hecho el gran honor de pedirla por esposa y Tahira sabía que no tenía más remedio que aceptar el matrimonio.


Capítulo 12

Todo es precioso -dijo Tahira, entusiasmada, abriendo caja tras caja y bolsa tras bolsa-. Has sido muy generoso. No lo merezco.

Jefri estaba en el centro de la suite y observaba con preocupación la expresión de la joven. Ésta corrió hasta la percha donde estaban sus vestidos de noche y sacó el primero.

– ¿Qué debo ponerme el viernes? -preguntó-. Será mi primera cena de estado, y quiero estar perfecta. ¿El negro? El rojo no. Es demasiado sofisticado, creo. También está el verde, que es precioso…

Tahira continuó hablando, pero Jefri no la escuchaba. Se acercó hasta la puerta de la terraza que daba a los jardines deseando poder estar en otro lugar. Vio a una mujer caminando por un sendero, y por un momento pensó que era Billie. Su corazón saltó en su pecho, pero entonces reconoció a una de sus cuñadas. No, no era Billie.

– Billie me ha dicho que podía cortarme el pelo -dijo Tahira-. ¿Tú qué opinas?

– ¿Lo prefieres más corto? -preguntó él, sin mucho interés.

– No lo sé -respondió ella, pasándose un dedo por la larga trenza-. ¿No debes decidirlo tú?

– No, Tahira -dijo él-. La decisión es tuya. Ya no estás en el colegio y debes decidir lo que quieres hacer con tu vida. Tienes que decidir por ti misma. Con total libertad.

Libertad para alejarse de él, pensó, sabiendo que no lo haría.

– ¿Te refieres a una profesión? -preguntó ella-. Pero nos vamos a casar.

– La boda puede esperar.

Para siempre.

– Oh -dijo ella, y se sentó en el sofá-. No sé qué querría hacer. Volar no, desde luego. Pero me gustaría ser más como Billie. Ella es perfecta – dijo, con una sonrisa cargada de añoranza-. Aunque me cuesta imaginármela pilotando un avión. Es tan femenina y tan bonita… Me encanta su pelo. Y cómo se maquilla. ¿Por qué no se habrá casado nunca?

– Quizá no haya conocido al hombre adecuado -respondió él, deseando cambiar de conversación.

– Puede que sea eso, o que no necesite que nadie la cuide. Es independiente. A mí también me encantaría ser independiente.

En cuanto Tahira dijo las palabras, se cubrió la boca con la mano y lo miró aterrorizada.

– Príncipe Jefri -empezó, en tono bajo.

Él la interrumpió moviendo la cabeza.

– No tienes que disculparte, pequeña. No hay nada malo en querer ser independiente.

La joven tragó saliva y dejó caer la cabeza hacia delante.

– Pero no puedo olvidar que me has hecho el gran honor de pedirme en matrimonio. Por eso me esforzaré en ser una esposa buena y obediente. Tienes mi palabra.

No era precisamente lo que él deseaba oír.

Jefri se acercó al sofá, apartó varias cajas y se sentó a su lado. Por primera vez desde el día que la conoció, le tomó las manos en las suyas.

– Tahira, tienes que escucharme. Te han educado en la creencia de que sólo tienes un destino, y que ese destino es ser mi esposa. Pero la elección es únicamente tuya. Si quieres, puedes elegir otro tipo de vida. Si decides que no quieres casarte conmigo, yo entenderé y apoyaré tu decisión. Eres joven y es una decisión difícil.

Los dedos femeninos se movieron entre los suyos. La piel era cálida y olía a flores. Sin embargo, él no sintió nada especial. La belleza adolescente e inocente de la joven no lo afectaba en absoluto.

– Eres muy amable -dijo ella-. Tu bondad me convence de que el matrimonio es la mejor elección.

Jefri reprimió un suspiro.

– Como desees -dijo poniéndose en pie.

Tahira se levantó también y apretó las manos delante del pecho.

– Príncipe Jefri, haré todo lo que pueda para hacerte feliz. Seré la esposa más obediente, lo juro.


Billie pensó que la situación tenía sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado, iba a asistir a su primera cena de estado como invitada especial del rey. Lucía un vestido deslumbrante y estaba realmente espectacular. Su acompañante estaba casi tan atractivo como ella, en su esmoquin hecho a medida. Pero en el lado negativo, estaba el hecho de que su acompañante fuera su hermano y de que tendría que pasar la velada viendo a Jefri junto a Tahira.

Se recordó que la alternativa era quedarse en su habitación viendo la tele, pero decidió arriesgarse y disfrutar de una noche única. Seguro que la comida y el baile serían inolvidables.

Del brazo de su hermano, Billie entró en el enorme salón de baile donde docenas de lámparas de araña colgaban del techo de casi diez metros de altura e iluminaban el amplio espacio donde los invitados charlaban animadamente en grupos de varias personas. En un extremo había una orquesta, y varias barras colocadas estratégicamente, así como camareros con bandejas de comida y champán.

– Esto es sólo para las presentaciones, ¿no? – preguntó Doyle con admiración-. Después está la cena y el baile, ¿no?

– Eso dice la invitación.

– Estupendo -Doyle recorrió el salón con los ojos-. Y muchas mujeres preciosas. Creo que me encantaría ser el rey.

Billie le apretó el brazo a modo de advertencia.

– Procura no ponerme en evidencia.

– Te lo juro por mi avión -dijo él, y le dio un beso en la mejilla-. Cuidado con los príncipes.

– Te aseguro que lo tendré.

Doyle sonrió y se alejó, dejándola sola aunque no por mucho rato. Un segundo después sintió algo cálido en la espalda y se tensó. Y otro segundo más tarde escuchó la voz de Jefri.

– Buenas noches -dijo él, ofreciéndole una copa de champán-. Estás absolutamente maravillosa.

– Gracias -dijo ella, tomando la copa con las dos manos para evitar que alguna quedara libre e hiciera lo que no debía hacer, tocarlo-. ¿Dónde está Tahira?

– Hablando con una amiga. Alguien que conocía del colegio. ¿Y tu hermano?

– No sé si seduciendo o dejándose seducir, pero no creo que ande muy lejos. El esmoquin le queda muy bien y a las mujeres les gusta.

Jefri la tomó del brazo y la llevó a un lado del salón, a una pequeña sala apartada. Ella se dejó llevar, incapaz de resistirse a una mirada que le decía que ella era la respuesta a todas sus oraciones.

– ¿Qué estás pensando? -preguntó él, deteniéndose detrás de ella.

– Que tenemos que dejar de encontrarnos así.

Jefri le acarició la piel desnuda del brazo con el pulgar.

– No era eso en lo que estaba pensando. Quiero darte las gracias por ayudar a Tahira.

– Es una joven muy agradable y agradecida.

– Sí, es exactamente lo que pedí. Y no podría sentirme peor.

Billie se estremeció.

– Jefri, no. Tahira es…

– Una niña, tan poco interesaba en mí como yo en ella. Esto ha sido un triste malentendido que no puede continuar.

– ¿Vas a romper el compromiso? ¿Decirle que se vaya?

En lugar de responder, Jefri se acercó más a ella. Tanto que Billie podía sentir su calor y el contacto de su cuerpo en la espalda.

– Te deseo -le susurró acariciándole con los labios el lóbulo de la oreja-. Cada momento, con cada aliento. Te imagino en mi cama, desnuda. Quiero acariciarte y abrazarte. Quiero saborearte y excitarte. Te quiero excitada, húmeda y gritando de placer.

La mano masculina se deslizó por el brazo hasta la cintura y el estómago femenino.

– ¿Recuerdas cómo fue? -preguntó él en un susurro.

Billie no podía hablar ni moverse. Apenas tenía fuerzas para mantenerse de pie.

– Claro que lo recuerdo -susurró-. No puedo olvidarlo, pero no significa nada.

– Significa muchísimo.

– No puedo -dijo ella, y se alejó un paso de él -. Y tú tampoco.

– Billie, te deseo.

Y ella a él. Pero era un problema que no tenía solución.

– Tengo que irme -dijo ella.

– No, no te vayas de la fiesta.

– Tengo que irme del país -dijo ella, mirando la copa de champán-. Esto sería más fácil si yo no estuviera aquí. Haría nuestras vidas mucho más llevaderas.

– ¿Eso es lo que quieres?

Era una pregunta que no podía responder. Al menos si era sincera. Porque no quería irse.

Sin mirarlo, pasó por delante de él y entró de nuevo en el salón. Casi sin ver, rodeó a una mujer alta enfundada en un vestido de satén negro, y casi tropezó con un hombre mayor, vestido en un elegante esmoquin.

– Perdone -empezó, antes de reconocer al rey.

Éste le tomó la mano.

– ¿Adonde va con tanta prisa?

– A ningún sitio. Sólo estaba paseando.

– Bien, entonces acompáñeme. Quiero presentarle a algunas personas.

Billie casi tropezó por la sorpresa.

– ¿A mí? ¿A quién?

– A la embajadora francesa -dijo el rey -. Una mujer muy interesante. Y al primer ministro británico. Aún no lo conoce, ¿verdad?

– No, me temo que no nos han presentado – dijo Billie, riendo.

El rey le pasó una mano por la espalda. -Estará encantado de conocerte, querida. Totalmente encantado.

Tahira estaba escondida detrás de una columna contemplando el baile. Había sobrevivido a su primera cena formal, que había superado totalmente sus expectativas.

Un destello de azul llamó su atención, y sonrió al reconocer a Billie bailando con el príncipe heredero.

Era preciosa, pensó Tahira con un suspiro. Billie llevaba la melena rubia y rizada recogida en un moño encima de la cabeza, con unos largos pendientes de diamantes que le caían casi hasta los hombros, mientras el vestido azul marcaba seducto- ramente las curvas de su cuerpo.

Tahira pensó en sus pequeños pechos y estrechas caderas. Mientras contemplaba a la pareja, el príncipe heredero dijo algo y Billie se echó a reír. Tahira sonrió, como si hubiera escuchado la broma. Billie siempre sabía qué decir.

– Quiero ser como ella -dijo, con intensidad, dudando de que fuera posible.

– ¿Como quién?

Tahira giró en redondo y vio a un hombre detrás de ella. Por un momento su mente se quedó en blanco, pero enseguida reconoció a Doyle, el hermano de Billie.

– Me has asustado -admitió, llevándose una mano a la garganta.

– Perdona. Te he visto aquí escondida y he venido a ver por qué no bailas.

¿Bailar? Tahira hizo una mueca. Aunque había tomado lecciones del baile y ensayado con otras chicas del colegio, el baile con el príncipe Jefri había puesto de manifiesto que bailar con un hombre era muy diferente a bailar con sus amigas.

– Ya he bailado -dijo-. Una vez.

– Claro, con tu prometido. Pero con nadie más.

– Nadie me lo ha pedido, y no estoy muy segura de…

Sin dejarla a terminar, Doyle la tomó de la mano y la acercó a él.

– Aún no estás casada, ¿verdad? Así que no me decapitarán por bailar contigo.

Doyle tenía unos ojos maravillosamente azules, pensó ella, como el color del mar de los arrecifes de coral de la isla. Un azul profundo que parecía llamarla y susurrarle sus secretos.

– ¿Tahira?

– ¿Qué?

Él sonrió y a ella le dio un vuelco el corazón.

– No has respondido a mi pregunta.

Tahira parpadeó.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Puede una hermosa futura princesa bailar con un atractivo desconocido?

Tahira se echó a reír, y se sonrojó. Ella no era hermosa, pero le gustó oírlo.

– No eres un desconocido -dijo ella-. Eres el hermano de Billie.

– Lo dices como si eso te hiciera sentir segura.

– Así es.

La expresión de Doyle se ensombreció.

– No lo creas ni por un momento, princesa. Puedo ser un hombre muy peligroso.

Sus palabras la hicieron estremecer, pero de excitación más que de temor.

– No soy una princesa -por una vez, Tahira no quería pensar en ello-. Con el tiempo, pero por ahora sólo soy una chica normal y corriente.

– ¿No una mujer?

Tahira se sonrojó otra vez y agachó la cabeza. Doyle le tomó la barbilla con la mano y le alzó la cara.

– Perdona. No quería hacerte sentir incómoda. Ven, baila conmigo -le dijo tirando suavemente de ella.

Después la rodeó con sus brazos y la movió al ritmo de la música.

Tahira no sabía qué pensar, ni qué sentir. Nunca había estado tan cerca de un hombre. Sólo del príncipe Jefri, pero él la había mantenido tensamente separada de él, mientras que Doyle la pegaba a su cuerpo cálido y acogedor, sujetándola con una mano por la cintura mientras con la otra le envolvía los dedos y los apretaba sobre el pecho.

Doyle era alto pero no demasiado. A ella le gustaba su fuerza, y a su lado se sentía pequeña y frágil.

– Piensas demasiado -protestó él, con una sonrisa-. Se supone que tienes que estar tan abrumada por mis encantos que sólo puedes pensar en mí.