– Está claro que tengo que salir más -dijo ella, unos minutos después, entre las sábanas-. No estoy segura de que tantos orgasmos en un solo evento sea legal.

– Eres una mujer muy sensual -le dijo él, besándole los labios.

– Tú tampoco lo haces mal -dijo ella-. Creo que buena parte de lo que ha pasado ha sido gracias a ti.

– Puedo demostrar que te equivocas -dijo él-. Yo me he limitado a abrir la puerta de algo que está ahí -Jefri sonrió-. ¿Quieres que te lo demuestre otra vez?


A las diez de la mañana del día siguiente, Billie sabía que no podría andar bien al menos en seis semanas, pero había merecido la pena. Pasar la noche con Jefri había sido increíble, y lo que era aún mejor era la expresión ligeramente vidriosa en los ojos masculinos al volverse a mirarla. Billie se acurrucó entre sus brazos en el avión que los llevaba de regreso a Bahania y suspiró.

– Esta tarde tengo un par de reuniones -dijo él, después de darle un beso en la frente-, pero me gustaría verte esta noche.

– A mí también.

– ¿Cenamos en tu habitación?

– Sí.

Cena y después…

El avión aterrizó en el aeropuerto privado donde esperaba otra limusina para llevarlos de vuelta a palacio. Billie trató de localizar a su hermano por teléfono, pero éste no respondió.

– Qué raro, no sé por qué no contesta. Hoy no tiene que volar. Quizá esté en algún sitio donde no hay cobertura.

– Cuando estemos en el palacio, lo encontraremos – le aseguró Jefri.

Allí, la limusina se detuvo detrás de otra, y Billie pensó que sería algún dignatario extranjero de visita oficial en el país. Se apeó del coche y se dirigió hacia la entrada de palacio. Entonces oyó unas voces.

– ¿Doyle?

Corrió hacia el lugar de donde venía el sonido y se detuvo en seco cuando vio a su hermano en lo que parecía una acalorada discusión con el rey.

– Esto no puede significar nada bueno – murmuró-. Doyle, ¿qué ocurre?

Doyle giró en redondo al oírla.

– Por fin has vuelto. ¿Dónde demonios has estado?

Billie era consciente del grupo de gente que se arremolinaba a su alrededor, entre ellos una joven de unos diecisiete o dieciocho años.

– Estoy bien, gracias por preguntar. ¿Cómo estás tú?

– No te he preguntado cómo estabas -le espetó él, furioso.

– Lo sé, pero las cosas estarían mejor si lo hicieras.

Entonces Jefri se acercó a ella y le rodeó los hombros con el brazo.

– ¿Qué ocurre?

Doyle lo miró enfurecido.

– ¿Por qué no se lo preguntas a tu padre? ¿O a ella? – añadió, señalando con dedo acusador a la joven.

– ¿Quién es? -preguntó Billie.

– La prometida del príncipe Jefri.


Capítulo 9

Jefri se quedó mirando al grupo de gente que lo rodeaba, pero sólo lo preocupaba la acusación en los ojos de Billie.

¿Su prometida?

– Eso no es cierto -dijo él, rápidamente-. Es la primera vez en mi vida que veo a esta mujer.

Pero incluso mientras hablaba, una terrible sospecha empezó a formarse en su mente. ¿Qué había hecho su padre?

– Todo el mundo parece estar muy seguro de vuestra próxima boda -dijo Doyle, furioso.

Jefri sólo quería llevarse a Billie de allí para explicárselo todo. Más que nada, quería retroceder en el tiempo para evitar el momento o al menos estar mejor preparado.

– Hola, querida -dijo el rey a Billie, tomándole la mano-. Bienvenida de nuevo. Espero que tu estancia en El Bahar haya sido agradable.

– ¿Qué? Billie estaba sobrepasada por la situación y tan perpleja que apenas podía responder-. Ah, sí. Gracias. Mucho.

Miró a Jefri, y después a la joven.

– Tengo que irme -dijo, y dando media vuelta, se alejó hacia su habitación.

Jefri dio un paso para seguirla, pero Doyle se interpuso en su camino.

– Ni se te ocurra -dijo el hermano de Billie, en tono amenazador-. Déjala en paz.

A Jefri quien menos lo preocupaba era Doyle. Lo importante era ver a Billie y explicárselo todo. El problema era que no estaba seguro de qué era lo que tenía que explicar.

– ¿Padre?

El rey sonrió.

– Hijo mío, ésta es Tahira -dijo el rey, señalando a la joven que esperaba en una esquina del vestíbulo.

Jefri la miró. Era joven, de unos quince o dieciséis años, de pequeña estatura, apenas le llegaba al pecho, y cuerpo frágil e infantil. Llevaba el pelo largo y negro recogido en una trenza, iba sin maquillaje ni joyas, y con un vestido que la cubría por debajo de las rodillas. Jefri pensó que no era más que una tímida e inocente adolescente.

Le hizo una señal con la cabeza reconociendo su presencia, pero volvió a mirar a su padre.

– Tiene que haber un error.

– No lo creo, pero éste no es el lugar para hablar de ello.

En eso su padre tenía razón. Jefri se acercó a Doyle.

– No sé por qué esta aquí -le aseguró.

El hermano de Billie frunció las cejas.

– ¿Es o no es tu prometida?

Jefri se dio cuenta de que la respuesta no era tan sencilla. Hasta que hablara con su padre, no lo sabría.

– No estoy seguro.

Doyle maldijo en voz baja y se acercó a él.

– No creas que este asunto se ha acabado, Alteza – añadió el título con mucho sarcasmo-. Me importa un bledo que seas el príncipe, como si eres el mismísimo rey. Lo único que me importa es que has hecho daño a mi hermana y tendrás que pagar por ello.

Doyle salió a grandes zancadas por la misma puerta por la que había huido Billie.

– Un joven muy interesante. Un poco impulsivo, quizá -dijo el rey, y sonrió a la joven -. Ven, Tahira. Iremos a un salón más recogido.

Jefri siguió a su padre por el pasillo principal hasta un salón de dimensiones más discretas, y cerró la puerta antes de dirigirse a su padre.

– ¿Qué has hecho? -quiso saber.

– Tal y como me pediste, te he encontrado una esposa.

Tahira estaba junto a la ventana, con los hombros hundidos y sin perder palabra. Jefri bajó el tono de voz.

– Hablamos de eso hace poco -dijo Jefri-, y te pedí que lo olvidaras. Que lo cancelaras todo.

– Lo recuerdo. Sin embargo, las cosas estaban muy adelantadas. Cuando Tahira cumplió dieciocho años, le exigieron dejar el colegio.

¿Dieciocho años? Jefri miró a la joven. No podía ser tan mayor.

– Ven, hija -dijo el rey, sonriendo a la joven-. Es hora de que conozcas a tu futuro esposo.

Tahira caminó obedientemente hacia el rey con la cabeza baja. Cuando alzó la cabeza, Jefri vio la expresión de terror en los enormes ojos castaños. La joven tragó saliva y bajó la barbilla.

– Príncipe Jefri. No tengo palabras para expresar el honor y la alegría de conoceros.

Si aquello era alegría, pensó Jefri, no quería verla deprimida.

– Tahira… -titubeó. La joven no tenía culpa de nada-. El honor es mío -dijo.

– Ha estado en el interinado del convento de Lucia-Serrat -le dijo el rey -. Su padre fue mi ministro de finanzas hasta que murió en un accidente de tráfico cuando ella sólo tenía siete años. Era un buen amigo mío y su deseo fue que yo me ocupara de su única hija. Habla varios idiomas – continúo el rey -. Las hermanas dicen que tiene mucho talento para el dibujo y la pintura. ¿No es así, hija?

Tahira asintió sin apenas mover la cabeza.

– Las hermanas eran muy buenas conmigo, Su Alteza. Yo no me atrevería a decir que tengo talento.

– Claro que no -murmuró Jefri, pensando en cómo salir de aquel infierno.

– Cumple todos los requisitos -dijo el rey-. Es muy guapa.

A Jefri su aspecto físico era lo que menos le importaba. Lo único que quería era ir a ver a Billie y explicárselo.

– Debo excusarme -dijo a su padre, y después miró a la joven-. Bienvenida a Bahania -añadió, tenso, y salió del salón.

Subió hasta la tercera planta y fue a la suite donde se alojaba Billie. Al doblar la esquina, vio a Doyle apoyado en el quicio de la puerta.

– Me imaginaba que vendrías a husmear por aquí -le dijo éste con infinito desprecio-. Billie no está aquí, y no pienso decirte adonde ha ido. Lo que voy a decirte es que eres un cerdo, y aunque le cueste a mi familia el contrato y a mí la libertad, pienso hacértelas pagar. Príncipe o no, no tienes derecho a portarte así.

¿Se había ido? ¿Adonde? Jefri pensó en las posibilidades. Seguramente se habría refugiado en la tienda del aeropuerto.

– ¿Me estás escuchando? -quiso saber Doyle.

– No -le respondió Jefri -, aunque entiendo tu rabia. Tengo dos hermanas y haría lo mismo por ellas. El problema es que no estás en posición de hacerme pagar nada.

Doyle entrecerró los ojos.

– ¿Crees que me importa que vaya contra la ley?

Jefri no tenía tiempo para discutir con él y mucho menos para enzarzarse en una pelea, pero sabía que Doyle no lo dejaría en paz hasta que las cosas quedaran claras. Se acercó a él. Eran de la misma estatura.

– No te dejes engañar por los trajes caros y las corbatas de seda, Doyle. Me he entrenado con profesionales. No superarías el primer golpe.

Doyle apretó las manos.

Jefri sacudió la cabeza.

– Debes creerme. Nunca le haría daño.

– Demasiado tarde para eso. ¿De dónde sacaste el derecho a llevártela una noche por ahí? No es un juguete, ni tuyo ni de nadie.

– Tienes razón. Tu hermana es una mujer maravillosa que no deja de sorprenderme. Ahora tengo que encontrarla y explicárselo.

– No te lo perdonará nunca.

– Eso no impedirá que lo intente.

Doyle flexionó los dedos.

– Si sigue enfadada contigo después, tú y yo hablaremos. Y más vale que tengas algo bueno que contar-lo amenazó Doyle.

Jefri asintió y se fue. Corrió hasta los garajes donde se puso al volante de su Jaguar y se dirigió al aeropuerto.


Billie se dio cuenta de que batir su propio récord en un videojuego a pesar de las lágrimas que le nublaban la vista no la ayudaba a sentirse mejor. Le dolía todo el cuerpo, hasta las pestañas. Sentía el cuerpo como de plomo, y el corazón…

Pensó con amargura cómo había intentado prepararse para la realidad de su relación con Jefri, diciéndose que era un príncipe, un hombre fuera de su mundo y de su alcance. Había aceptado que entre ambos sólo hubiera un romance, pero descubrir que estaba prometido desde antes de conocerla le había asestado un golpe más duro de lo que era capaz de soportar.

¿Cómo podía haberle hecho eso? Nunca lo hubiera imaginado de él, que le parecía un hombre honorable y honrado.

Lo que demostraba que ella era una tonta.

Nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas. Aquello dolía más que nada, incluso más que el intento de violación. Sus agresores intentaron hacerle daño físico, pero Jefri le había hecho daño en el corazón.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se concentró en la pantalla, disparando a diestro y siniestro contra las naves espaciales que aparecían desde todos los ángulos. Las explosiones y los efectos especiales proporcionaban un colchón amortiguador de ruido, pero no le impidieron escuchar las pisadas en el suelo de hormigón.

Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Sabía quién se acercaba antes de oír su voz. Sintió la imperiosa necesidad de echar a correr, pero algo en su interior le dijo que Jefri no le permitiría alejarse mucho.

– Sé lo que estás pensando -dijo él, cuando se detuvo a su lado.

– Lo dudo.

– Piensas que soy un cerdo y un mentiroso que te ha utilizado. Piensas que te he engañado.

Billie soltó las manos de los controles y dejó que los extraterrestres terminaran con su última nave espacial. Con los ojos cerrados, hizo un esfuerzo para seguir respirando.

– Más o menos -reconoció.

– Billie, tienes que creerme. No planifiqué nada de esto. Ni conocerte, ni lo de anoche, ni desde luego lo de hoy. Nunca te haría daño.

Billie respiró profundamente y se secó las mejillas antes de volverse hacia él.

– Imagina lo que podrías herirme si quisieras – dijo, esforzándose para reprimir las lágrimas -. Con un poco de esfuerzo, podrías dejarme el corazón hecho papilla.

Jefri estiró la mano para tocarla, pero ella dio un paso atrás.

– No me toques -dijo, casi sin voz.

– Tienes razón. Discúlpame, por favor.

Billie se tensó.

– ¿Y cuál es exactamente el motivo de esta visita?

– Explicártelo todo.

– ¿Estás o no estás prometido?

– La situación es más compleja que eso.

– Desde mi punto de vista, es de lo más sencilla. Responde a la pregunta. Sólo tienes que decir «sí» o «no».

Jefri se metió las manos en los bolsillos.

– Mi padre espera que tenga herederos. Después de un desastroso primer matrimonio, llegue a la conclusión de que no era yo la mejor persona para elegir a mi futura esposa, por lo que accedí a que mi padre se ocupara de buscar a alguien.

Billie escuchó las palabras, pero apenas podía creerlas.

– ¿Estás dispuesto a casarte con alguien sin conocerla?

Jefri se encogió de hombros.

– En aquel momento parecía una solución sencilla a un problema al que no me quería enfrentar.

– Estás hablando del resto de tu vida. De la mujer con la que envejecerás. De la madre de tus hijos.

– Exacto-dijo él -. Quería una mujer que me diera hijos fuertes, una madre perfecta.

– A ver si lo he entendido. ¿El rey quería que te casaras y tú le dijiste que se ocupara él de buscarte esposa?

– Yo había fracasado la primera vez -se justificó él -. Mi padre buscaría a alguien compatible tanto en términos de posición social como de educación -continuó explicando ante la mirada atónita de Billie-. Hace unas semanas me dijo que había encontrado a alguien, pero le dije que lo cancelara todo. Creía que el asunto estaba cerrado. Pero me equivoqué.

– Si estás mintiendo…

– Te doy mi palabra. No sabía nada de Tahira.

Al menos no era tan cerdo como había pensado, se dijo Billie, con un cierto alivio.

– ¿Y ahora?

El silencio de Jefri se alargó tanto que la enfure¬ció.

– ¿Qué? ¿Estás prometido o no?

– Como ya te he dicho, la situación es complicada.

– ¿En qué sentido?

– Por Tahira. Ha sido educada de forma muy específica.

– ¿Por qué? ¿Se ha criado con una manada de lobos?

– En un convento de monjas.

Billie dio un paso atrás.

– ¿Me estás diciendo que acaba de salir de un convento?

Jefri asintió.

– Estupendo. A ver si adivino el resto. No tiene familia ni hogar y la han educado para ser la princesa perfecta.

Jefri suspiró.

– ¿Por qué sé que tu comprensión no es buena señal? -dijo, hundiendo los hombros, sintiéndose más vencido que nunca.

– Porque a veces no eres tan tonto. ¿Y qué tiene para que sea la princesa perfecta?

– Es lo que yo pedí.

Billie no estaba segura de querer oírlo, pero insistió.

– ¿Qué cualidades pediste exactamente?

– Pedí un esposa razonablemente atractiva, de temperamento dócil y a quien le gustaran los niños.

Billie parpadeó.

– ¿Qué? ¿Eso fue lo que pediste? Estamos hablando de matrimonio, no de un restaurante, donde te dan la carta para que elijas la comida.

– No esperaba enamorarme de ella -dijo él, como si eso lo explicara todo-. Sería un matrimonio de conveniencia.

– Yo lo veo. Un matrimonio en la tradición de todas las grandes monarquías misóginas de este mundo. Estoy segura de que disfrutarás acostándote con tu razonablemente atractiva y dócil esposa y que juntos tendréis hijos razonablemente atractivos y dóciles.